“¡Que ruina de película!. Los grandes fiascos del cine clásico”

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Título: “¡Que ruina de película!. Los grandes fiascos del cine clásico”

Autor: Juan Tejero

Editorial: T&B editorres

Nota de la Redacción:

Juan Tejero, una de las siglas de esta editorial especializada en cine, nos propone esta vez otro de sus viajes por el mundo del cine clásico. En esta ocasión se trata de desastres económicos relacionados con películas grandes, al menos en proyecto y presupuestos. El índice servirá para conocer cuales y cuantas.
El paseo por el libro es ameno, lleno de curiosidades y anécdotas que aproximan a la historia del cine. Para los que le leemos habitualmente es un viaje conocido y agradable, un esfuerzo de documentación, selección y ordenamiento.
indiceruina.htm

Como es habitual en esta sección, incluimos parte del material del libro para que se haga uno mismo la idea de su contenido.

Rodar una película es como tomar una diligencia en el
Viejo Oeste. Al principio te apetece disfrutar del viaje.
Al final, lo único que quieres es llegar a tu destino.
-François Truffaut

Prólogo

MEDIO SIGLO DE FIASCOS CINEMATOGRÁFICOS

Pocas cosas estimulan tanto la atención de los aficionados al cine como la crónica de un rodaje turbulento, ruinoso, marcado por sentimientos abrasivos, explosiones emocionales y comportamientos deleznables. Al fin y al cabo, la filmación de muchas películas no deja de ser el fruto de una cadena de imprevistos fortuitos, casualidades inesperadas, de argucias vergonzantes y de improvisaciones permanentes. Un cúmulo de azares tan extraordinario que, en ocasiones, parece bordear los mismísimos límites de la leyenda. Porque leyenda podrían ser, de no estar suficientemente verificadas, las historias narradas en estas páginas.
Es sabido que el despropósito humano posee una fascinación propia. Cuando leemos descripciones detalladas de fastuosas orgías romanas, recepciones deslumbrantes en la corte de Versalles, banquetes millonarios de la Edad de Oro, la mayoría de nosotros sentimos una emoción culpable. En el siglo XX, sin embargo, Hollywood es el mundo que ha deparado los más edificantes ejemplos de exceso nefasto; a lo largo de los años, la industria del cine ha despilfarrado millones y millones de dólares en proyectos que luego apenas procuraron ganancia económica o artística.
“Qué ruina de película” pretende rendir homenaje a estos pinchazos monumentales, que en razón de su espléndido fracaso alcanzaron una cierta clase de inmortalidad. La mayoría de estas películas eran tan malas que merecieron su suerte en taquilla; otras, como el clásico de D. W. Griffith Intolerancia (1916), han pasado a la historia como obras maestras. El atributo común de las piezas exhibidas en el “Museo del Exceso”no es su falta de calidad -aunque muchos de los títulos aquí reseñados no pasarían la prueba-, sino el hecho de que fueran rechazadas por el gran público.
Otro criterio que se ha tenido en cuenta es la magnitud económica del fracaso, ocasionada por un presupuesto desorbitado. Contamos la historia privada de cómo se hicieron estos filmes, los problemas que sufrieron durante el rodaje, y por qué fracasaron en taquilla. Exploramos el abismo que separa las ambiciosas intenciones de sus creadores en el momento de concebir el proyecto de la cruda realidad del producto final. Cualquier cineasta de tres al cuarto podría aspirar a filmar una película pequeña, barata, escabrosa y alimenticia y conseguir una película pequeña, barata, escabrosa y alimenticia, pero aspirar a una obra maestra digna de los anales del cine y obtener un engendro hipertrofiado requiere cierto grado de genio. Recorrer los superpoblados pasillos del “Museo del Exceso” es una experiencia comparable a descubrir unas ruinas colosales del mundo antiguo: le hace a uno pensar en la futilidad de la aspiración humana a la gloria y la permanencia.
No todos los filmes que se comentan aquí carecen de admiradores. Algunos han sido candidatos al Oscar a la Mejor Película, incluido algunos aspirantes tan dignos como Cumbres borrascosas (1939) y Cleopatra (1963), y alguno más increíble como Rebelión a bordo (1962). Los honores que obtuvieron estos proyectos no hay que tomarlos en serio, porque la Academia es conocida por su tendencia a favorecer películas de gran presupuesto que no van funcionando en taquilla. La idea es que una candidatura al Oscar ayude a estos dinosaurios heridos a lograr una recuperación comercial repentina, favoreciendo así a la industria en su conjunto. Por desgracia, estas resurrecciones milagrosas y absurdas, que tan convincentes resultan en la pantalla (y ahí está E.T. para demostrarlo), rara vez son posibles en el frío y práctico mundo de la industria del cine.
Las películas que aparecen en las salas principales de nuestro “Museo del Exceso” representan sólo una pequeña fracción de los miles -literalmente- de fracasos comerciales que han afligido a Hollywood a lo largo de los años. Inevitablemente, la selección ha sido elaborada atendiendo a criterios muy personales. Títulos como Intolerancia, Tierra de faraones (1955) y La caída del Imperio Romano (1964), eran de inclusión inevitable; el alcance de su quiebra económica les garantiza un lugar de honor en nuestro particular “Museo”. Otros filmes han sido incluidos en razón de una gestación apasionante (Ben Hur, Escipión, el africano, El conquistador de Mongolia), del desastroso efecto que tuvo sobre el “alma mater” del proyecto (Mayor Dundee, Viento en las velas) o de una premisa argumental particularmente desquiciada (The Story of Mankind).
Son sólo ocho ejemplos de títulos señeros pergeñados en rodajes tan épicos, rocambolescos, dramáticos o divertidos como el producto que llegaba a las pantallas. Pero hay muchos más: Quo Vadis, donde los extras eran arrojados a las fauces de unos hambrientos leones en beneficio del espectáculo; Orgullo y pasión (1957), o cómo Sophia Loren rechazó a Cary Grant en un rocambolesco rodaje en tierras españolas, con espantada incluida de Frank Sinatra; 55 días en Pekín (1963), la tumba profesional de Nicholas Ray, cuya estrella fue apagándose poco a poco en un plató que parecía un auténtico campo de batalla, empapada en alcohol y víctima de un mundo que ya no entendía; El príncipe y la corista (1957), la crónica del titánico enfrentamiento entre dos colosos del cine, Marilyn Monroe, una actriz problemática cuya deteriorada condición mental se veía agravada por su continuo consumo de drogas y alcohol, y Laurence Oliver, el dios del teatro británico.

Aunque si tenemos que elegir un título como sinónimo de desastre, la elección no ofrece lugar a dudas, Cleopatra, una odisea cinematográfica que llevó por la calle de la amargura al productor, los actores y, sobre todo, al director Joseph L. Mankiewicz, que durante años recordó el filme como una horrible pesadilla…
No menos sangrantes fueron las disputas que tuvieron lugar en el cine mudo. Cuando alguien piensa en esta época suele evocar comedias veloces, bufonescas o dramones escenificados sobre un decorado de cartón piedra. Es fácil olvidar la grandeza -y desmesura- épica que lograron los pioneros cinematográficos más ambiciosos. Sirvan títulos como la mencionada Intolerancia, Quo Vadis? (1925) o Ben Hur (1925) para demostrar, de una vez por todas, que antes de que el cine aprendiera a hablar, éste ya sabía crear espectáculo -y tirar el dinero- con eficacia extraordinaria. Todas ellas prefiguraron, con algunas décadas de antelación, la locura y desmesura de Cleopatra. Y es que, para ser atronador, el fracaso no necesita banda sonora.

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