“La Nouvelle Vague. La modernidad cinematográfica”

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Título: “La Nouvelle Vague. La modernidad cinematográfica”.

Autor: Javier Memba

Editorial: T&B Editores

Primera edición: Mayo de 2009

Nota de la Redacción: Hace cincuenta años el cine sufrió uno de sus cambios más radicales, los jóvenes franceses comenzaron a dejar de fijarse en las estrellas para concentrarse en el director y sus maneras. Nacía la Nouvelle Vague, la nueva ola que, como un tsunami, alcanzaría Hollywood y sumergiría a toda una generación.
Faltaba poco para comenzar los años sesenta y para la nueva generación, la II Guerra Mundial era cosa de padres y abuelos. La guerra fría sostenida en el miedo nuclear permitía la expresión de ideas sin temor por el pasado, vergüenza por lo ocurrido y voluntad de no repetirlo.
Los que al firmarse la rendición de Alemania lo habían vivido desde sus doce o catorce años, en 1957 eran veinteañeros, y los más activos empezaron a llamar la atención de la prensa. Una periodista de la revista L’Express, Françoise Giroud, emplea por primera vez el término Nouvelle Vague en un reportaje, tras algunas encuestas sobre jóvenes. En realidad no se refería a los cinéfilos que empezaban a organizarse y conocerse en pequeños cine-clubes, sino a todos los jóvenes y a todo lo joven, sin incluir a veces cierto tono de chanza despectiva.
El existencialismo y los locales ahumados sonando a jazz, van siendo sustituidos por el rock en lugares más luminosos, pero el culto al cine es una novedad. Esa pasión por el cine es detectada por la prensa gala que lo valora como una ocurrencia graciosa, culta, irreverente y capaz de levantar polémica.
La consistencia de lo que podía ser moda sostiene la atención según crecen los asiduos del Mac Mahon, la Cinémathèque y los cineclub, rellenos como nunca de adictos a la sala oscura.
«¿Quiénes son los cinéfilos?… ¿Quiénes son esos jóvenes que viven por el cine, para el cine y en el cine?», son las preguntas que se hace la prensa, y que se responden en esta obra.
"Los 400 golpes" de TruffautBernard Dort en France-Observateur quiso saber si para ellos el cine era una religión. En las mismas páginas, Robert Benayoun apuntaba que para los cinéfilos la sala de proyección era como un templo. El habitual sensacionalismo que las novedades producen en la prensa, encontraba rasgos fanático espirituales en la pasión de aquellos franceses. No se equivocaban en cuanto que había nacido algo diferente, desconocido hasta ese momento, porque la Nouvelle Vague había parido a la cinefilia.
Las referencias a la prensa francesa son una parte esencial de la documentación que el autor aporta en la re-escritura y ampliación de una obra anterior, más básica. Es un esfuerzo serio, documentado y desde el enamoramiento.
El trabajo se divide en dos partes esenciales, la histórica y la fílmica, además de contener notas abundantes y referencias bibliográficas. Recorrer el camino de Santiago es buena opción de verano, y activar la máquina del tiempo para verse las películas que incluye este libro puede ser igual de interesante y, como confiesa el autor, el comienzo de una psicopatía poco peligrosa y rellena de las raíces de muchos otros tipos de cine.
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