“Sólo el fin del mundo”

“Sólo el fin del mundo”

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La web oficial.

El argumento: Tras doce años de ausencia, un joven escritor regresa a su pueblo natal para anunciar a su familia que pronto morirá. Vive entonces un reencuentro con su entorno familiar, una reunión en la que las muestras de cariño son sempiternas discusiones, y la manifestación de rencores que no queremos dejar salir, aunque delaten nuestros temores y nuestra soledad.

Conviene ver: “Sólo el fin del mundo” es el nuevo trabajo de Xavier Dolan después de “Mommy”, que para muchos sigue siendo su película más redonda. Desde luego su nueva cinta no está a su altura pero tiene algunos aspectos muy interesantes que conviene resaltar, así como el nombre que se ha granjeado y que a pesar de ser todavía un veinteañero le imprime un gran respeto y fans dentro del sector. El primero de esos motivos es por como triunfa en la adaptación de la obra teatral de Jean-Luc Lagarce sobre un reencuentro familiar que tiene mucho con el nivel de histerismo de “Agosto” o el de violencia latente (verbal y física) de “Un tranvía llamado deseo”. Un joven escritor gay vuelve al hogar familiar 12 años después dispuesto a comunicar a su familia que pronto morirá, pero desde luego esa revelación no será fácil de llevar a cabo teniendo en cuenta el hervidero de griterío, reproches y desquicios que se acaba provocando en el quinteto de personajes (él, su madre, hermanos y la mujer de uno de ellos) que acaba confluyendo sobre apenas la hora y media de película que destaca por la fidelidad del texto sin renunciar al estilo videoclipero, de primeros planos y de referencias musicales entre lo snob, lo naif y lo petardo del playlist de Dolan (atención al Dragostea Din Tei del grupo O-Zone) así como una fotografía entre desenfocada y color miel. Una reunión familiar esquizofrénica en una puesta en escena que a veces se le va de las manos a Dolan ante la complicación de poder ser revolucionario y vistoso como es él en algo tan pulcro en resolución, pero con un montaje asfixiante jalonado con recuerdos del pasado, y teniendo en cuenta que prácticamente toda la película se desenvuelve alrededor de una mesa y de un salón. Personajes chillones, absorbentes y algo psicóticos en los que destaca la sobriedad y vulnerabilidad de Gaspard Ulliel (que abandonó el hogar 12 años atrás para vivir libremente como él se sentía volviendo ahora tan lacónico como tierno y derrotado), la verborrea y locura de Nathalie Baye (el director sigue cuidando especialmente a la figura materna), la rabia animal de Vincent Cassel (presumiblemente del recuerdo siempre en un pedestal de su hermano), la imprevisible Léa Seydoux y la más desfavorecida (tanto en interpretación como personaje) de una nerviosa y frágil Marion Cotillard. El problema de la cinta es que tensar tanto el calibre actoral puede provocar irritación y rechazo en el espectador ante semejante choque de trenes, pero nosotros nos ponemos en un bando a favor, por su acierto a la hora de retratar tanto el amor como el reproche, lo que se dice y lo que no y, en definitiva, debido a ello, la banalidad del entorno que construimos voluntaria o involuntariamente a nuestro alrededor.

Conviene saber: Adaptación de una obra de teatro de Jean-Luc Lagarce que le valió a Xavier Dolan el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes 2016.

La crítica le da un SIETE

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