In Memoriam: Robert Duvall, la encarnación de la solidez en pantalla

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Querido primo Teo:

El mundo del cine despide a uno de sus pilares más sólidos. Robert Duvall falleció este domingo 15 de febrero de 2026 a los 95 años en su rancho de Middleburg (Virginia) rodeado de su familia. La noticia fue confirmada por su esposa, Luciana Pedraza Duvall, a través de su cuenta de Facebook, donde lo recordó con estas palabras: “No solo era uno de los grandes actores de todos los tiempos, sino mi querido esposo y amigo”, reflejando la inmensa humanidad que acompañó toda su trayectoria artística. Duvall fue mucho más que un actor: fue un artesano de la interpretación, un narrador incansable y un referente del Nuevo Hollywood, la generación que transformó el cine de los años sesenta y setenta con historias íntimas y emocionalmente profundas. Su versatilidad y un magnetismo, que le hizo poder ser un gigante interpretativo sin ostentación, le permitió encarnar desde antihéroes hasta figuras legendarias, tanto a través del silencio como demostrando una fiereza indomable, dejando una huella imborrable en la historia del cine.

Duvall recibió el Oscar al mejor actor por su magistral interpretación en “Gracias y favores” (1983) y fue nominado en otras seis ocasiones por "El padrino" (1972), “Apocalypse Now” (1979), “El don del coraje” (1980), “Camino al cielo” (1997), “Acción civil” (1998) y “El juez” (2014).

Cada uno de estos papeles confirmó su capacidad para sumergirse en la complejidad de sus personajes y elevar el arte de la interpretación a niveles excepcionales. Su legado trasciende premios y reconocimientos: Robert Duvall deja un ejemplo de compromiso, pasión y autenticidad, recordado no solo por sus contribuciones al cine, sino también por la humanidad que irradiaba fuera de la pantalla.

Los orígenes de Robert Duvall ayudan a comprender la firmeza y la determinación que marcaron tanto su vida como su carrera. Nacido el 5 de enero de 1931 en San Diego (California) creció en el seno de una familia de fuerte tradición militar. Su padre, William Howard Duvall, era contralmirante de la Marina de los Estados Unidos, un hombre disciplinado y severo que esperaba que su hijo siguiera una trayectoria acorde con los valores castrenses. Su madre, Mildred Virginia Hart, actriz "amateur" y gran aficionada al teatro, descendiente del general confederado Robert E. Lee al que el propio Duvall interpretaría en "Dioses y generales" (2003), fue quien sembró en él la sensibilidad artística y el amor por la interpretación.

La infancia de Duvall estuvo marcada por los constantes traslados propios de la vida militar, lo que le obligó a adaptarse a nuevos entornos y acentos, una experiencia que, con el tiempo, enriquecería su capacidad para construir personajes diversos pero que esos años también fomentaría cierto carácter rebelde. En 1953, al acabar el instituto, decidió alistarse en el ejército donde sirvió dos años. Sin embargo, su inclinación por la actuación no fue bien recibida en el ámbito familiar. Su padre veía el oficio como una profesión incierta y poco apropiada para alguien criado bajo los principios de disciplina y servicio.

Lejos de desanimarse, Duvall mantuvo su vocación con discreta firmeza. Tras graduarse en Principia College y cumplir un periodo de servicio en el ejército, llegando a estar un año en la Guerra de Corea, decidió apostar definitivamente por la interpretación.

Ingresó en la Neighborhood Playhouse School of the Theatre de Nueva York, ciudad a la que se había mudado en 1955, donde estudió con Sanford Meisner y compartió aulas con futuros referentes como Dustin Hoffman y Gene Hackman. Aquel paso supuso una declaración de independencia frente a las expectativas paternas y el inicio de una carrera que, con el tiempo, demostraría que su elección no había sido solo legítima, sino también extraordinaria.

Tras trabajos para poder mantenerse como los de limpiaplatos, mozo de almacén u oficinista de correos, Robert Duvall mostró, desde sus primeros pasos, un talento fuera de lo común, sustentado en una presencia magnética y una economía expresiva poco habitual.

Tras impresionar al guionista y dramaturgo Horton Foote en la pieza teatral "The midnight caller", en la que daba vida con credibilidad a un borracho, y aparecer en capítulos de "Alfred Hitchock presenta" en 1962 y "La dimensión desconocida" en 1963, su debut cinematográfico llegaría con “Matar a un ruiseñor” (1962), adaptación de la novela de Harper Lee dirigida por Robert Mulligan, donde interpretó a Boo Radley, un personaje cuya fuerza residía en el misterio y la contención.

Aunque su aparición en pantalla era breve y su rostro permanecía en penumbra durante buena parte del metraje, Duvall logró transmitir (sin necesidad de decir ni una sola palabra) una profunda humanidad, revelando la complejidad emocional de un hombre aislado y temido por prejuicios ajenos que pasaba de ser una presencia amenazadora a ofrecer luz y esperanza. Aquella interpretación silenciosa bastó para anunciar la llegada de un actor capaz de dotar de densidad dramática incluso a los papeles más esquivos.

Durante los años siguientes, alternó cine, teatro y televisión, puliendo un estilo interpretativo basado en la observación minuciosa de la conducta humana y en la autenticidad de cada gesto. Su formación con Sanford Meisner se traducía en una actuación orgánica, desprovista de artificios, donde cada mirada y cada pausa tenían un peso específico.

Se le pudo ver en "El capitán Newman" (1963), "Pesadilla bajo el sol" (1965) o "La jauría humana" (1966) para compartir pantalla posteriormente con James Caan en "Cuenta atrás" (1967), Frank Sinatra en "El detective" (1968), llevar en taxi a Steve McQueen en "Bullitt" (1968) o coincidir con John Wayne en "Valor de ley" (1969).

Por primera vez trabajó bajo las órdenes de Francis Ford Coppola en "Llueve sobre mi corazón" (1969), rodando posteriormente "M*A*S*H" (1970) de Robert Altman, donde era objeto de las burlas de los protagonistas como un militar fanático y religioso, el western "En nombre de la ley" (1971) de Michael Winner, que se convertiría en uno de sus géneros más recurrentes, y "THX 1138" (1971) de George Lucas, incomprendida pero seminal cinta para el género de ciencia ficción. Todo ello derivaría en el reconocimiento internacional que llegaría con “El padrino” (1972) y “El padrino II” (1974).

Allí encarnó al "consigliere" Tom Hagen, el huérfano que ascendió y se ganó la confianza de la mafia a base de trabajo y lealtad siendo la voz de la razón dentro de la familia Corleone encarnando el rol de abogado, hombre fiel y prácticamente un hijo más para Vito Corleone siendo el hombre que susurraba en el oído del padrino. A él le tocó sentarse para decirle que habían matado a su hijo Santino en el peaje mientras, por otro lado, ejercía de necesario puente entre el impulsivo Sonny (James Caan) y el infravalorado Michael (Al Pacino).

Su serenidad, inteligencia y discreción ofrecieron un contrapunto perfecto a la intensidad volcánica de otros personajes, consolidando su lugar entre los grandes actores de su tiempo. Hagen no era el más ruidoso ni el más temible, pero sí uno de los más complejos, y Duvall lo construyó desde la contención y la lealtad silenciosa no haciendo más que confirmar en esta película la portentosa generación de actores que nació para convertirse en leyenda durante la década de los setenta.

El hecho de que Al Pacino cobrara cuatro veces más que lo que se le propuso a Duvall por la tercera entrega le hizo decidir el no volver a interpretar al personaje. No obstante, nunca guardó rencor por ello: “Coppola nos lanzó a todos, fue el catalizador de una generación entera de actores. Le debemos mucho”.

Posteriormente se introdujo en el universo de William Faulkner en "Tomorrow" (1972) y fue Jesse James en "Sin ley ni esperanza" (1972) para terminar siendo el terrateniente que contrata a Clint Eastwood en "Joe Kidd" (1972). De esos años también son "Fría como un diamante" (1973), "Tras la huella del delito" (1973) y "La organización criminal" (1973).

Además de tener papeles sin acreditar en "La conversación" (1974) como el enigmático director y "La invasión de los ultracuerpos" (1978) como sacerdote balanceándose desde un columpio, títulos de culto de sus respectivos géneros, se topó con Charles Bronson en "Fuga suicida" (1975), estuvo en "Los aristócratas del crimen" (1975), fue el Dr. Watson en "Elemental, Dr. Freud" (1976) e imponía sobremanera como un coronel nazi en "Ha llegado el águila" (1976).

Otro trabajo que deja para el recuerdo es el de Frank Hackett en "Network, un mundo implacable" (1976) de Sidney Lumet. Allí era un joven vicepresidente ejecutivo de la cadena cuya ambición por ascender corre peligro por el escándalo que se desata en la misma tras el órdago lanzado en directo por su presentador de noticias. Se metió en la piel de un ejecutivo ambicioso y agresivo, un tipo calculador, que no necesitaba el histrionismo para imponer respeto y que seguimos reconociendo en las grandes corporaciones, haciendo que sea todavía más escalofriante y auténtico.

Sin abandonar la versatilidad que lo definía, volvió a sorprender con “Apocalypse Now” (1979), suponiendo su quinta y última colaboración con Coppola, donde dio vida al teniente coronel Bill Kilgore, un oficial excéntrico, desquiciado y temerario que cabalgaba entre la brutalidad bélica y un surrealismo casi operístico (tan apasionado del surf como de que sonara Wagner durante los bombardeos) y que le hizo conseguir su segunda nominación al Oscar y ganar su primer Globo de Oro y su único Bafta (había sido candidato al premio de la Academia británica por "El padrino" y "Network, un mundo implacable").

Su célebre comentario sobre el olor del napalm al amanecer se convirtió en uno de los momentos más icónicos del cine contemporáneo bastándole al actor solo 11 minutos para estar ante uno de esos personajes de referencia. Estas interpretaciones no solo evidenciaban su capacidad para asumir registros radicalmente distintos, sino también su talento para combinar dramatismo, ironía y una tensión narrativa que elevaba cada escena en la que participaba.

A lo largo de su carrera, Robert Duvall fue reconocido por su maestría, rigor y una profesionalidad a prueba de modas. Consiguió su tercera candidatura al Oscar por "El don del coraje" (1979), dando vida a un piloto del ejército norteamericano que combatió en Vietnam y apodado "El gran Santini" que pretende imponer su disciplina marcial en el seno de su propio hogar familiar enfrentándose con su hijo adolescente.

En 1984, por la que era su cuarta nominación, obtuvo el Oscar al mejor actor por “Gracias y favores”, donde dio vida a un cantante de country que vagabundea alcoholizado en busca de redención y serenidad así como de recuperar el respaldo familiar viviendo con su hijo en Texas. Su interpretación, contenida y profundamente humana, reveló una capacidad extraordinaria para expresar la fragilidad y el orgullo herido sin caer en el exceso dramático, confirmando su dominio de los matices y su compromiso con la verdad emocional del personaje.

Un bello y romántico retrato de Bruce Beresford sobre la América rural de finales de los años 70 y principios de los 80 que compitió en el Festival de Cannes y que, a pesar de que pasó desapercibida en taquilla, llegó hasta los Oscar haciéndole ganar la estatuilla por su Mac Sledge, un alcohólico errante que poco a poco cobra consciencia de que está muy lejos de sus años de esplendor como un cantante famoso.

A su victoria en los Oscar se sumaron seis nominaciones más al premio de la Academia, prueba de que su talento se mantuvo intacto durante seis décadas ganando también 4 Globos de Oro tanto en las categorías de cine ("Apocalypse Now" y "Gracias y favores") como de televisión ("Paloma solitaria" y "Stalin"). También fue candidato a este premio por "Acción civil" en 1999, "Los protectores" en 2007 y "El juez" en 2015.

De la década de los ochenta hay que quedarse también con "Un millón de dólares en el aire" (1981), "Confesiones verdaderas" (1981), "The stone boy" (1984), "El mejor" (1984), "El buque-faro" (1985), "Rescate infernal" (1986), "Belizaire" (1986), "Hotel Colonial" (1987) y "Colores de guerra" (1988).

Cerraría la década con la miniserie "Paloma solitaria" (1989), adaptación de la novela de Larry McMurtry que suponía una nueva incursión de Duvall en el western y la primera de sus cinco nominaciones al Emmy. Para el actor, que interpretaba a uno de los dos veteranos vaqueros de Texas que deciden emprender un largo viaje con su ganado desde la ciudad de Lonesome Dove hasta la lejana Montana, este título era "el padrino de los western".

Ya en la década de los noventa alternó thrillers, dramas familiares, proyectos comprometidos y productos alimenticios. Entre todo ese maremágnum de películas uno se queda con "Días de trueno" (1991), de Tony Scott, ejerciendo de mentoría de Tom Cruise, y, especialmente, con "Un día de furia" (1993), de Joel Schumacher, siendo un policía que intenta hacer frente a la indignación ciudadana representada de manera furibunda por un excelso Michael Douglas, un tipo corriente hecho un mar de frustraciones e indignación que deriva en violencia y agresividad.

También llegaría una elogiable sucesión de títulos en la que Duvall no solo demostraba su permeabilidad sino su incapacidad para estar mal tal y como se comprobaba en "El precio de la ambición" (1991), "Gerónimo, una leyenda" (1993), "Vaya par de amigos" (1993), "The paper (Detrás de la noticia)" (1994), "Algo de que hablar" (1995), "Camino de la fortuna" (1995), "La letra escarlata" (1995), "Un asunto de familia" (1996), "El otro lado de la vida" (1996), "Phenomenon" (1996) o "Deep impact" (1998).

En 2007 fue galardonado con el premio Emmy por su interpretación en “Los protectores”, producción por la que también fue reconocido en calidad de productor ejecutivo. Este doble reconocimiento subrayó no solo su talento interpretativo, sino también su implicación creativa detrás de las cámaras y su pasión por el western, género en el que siempre estuvo cómodo por cómo le enriquecía personalmente la vida rural y su buena relación con los caballos.

Previamente, había sido candidato al Emmy por sus trabajos en "Paloma solitaria" en 1989, "Stalin" en 1993 y “La caza de Eichmann” en 1997, confirmando su sólida presencia en la televisión estadounidense y su capacidad para dotar de profundidad y humanidad a personajes inspirados tanto en figuras históricas como en relatos de gran carga dramática. Pero Robert Duvall no se limitó a actuar: amplió su horizonte creativo como director, guionista y productor, demostrando que su talento trascendía con naturalidad la interpretación.

Su inquietud artística lo llevó a involucrarse en proyectos profundamente personales, donde podía explorar con mayor libertad los temas que le interesaban llegando a dirigir hasta cinco películas rompiendo el hielo con "We're not the jet set" (1974) y "Angelo my love" (1983). La más lograda, la cual escribió, dirigió y protagonizó, fue “Camino al cielo” (1997), un retrato íntimo y humanista sobre la fe, la redención y la fragilidad del ser humano a través de un predicador de Texas que, debido a un tormentoso pasado, se traslada a Louisiana y crea una nueva comunidad.

La película, sobria y reflexiva, fue recibida con elogios por la crítica y por sus propios colegas de profesión, que destacaron la sensibilidad con la que abordaba un universo espiritual pocas veces tratado con tanta honestidad en el cine contemporáneo. Duvall, que tuvo que poner cinco millones de dólares de su bolsillo porque nadie quería financiarla, construyó un relato contenido, sin estridencias, apoyado en silencios y miradas que reforzaban su compromiso con la autenticidad emocional y por la cual obtendría su quinta nominación al Oscar.

Ese mismo espíritu volvió a manifestarse en “Asesinato a ritmo de tango” (2002), proyecto que también escribió, dirigió y protagonizó. En esta ocasión combinó el thriller con su pasión por el tango argentino, integrando la danza como elemento narrativo y simbólico. La película confirmó su interés por historias complejas y personajes marcados por conflictos internos, así como su voluntad de asumir riesgos creativos al margen de las grandes producciones de Estudio.

En cada uno de estos trabajos detrás de la cámara, Duvall mantuvo la coherencia que definió toda su trayectoria: un compromiso inquebrantable con la verdad narrativa y emocional, y una mirada profundamente humana hacia sus personajes, incluso en sus zonas más vulnerables o contradictorias.

Ese espíritu afloraba en el thriller judicial "Acción civil" (1998) y "El juez" (2014), siendo sus dos últimas candidaturas al Oscar. Por la primera ganó el Gremio de Actores (SAG) y por la segunda se convirtió en el actor de más edad en ser nominado al Oscar con 84 años hasta que posteriormente batiera el récord Christopher Plummer por "Todo el dinero del mundo" (2017) a sus 88 años. En la película en la que compartía pantalla con Robert Downey Jr. daba vida a un prestigioso y querido juez que, tras 42 años sirviendo a su comunidad y siendo un ejemplo de confianza, respeto y honestidad, es sospechoso de asesinato teniendo a su propio hijo abogado encabezando su defensa con el fin tanto de poder saber la verdad como de acortar la distancia creada por el paso del tiempo y las rencillas familiares.

Ya en el siglo XXI las continuas apariciones de Robert Duvall en la pantalla eran una muestra de presencia y poderío de la vieja escuela. Su querencia por el western volvió a manifestarse en "Open Range" (2003) en la que formaba tándem con Kevin Costner (que dirigió una de sus cintas más reivindicables) enarbolando la justicia y la lealtad mientras conducen ganado por las grandes praderas hasta que llegan a una ciudad fronteriza dominada por un ranchero despiadado y un sheriff corrupto. Una película que sirvió de marco para el premio Donostia que recibió Robert Duvall en el Festival de San Sebastián 2003.

No sería su única relación con España ya que Emilio Aragón tuvo a bien contar con él como el protagonista de su segunda película detrás de las cámaras. En "Una noche en el viejo México" (2013), arruinado, solo y consciente de su vejez, se veía obligado a abandonar su rancho y, con el firme propósito de superar el trance cantando, bailando y bebiendo, iniciaba una "road movie" junto a su nieto por las carreteras de México entre descubrimientos, peligros, pasiones y tequila.

Se quedó a las puertas de una nominación al Oscar con "El último gran día" (2009), cinta que compitió en el Festival de San Sebastián y que no desaprovechó el poder contar con su presencia. Duvall fue candidato al Critics'Choice y al Gremio de Actores (SAG) por dar toda una lección vital (aunque pueda sorprender) como un ermitaño que prepara su propio funeral en un western crepuscular con sabor "indie" que sobre todo tuvo recorrido por el hecho de elevarse gracias al trabajo de un actor memorable.

De la última época hay que quedarse también con "Camino hacia la gloria" (2000), "John Q" (2002), "El secreto de los McCann" (2003), "Gracias por fumar" (2005), "La noche es nuestra" (2007), "Como en casa en ningún sitio" (2008), "La carretera (The road)" (2009), "Corazón rebelde" (2009), "Infierno en Alabama" (2012) o "Jack Reacher" (2012).

Aunque fuera en algo más que cameos todavía pudimos ver a Robert Duvall en cuatro ocasiones más. Formó parte del reivindicable thriller "Viudas" (2018) de Steve McQueen, de la emocional y deportiva "Doce huérfanos" (2021) de Ty Roberts y de dos apuestas de Netflix como "Garra" (2022), una de esas incursiones de Adam Sandler para ser tomado en serio, y poniendo sabiduría en el enredado suspense gótico y detectivesco de "Los crímenes de la academia" (2022), casi un favor personal para un Scott Cooper que lo consideraba un segundo padre.

La filmografía de Robert Duvall constituye un auténtico testimonio de versatilidad y hondura interpretativa. Desde el tímido y enigmático Boo Radley hasta el cerebral Tom Hagen o el carismático y temerario coronel Kilgore, Duvall dio vida a personajes que exploraban la condición humana en toda su complejidad: la lealtad y la ambición, la violencia y la ternura, la fe, el orgullo y la redención. Cada composición parecía surgir de un estudio minucioso del alma de sus criaturas, nunca del exhibicionismo.

La crítica de su tiempo subrayaba que, a diferencia de muchos contemporáneos asociados a un estilo más expansivo o histriónico, Duvall construía desde la contención. No necesitaba grandes gestos ni parlamentos enfáticos: su sola presencia, el ritmo de su respiración o una leve inflexión en la mirada bastaban para dotar de espesor dramático a cualquier escena. En él, el silencio no era ausencia, sino intensidad concentrada. El manejo de un recurso que es el que separa a los verdaderos maestros del resto.

Directores y compañeros de rodaje como Francis Ford Coppola, John Milius y Taylor Hackford destacaron en numerosas ocasiones su disciplina, su preparación meticulosa y su capacidad para transformar momentos aparentemente sencillos en instantes de pura verdad cinematográfica. Duvall no solo elevaba sus propias escenas, sino que impulsaba a quienes trabajaban a su lado a alcanzar una mayor profundidad emocional, convirtiéndose en un referente silencioso dentro y fuera del set.

En el plano personal, Robert Duvall estuvo casado en cuatro ocasiones; la bailarina y escritora Barbara Benjamin, entre 1964 y 1975, la actriz Gail Youngs, entre 1982 y 1986 y la coreógrafa Sharon Brophy entre 1991 y 1996, pero fue en 2005 cuando encontró una estabilidad definitiva al unir su vida a la de la directora y actriz argentina Luciana Pedraza.

La historia de ambos tuvo algo de azar y de destino: se conocieron cuando Duvall se cruzó con ella en una calle de Buenos Aires donde se encontraba rodando una película en 1996. Duvall iba a comprar flores y, tras no encontrar ningún puesto abierto, llegó hasta una pastelería. Ahí se cruzó con Luciana, que le invitó (sin saber quien era) a la inauguración de un salón de tango, siendo la pasión que les unió a ambos. Un encuentro fortuito que derivó en una relación sólida y cómplice que no haría más que rubricar su pasión por el país: "Los argentinos colectivamente son arrogantes, pero individualmente maravillosos".

Junto a Pedraza, manteniendo una diferencia de edad de 41 años, compartió sus últimos años, repartiendo su tiempo entre Estados Unidos y Argentina, y cultivando intereses comunes como el cine independiente, la cultura latinoamericana y una filantropía ejercida con discreción, lejos de los focos. Nunca tuvo hijos.

Pedraza también colaboró en algunos de sus proyectos, consolidando una alianza tanto sentimental como creativa. La serenidad de su vida privada contrastaba con la intensidad de muchos de sus personajes. Quienes lo trataron coincidían en señalar su sencillez, su trato respetuoso hacia técnicos y compañeros de reparto, y una generosidad silenciosa que se manifestaba en gestos cotidianos más que en declaraciones públicas. Esa coherencia entre el artista exigente y el hombre cercano contribuyó a que, además de admirado por su talento, fuera profundamente querido dentro de la industria.

"Ayer nos despedimos de mi amado esposo, querido amigo y uno de los más grandes actores de nuestro tiempo. Bob falleció en paz en casa, rodeado de amor y consuelo. Para el mundo, fue un actor ganador del Premio de la Academia, un director, un narrador. Para mí, él era simplemente todo. Su pasión por su oficio solo era comparable con su profundo amor por los personajes, una gran comida y por reunir a la gente a su alrededor. En cada uno de sus muchos papeles, Bob lo dio todo a sus personajes y a la verdad del espíritu humano que representaban. Al hacerlo, nos deja a todos algo duradero e inolvidable. Gracias por los años de apoyo que le brindaron a Bob y por darnos este tiempo y privacidad para celebrar los recuerdos que deja atrás", ha escrito su viuda.

Robert Duvall encarnó como pocos el espíritu del Nuevo Hollywood: la búsqueda obstinada de la autenticidad, la emoción desnuda y la exploración de personajes complejos, llenos de contradicciones y humanidad. Formó parte de esa generación que transformó el cine estadounidense desde finales de los años sesenta, apostando por relatos más íntimos, arriesgados y moralmente ambiguos, y lo hizo siempre desde la sobriedad y el compromiso con la verdad interpretativa.

Un actor de carácter que siempre defendió su posición: “Soy un actor de carácter y nunca me ha importado. A veces, los actores como yo podemos sentir celos de los protagonistas. A menudo te preguntas si podrías hacer cierto tipo de papeles para los que nunca te llaman. Pero ser un actor de carácter tiene muchas ventajas. Haces grandes trabajos y viajas por todo el mundo sin tener que llevar el peso de la película. Eso está muy bien”.

Como dijo el crítico Roger Ebert: "Duvall nunca interpreta el mismo personaje dos veces y hace que otros actores luzcan bien. Aporta una calidad a su escucha y a sus reacciones que llenan la escena incluso cuando no habla".

Su legado es inmenso, no solo por seis décadas de carrera ininterrumpida, por los premios cosechados o por la influencia decisiva que ejerció sobre varias generaciones de actores, sino porque dejó una lección más profunda: la grandeza no reside en el brillo de la fama ni en el glamour de las alfombras rojas, sino en la honestidad del trabajo, en la disciplina silenciosa y en la capacidad de contar historias que conmuevan de manera auténtica.

Duvall nunca tuvo aspecto juvenil ni un físico cuidado para copar portadas y estrellato por mucho que recibiera la estrella en el Paseo de la Fama en 2011. Ni lo quería ni lo necesitaba ya que, a base de personalidad y carácter, todo eso lo sustituía con talento, trabajo y saber hacer siendo miembro ilustre de una generación que surgió para revolucionar el cine norteamericano imprimiéndole autenticidad y rebeldía pero siempre con devoción por los clásicos y por mamar el oficio desde las tablas.

Con su desaparición se apaga una presencia física irrepetible, pero su huella permanece indeleble en cada escena que interpretó, en cada personaje al que dotó de alma y en cada historia que ayudó a elevar a la categoría de arte. Robert Duvall no fue solo un actor y director formidable; fue un maestro de la contención, de la verdad emocional y, en última instancia, de la humanidad en la pantalla. “Amo lo que hago. No actúo para ser famoso, actúo porque no sabría vivir de otra manera.”

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Mary Carmen Rodríguez

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Thor
Thor
1 mes atrás

Menudo reportaje, señores. Se nota que era una de las vacas sagradísimas de este podcast. La verdad es que lo ha merecido, porque era uno de los grandes entre grandes. Deja un legado único, lleno de verdaderos Óscars, esto es, de la relevancia que tendrán sus papeles con el paso del tiempo. D.E.P.

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