“Yo, Fatty”

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Título: "Yo, Fatty"

Autor: Jerry Stahl

Editorial: Anagrama

Nota de la Redacción: Esta es una historia novelada sobre la base de la biografía real de un hombre que subió desde la desgracia hasta la popularidad, para caer luego hacia la destrucción final. Fatty Arbuckle fue un hijo del espectáculo de los primeros años del cine, espectáculo de feria que precisaba de sus “monstruos” para hacer reír a los visitantes. Podía funcionar un hombre elefante o un tipo gordo y cómico sobre el que atraer desgracias. Por eso el autor escoge una frase de Samuel Beckett, “No hay nada más gracioso que la desdicha”, para abrir el libro. Dentro, nos encontramos con prosa eficaz y de medida rítmica breve. Adecuada para saltar por la biografía del personaje de forma cronológica, dentro de una ciudad que comenzaba a ser el centro de una nueva industria del entretenimiento. El drama inventado, los sentimientos presupuestos, se ajustan a los datos que se conocen sobre este actor que llegó a ser más popular que Charlot durante unos pocos años. El caso sexual que le llevó a los tribunales, el linchamiento periodístico de una prensa que comenzaba a convertir en grandes cantidades de dinero su poder, las traiciones y apoyos, la psicología de un hombre que se había elevado desde la más absoluta falta de opciones y al final, la desaparición y la concentración en él de todos los odios y prejuicios, exacerbados contra una ciudad donde el “vicio” se atrevía a sacar la cabeza de debajo de las faldas de la hipocresía. Hasta el aficionado al cine y sus historias sabe poco más de Arbukle, que el que fuera juzgado por la muerte de una adolescente en una orgía. No es que su caso sea desconocido sino que la memoria juega como el cine, reduce a menudo lo complejo a una simplicidad entretenida. El libro es entretenido porque el drama ajeno siempre lo es en las novelas, y está lleno de momentos que obligan a detenerse para reflexionar unos segundos sobre la condición humana. Con todo no oculta que no es historia, aunque a veces hay que esforzarse para no tomarlo como tal. Igualmente la introducción parte de la realidad para dejarnos ante la historia con la justificación tradicional, vulgar y fácil de aceptar, de que nos hallamos ante unas memorias encontradas.

INTRODUCCIÓN Okie sirvió a su patrono durante tres matrimonios, una detención por asesinato y violación, tres juicios, una caída de la noche a la mañana de gran estrella a objeto del odio colectivo: una espiral que le despojó de sus millones y le dejó arruinado. Fue la ruina económica lo que preocupó a Okie. Dicen los rumores que trabajó gratis para Arbuckle cuando perdió su fortuna debido a los honorarios de los abogados. Siguió a su lado, sin cobrar nada, en lo que muchos de los amigos de Fatty consideraron un acto de suprema abnegación de empleado. La verdad más oscura es que Okie –su verdadero nombre era Tomokita Ito– sabía que no tenía adónde ir. ¿Quién contrataría a un sirviente cuyo último patrono era un violador gordo y un asesino sexual? Le convenía al cauteloso criado tener un plan B: y lo tenía. Si el lector quiere, está a punto de leer cuál fue._

Una vez me pilló la policía en el césped de la entrada de Fatty Arbuckle. Claro que, por entonces, Fatty, que prefería que le llamasen Roscoe, se había mudado. Arbuckle murió en 1933, y estábamos a mediados de los ochenta, antes de despuntar la era del crack. Los camellos pululaban por aquella ya no selecta franja de Adams Boulevard, cerca del centro de Los Ángeles, parando a chicos blancos en sus automóviles para venderles mercancía, un combinado potente de doredina y codeína 4. La dor y la 4 producían una subida a cámara lenta que duraba media hora, y un colocón opiáceo residual que te hacía rascarte la nariz y no mover los intestinos durante varios días. Velando por huestes profundamente heridas de punks muy aborrecidos –principales consumidores del susodicho combinado–, un conciliábulo de agentes de policía de Los Ángeles, miembros de la unidad de narcóticos (DEA) y dos hombres misteriosos de Compton que se llamaban Leon hicieron desaparecer la doredina y obligaron a una comunidad entera a pasarse al caballo. La casa de Fatty, por la época en que este autor aterrizó de bruces delante, ya había sido transformada en una majestuosa avanzada de Cristo llamada Amat House. Amat era la sede central de una banda de sacerdotes vicentianos, una secta de hombres castos que hacían obras de caridad. Entre ellas, por lo visto, no figuraba la de precipitarse a ayudar a drogotas desconocidos en momentos de angustia, aunque recuerdo un par de caras blancas asustadas atisbando por una cortina descorrida cuando un agente me ordenó tumbarme «boca abajo» en la acera. Técnicamente, yo no me encontraba en el césped de los hermanos de la congregación católica; tenía la cara prensada entre los barrotes de la verja de metal que rodeaba el jardín. Aun así, recuerdo haber degustado el olor frío y húmedo, un tanto agreste, a estiércol de buey, y haber fingido que estaba en una granja, echando una cabezada con la cara en la tierra, como hacen los granjeros. Todo esto no significaría absolutamente nada si no fuera por el hecho de que setenta y cinco años antes, en 1916, un millonario con cara de feto, de 1,67 de estatura y 170 kilos de peso, se estaba inyectando heroína y contemplaba su ruina en el mismísimo aposento desde donde miraban la mía aquellos extraños rostros blancos. ¿Quién sabe si aquel Arbuckle, asintiendo en una época pasada, cerró los ojos y oyó los gritos de drogadictos de tres generaciones posteriores trastabillando por la acera de la casa que ocupaba? En la época en que tonteaba con las drogas, Roscoe «Fatty» Arbuckle, de veintinueve años, era más popular que Charlie Chaplin. Y aquel día concreto de agosto, en pleno apogeo de la Primera Guerra Mundial, en un rincón pudiente de la zona residencial repleta de «basura blanca» trasplantada, euroescapistas de primera generación, tipos teatrales marginales y mexicanos nativos, el colosal y aquiescente Arbuckle podía afirmar que era la estrella de cine más querida que pisaba la tierra, si no la de vida más sana.
Enganchado por culpa de un médico incompetente y chapucero que le perforó un forúnculo con una lanceta y le recetó heroína para mitigar el calvario, Arbuckle contrajo un hábito intermitente para rematar su alcoholismo ya galopante. Atendía sus «necesidades» especiales un criado japonés llamado Okie, una mezcla de sirviente, hombre para todo y recadero cuyo estatus en la vida de Arbuckle augura al «ayudante personal», ahora prácticamente un requisito previo para los famosos de Hollywood.

Primeraparte.htm

Laverdadoscura.htm

Aquí un mp3 para escuchar sobre el personaje y el libro…

LibroFatty.mp3

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