"La pintora y el ladrón"

"La pintora y el ladrón"

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La web oficial.

El argumento: Cuando dos cuadros de la pintora naturalista checa Barbora Kysilkova, son robados de una galería de arte en Oslo, las autoridades noruegas identifican rápidamente a los dos ladrones responsables, pero no encuentran ni rastro de las obras de arte. Con la esperanza de descubrir qué ha sucedido, Barbora se acerca a uno de los ladrones, Karl-Bertil Nordland, durante una audiencia. Le pregunta si está dispuesto a que realice un retrato sobre él, y Nordland acepta. Lo que viene después (una serie de retratos a lo largo de los años) es una extraordinaria historia sobre la conexión humana y la amistad.

Conviene ver: “La pintora y el ladrón” se presenta como uno de los documentales de la temporada en una historia que desmonta clichés a la hora de hablar del arte, sus límites y la perversión psicológica del mismo cuando dos personas se roban artísticamente el uno al otro. Una de esas historias como las de documentales recientes tipo “Searching for Sugar Man” (2012) o “Tres idénticos desconocidos” (2018) que desmontan las reglas narrativas demostrando que hay grandes historias (reales) que merecen ser contadas sin necesidad de recurrir a la ficción. La pintora Barbora Kysilkova decide descubrir que hay detrás de uno de los dos ladrones de dos de sus cuadros en una prestigiosa galería y, en parte, se adentra en su alma a través de una serie de encuentros y entrevistas plasmándola artísticamente. Él es un tipo que prometía y que ahora es un drogadicto cuyos tatuajes son testigos de todo el drama que arrastra, entre ellos el abandono de su madre, pero ella también está herida por una relación tóxica de maltrato y un escaso reconocimiento profesional. Un trabajo intimista y fascinante en el que se produce una partida de ajedrez psicológica en la que cada uno de ellos mueve las piezas mientras intentan protegerse a sí mismos para no quedar al descubierto. Una de esas historias que hablan del arte como poder sanador y como masa permeable que cobra formas sin límites y en función de la mente creadora de los que trabajan con él. La cultura como refugio y también como punto de unión de dos personalidades que terminan atrayéndose ante la curiosidad que genera el haber conectado con alguien a raíz de algo imprevisto dejando su interior al aire.

Hay tensión, giros y juicios en una historia en la que el director Benjamin Ree no renuncia al género de atracos y ladrones para sobre ello mostrar una historia de complicidad a raíz de lo que les une ya que, en realidad, no son más que dos almas perdidas que navegan sin rumbo y que vienen baqueteadas por el oleaje de la vida. Es la naturalidad de la misma la que se abre paso en una relación en la que las diferencias quedan a un lado y ya no existen los reproches ni el hecho de que unos sean villanos y otros no, siendo sólo dos personas frente a frente a raíz del interés que se suscitan entre sí. Un juego de roles fascinante en el que una jugada del destino pone a dos personas tan diferentes en contacto con el fin de comprender las motivaciones que hay entre el uno y el otro cuando ella le pregunta por qué lo hizo y él asiste perplejo a ser modelo para unos retratos que han cimentado una colaboración pictórica entre uno y otro que se prolonga desde 2015 y en la que hay mucho de vampirismo, amistad y la necesidad de sentirse valorado. Una de esas historias singulares y auténticas sobre la psicología humana y el arte como elemento de convergencia y faro común que no renuncia a entretener y a emocionar.

Conviene saber: Premio especial del Jurado en el Festival de Sundance 2020.

La crítica le da un SIETE

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