“La antigua Roma en el cine”

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Título: "La antigua Roma en el cine"

Autores: Juan J. Alonso, Enrique A. Mastache y Jorge Alonso

Editorial: T&B editores

Nota de la Redacción: Este libro se autodefine en su presentación como un injerto de Frikie con historiador. El resultado de mezclar la historia seria con la fábrica de sueños/mentiras siempre es predecible: una serie completa de incongruencias, anacronismos y falsedades a favor del drama a costa de la historia. La mayoría de los peplum, o historias con romanos clásicos, que atraviesan el libro son material de cinéfilos extremos, aunque no faltan los grandes clásicos ni la última entrega, Glaidiator”. Los autores, un triunvirato, recorren la historia de Roma desde su fundación mítica hasta la llegada al poder de Constantino, el hombre que trasladó la capital del imperio a la frontera con Asia. No se pierde en la búsqueda de gazapos técnicos porque los da por muy manoseados a estas alturas. La parte histórica es correcta, pero en la medida que intenta ser rigurosa, es poco beligerante con tradiciones puestas en duda en los últimos años, nacidas de intereses religiosos o sensacionalistas. Cae en la reproducción de algún hecho erróneo, Pompeya nunca fue cubierta por la lava del Vesubio, aunque se han esforzado por incorporar detalles recientes, como algunas teorías sobre la muerte de César al hilo de la moda forense actual. Es muy apreciable que recurran al humor más desenfadado al mencionar hechos y personajes sobre los que suele extenderse un manto de respeto muy pesado; siguen la corriente que nació con el periodista Indro Montanelli en los años sesenta. Es cierto que algunas de las películas mencionadas resultan hoy tan ridículas, que el humor es el único asidero por donde tomarlas sin preguntarse: ¿Por qué estoy viendo esto? ¡Por Zeus! Pero no es necesario volver a ver las películas que menciona para disfrutar de la lectura, que para los aficionados a este periodo de la historia occidental resulta más interesante. Un esfuerzo que valoramos, por la amenidad y el suficiente rigor. Una obra original y única en estos momentos para los aficionados al Peplum, cuyo líder, Terenci Moix, subió al Olimpo hace pocos años, y cuya antorcha no ha sido recogida por nadie… hasta este libro.

Escuchemos las primeras palabras de los autores en la introducción que llaman “Con falditas y a lo loco”, mucho mejor título aquí que para presentar en su momento una de las mejores comedias del cine….

Los autores de este libro (al menos dos, porque el tercero es indecentemente más joven) crecimos en los gallineros de los viejos cines viendo películas “de romanos” en programas dobles. Una de Hércules a las cinco en punto de la tarde y otra de Ursus a las siete. Con descanso para comprar pipas y chicles (no había todavía palomitas). No queremos engañar al lector: el libro que tiene en sus manos es un homenaje a las viejas películas que veíamos en los gallineros. Tenemos una teoría: cuanto más corta es la faldita de los protagonistas de las películas históricas, peor es la película. Nuestro libro podría haberse titulado “Con falditas y a lo loco”, dejando la frase “La antigua Roma en el cine” relegada a la categoría de pobre subtítulo, porque hablaremos de películas de faldita larga y de faldita corta, es decir, de Espartaco y de El hijo de Espartaco. Nos encantan las películas de faldita larga, pero estamos perdidamente enamorados de las películas de faldita corta. No faltarán los grandes clásicos del cine “de romanos” como Quo vadis? o BenHur, pero tampoco perderemos ocasión de recortar el tamaño de las falditas para sumergirnos en el imposible mundo de Los últimos días de Pompeya. Eso sí, aunque nos encantan las películas de faldita corta, creemos que no hemos recortado el rigor de las explicaciones… en la medida en que unos aficionados a la historia y al cine como nosotros podemos ser rigurosos. Tenemos más pasión que conocimientos, y más ganas de disfrutar con la historia y con el cine que de escribir un libro para especialistas. Los especialistas (a nosotros nos gusta llamarles “sabios”) son nuestra inspiración y nuestras fuentes de conocimiento, pero no somos dignos de tocar sus túnicas. El problema de las falditas es el término medio. Nos explicamos. Está claro que una película como Julio César, rodada en blanco y negro, dirigida por el gran Joseph L. Mankiewicz y protagonizada por un deslumbrante Marlon Brando, es una película “de romanos” de faldita tan larga que en realidad es una toga. Un clásico. Todos de acuerdo. Pero Rómulo y Remo ya es otra cosa. Otra faldita. Faldita corta. Cortísima. Las falditas por exceso corren el riesgo de parecer ridículamente solemnes, a no ser que detrás esté un tipo como Mankiewicz. Y las falditas por defecto están a un pasito de parecer solemnemente ridículas, a no ser que debajo esté un tipo como Steve Reeves. Según Te ren ci Moix, el término medio en el cine “de romanos” estaría representado por Steve Ree ves, y también Mark Forrest (en realidad, Lou Segni), Gordon Scott o Kirk Morris. El exceso estaría en las proclamas de Kirk Douglas en Espartaco y el discurso de Marlon Brando en Julio César. Y el defecto en los cientos de forzudos (y no tan forzudos) que vinieron de Estados Unidos o de Italia, rebautizados con pseudónimo yanqui: Reg Park, Ed Fury, Brad Davis, Gordon Mitchell, Joe Robinson, Alan Steel, Richard Harrison, Reg Lewis y compañía. Steve Reeves es el rey del término medio no sólo porque llegó el primero sino porque, también en palabras del inolvidable Terenci, fue superior a los demás: su cuerpo era equilibrado, sus músculos racionales y sus rasgos poseían cierta belleza clásica. En el bando del exceso encontramos el rastro de Skakespeare, los presupuestos millonarios y los actores de prestigio. Y en el bando del defecto nos movemos ya en la banalización del género, las concesiones al kitsch y el nulo (cuando no cómico) nivel de expresividad. “La antigua Roma en el cine” es un libro que pretende ser respetuoso con Steve Reeves, con Marlon Brando y con Brad Davis. Todos nos entretienen, todos nos educan (mejor o peor) y todos nos llevan a un mundo y a una época histórica de la que sabemos mucho más que de las leyes de la termodinámica, porque las leyes de la termodinámica son poco cinematográficas y nunca han tenido la suerte de contar con divulgadores vestidos con faldita. La antigua Roma sí es cinematográfica y sí tiene muchos divulgadores, aunque gran parte de ellos no se pusieron la faldita o la toga por devoción, sino por obligación. La crisis que sacudió Hollywood en la segunda mitad de los años 50 provocó el final del sistema de estudios y, con él, la no renovación de los contratos de muchos actores. La consecuencia de todo esto fue que muchos intérpretes de segunda fila, y bastantes de primera, intentaron seguir sus carreras en Europa: Hedy Lamarr, Yvonne de Carlo, Rhonda Fleming, Linda Darnell, Cornel Wilde, Louis Jourdan, Jayne Mansfield, Victor Mature, Cameron Mitchell, Orson Welles, Edmund Purdom, Joan Co llins, Alan Ladd, Jeanne Crain, Jeffrey Hunter, Jack Palance, Debra Paget… Todos ellos formarían el defecto del exceso de las películas “de romanos” (incluyendo películas de tema bíblico, de egipcios y de griegos) del que hemos hablado, que sería una categoría intermedia entre las películas “de romanos” supervisadas por Hollywood (el exceso) y las películas “de romanos” rodadas en Italia y protagonizadas por Steve Reeves (el término medio). Esto no quiere decir que el personaje que interpreta un actor norteamericano exiliado en una película italiana sea históricamente intachable, sino que hay garantía de que la película tiene presupuesto suficiente como para poder competir con el viejo Ci neExin, un director detrás que sabe lo que se trae entre manos, y unos actores que no hacen sonreír al espectador. Pero no estamos hablando de Charlton Heston en Ben Hur. En el término medio de Steve Reeves encontramos películas más cercanas a los gustos de un público consciente de que lo que el forzudo es siempre nos distrae de lo que el forzudo dice, y que espera encontrar buenos y malos de una pieza, chicas en apuros, torturas sofisticadísimas, salsa de tomate, terremotos y finales felices. La distancia entre el término medio del cine “de romanos” y el defecto estaría en la separación que el crítico A. J. Navarro establece entre lo pop y lo grotesco, siendo el cine “de romanos” por defecto casi una parodia grotesca y algo desnaturalizada del término medio pop. Si en las películas de Steve Reeves hay menos complejidad psicológica que en Espartaco, más simplicidad de pensamiento, palabra y obra que en Julio César, y decorados más artificiosos que en La caída del Imperio Romano, en el defecto del cine “de romanos” entramos en el reino del alboroto, de los personajes imposibles, de la aventura chiflada y de la estética tan de saldo como alucinada. Las películas italianas protagonizadas por Steve Reeves (y alrededores) fueron bautizadas por la crítica francesa como peplum. El peplum (Sword & Sandal, Espada y Sandalia, según Hollywood), entonces, sería el término medio de las películas “de romanos”. El Kolossal (el peplum norteamericano), el exceso del exceso (Quo vadis?, de Mervyn LeRoy; o Espartaco, de Stanley Kubrick), mientras que el Kolossalpeplum (actores y directores norteamericanos trabajando en Italia) sería el defecto del exceso (Victor Mature en Aníbal; o La espada del vencedor, de Terence Young y Alan Ladd, si esta película no fuera tan mala que más bien tendría que quedarse en el puro defecto). Y podríamos reservar el término norteamericano Muscleman epics para el cine “de romanos” por de fecto, de Maciste y Ursus para abajo. Un lío. Pero está usted a punto de meterse en ese lío, porque aquí se encontrará con películas que son puro peplum, auténtico Kolossal, genuino Kolossalpeplum y perfecto Muscleman epics. Por supuesto, el lector puede cambiar los nombres de las categorías e inventarse otros nuevos, más cercanos a su infancia o a su formación. Y ahora, por pura curiosidad, contéstenos a estas preguntas:

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