In Memoriam: Robert Duvall, la encarnación de la solidez en pantalla
Querido primo Teo:
El mundo del cine despide a uno de sus pilares más sólidos. Robert Duvall falleció el 15 de febrero de 2026 a los 95 años en su hogar de Middleburg (Virginia) rodeado de su familia. La noticia fue confirmada por su esposa, Luciana Pedraza Duvall, a través de su cuenta de Facebook, donde lo recordó con estas palabras: “No solo era uno de los grandes actores de todos los tiempos, sino mi querido esposo y amigo”, reflejando la inmensa humanidad que acompañó toda su trayectoria artística. Duvall fue mucho más que un actor: fue un artesano de la interpretación, un narrador incansable y un referente del Nuevo Hollywood, la generación que transformó el cine de los años 60 con historias íntimas y emocionalmente profundas. Su versatilidad y un magnetismo que le hizo poder ser un gigante interpretativo sin ostentacion le permitió encarnar desde antihéroes hasta figuras legendarias, dejando una huella imborrable en la historia del cine.
Duvall recibió el Oscar al mejor actor por su magistral interpretación en “Gracias y favores” (1983) y fue nominado en otras seis ocasiones por "El padrino" (1972), “Apocalypse Now” (1979), “El don del coraje” (1980), “Camino al cielo” (1997), “Acción civil” (1998) y “El juez” (2014). Cada uno de estos papeles confirmó su capacidad para sumergirse en la complejidad de sus personajes y elevar el arte de la interpretación a niveles excepcionales. Su legado trasciende premios y reconocimientos: Robert Duvall deja un ejemplo de compromiso, pasión y autenticidad, recordado no solo por sus contribuciones al cine, sino también por la humanidad que irradiaba fuera de la pantalla.
Los orígenes de Robert Duvall ayudan a comprender la firmeza y la determinación que marcaron tanto su vida como su carrera. Nacido el 5 de enero de 1931 en San Diego (California) creció en el seno de una familia de fuerte tradición militar. Su padre, William Howard Duvall, era contralmirante de la Marina de los Estados Unidos, un hombre disciplinado y severo que esperaba que su hijo siguiera una trayectoria acorde con los valores castrenses. Su madre, Mildred Virginia Hart, actriz amateur y gran aficionada al teatro, descendiente del general confederado Robert E. Lee al que Duvall interpretaría en "Dioses y generales" (2003), fue quien sembró en él la sensibilidad artística y el amor por la interpretación.
La infancia de Duvall estuvo marcada por los constantes traslados propios de la vida militar, lo que le obligó a adaptarse a nuevos entornos y acentos, una experiencia que, con el tiempo, enriquecería su capacidad para construir personajes diversos pero que esos años también fomentaría cierto carácter rebelde. En 1953, al acabar el instituto, decidió alistarse en el ejército donde sirvió dos años. Sin embargo, su inclinación por la actuación no fue bien recibida en el ámbito familiar. Su padre veía el oficio como una profesión incierta y poco apropiada para alguien criado bajo los principios de disciplina y servicio.
Lejos de desanimarse, Duvall mantuvo su vocación con discreta firmeza. Tras graduarse en Principia College y cumplir un periodo de servicio en el ejército, llegando a estar un año en la Guerra de Corea, decidió apostar definitivamente por la interpretación.
Ingresó en la Neighborhood Playhouse School of the Theatre de Nueva York, ciudad a la que se había mudado en 1955, donde estudió con Sanford Meisner y compartió aulas con futuros referentes como Dustin Hoffman y Gene Hackman. Aquel paso supuso una declaración de independencia frente a las expectativas paternas y el inicio de una carrera que, con el tiempo, demostraría que su elección no solo era legítima, sino extraordinaria.
Tras trabajos para mantenerse como limpiaplatos, mozo de almacén u oficinista de correos, desde sus primeros pasos, Robert Duvall mostró un talento fuera de lo común, sustentado en una presencia magnética y una economía expresiva poco habitual. Tras impresionar al guionista y dramaturgo Horton Foote en una pieza teatral, y aparecer en capítulos de "Alfred Hitchock presenta" en 1962 y "La dimensión desconocida" en 1963, su debut cinematográfico llegó con “Matar a un ruiseñor” (1962), adaptación de la novela de Harper Lee dirigida por Robert Mulligan, donde interpretó a Boo Radley, un personaje prácticamente mudo cuya fuerza residía en el misterio y la contención.
Aunque su aparición en pantalla era breve y su rostro permanecía en penumbra durante buena parte del metraje, Duvall logró transmitir una profunda humanidad, revelando la complejidad emocional de un hombre aislado y temido por prejuicios ajenos. Aquella interpretación silenciosa bastó para anunciar la llegada de un actor capaz de dotar de densidad dramática incluso a los papeles más esquivos.
Durante los años siguientes, alternó cine, teatro y televisión, puliendo un estilo interpretativo basado en la observación minuciosa de la conducta humana y en la autenticidad de cada gesto. Su formación con Sanford Meisner se traducía en una actuación orgánica, desprovista de artificios, donde cada mirada y cada pausa tenían un peso específico.
Se le pudo ver en "El capitán Newman" (1963), "Pesadilla bajo el sol" (1965) o "La jauría humana" (1966) para compartir pantalla posteriormente con James Caan en "Cuenta atrás" (1967), Frank Sinatra en "El detective" (1968), llevar en taxi a Steve McQueen en "Bullitt" (1968) o coincidir con John Wayne en "Valor de ley" (1969).
Ya sabía lo que era trabajar con Francis Ford Coppola en "Llueve sobre mi corazón" (1969), rodando posteriormente "M*A*S*H" (1970), "En nombre de la ley" (1971) y "THX 1138" (1971) pero el reconocimiento internacional llegó con “El padrino” (1972) y “El padrino II” (1974) donde encarnó al "consigliere" Tom Hagen, la voz de la razón dentro de la familia Corleone encarnando el rol de abogado, hombre de confianza y prácticamente un hijo más para Vito Corleone.
Su serenidad, inteligencia y discreción ofrecieron un contrapunto perfecto a la intensidad volcánica de otros personajes, consolidando su lugar entre los grandes actores de su generación. Hagen no era el más ruidoso ni el más temible, pero sí uno de los más complejos, y Duvall lo construyó desde la contención y la lealtad silenciosa. El hecho de que Al Pacino cobrara cuatro veces más que en en la tercera entrega hizo que Duvall no volviera a interpretar al personaje.
Posteriormente se introdujo en el universo de William Faulkner en "Tomorrow" (1972) y fue Jesse James en "Sin ley ni esperanza" (1972) pata ser el terrateniente que contrata a Clint Eastwood en "Joe Kidd" (1972). De esos años también son "Fría como un diamante" (1973), "Tras la huella del delito" (1973) y "La organización criminal" (1973).
Además de tener papeles sin acreditar en "La conversación" (1974) como director y "La invasión de los ultracuerpos" (1978) como sacerdote columpiándose, títulos de culto de sus respectivos géneros, se topó con Charles Bronson en "Fuga suicida" (1975), estuvo en "Los aristócratas del crimen" (1975), fue el Dr. Watson en "Elemental, Dr. Freud" (1976) y daba terror como un coronel nazi en "Ha llegado el águila" (1976).
Otro trabajo que deja en el recuerdo es su interpretación de Frank Hackett en "Network, un mundo implacable" de Sidney Lumet (1976). Se metió en la piel de un ejecutivo ambicioso y agresivo, un tipo calculador, que no necesitaba el histrionismo para imponer respeto y que seguimos reconociendo en las grandes corporaciones, haciendo que sea todavía más escalofriante.
Sin abandonar la versatilidad que lo definía, volvió a sorprender con “Apocalypse Now” (1979), también dirigida por Coppola, donde dio vida al teniente coronel Bill Kilgore, un oficial excéntrico y temerario que cabalgaba entre la brutalidad bélica y un surrealismo casi operístico (tan apasionado del surf como de que sonara Wagner durante los bombardeos) y que le hizo conseguir su segunda nominación al Oscar y ganar su primer Globo de Oro y su único Bafta (fue candidato también al premio de la Academia británica por "El padrino" y "Network, un mundo implacable").
Su célebre comentario sobre el olor del napalm al amanecer se convirtió en uno de los momentos más icónicos del cine contemporáneo. Estas interpretaciones no solo evidenciaban su capacidad para asumir registros radicalmente distintos, sino también su talento para combinar dramatismo, ironía y una tensión narrativa que elevaba cada escena en la que participaba.
A lo largo de su carrera, Robert Duvall fue reconocido por su maestría, rigor y una profesionalidad a prueba de modas. En 1984 obtuvo el Oscar al mejor actor por “Gracias y favores”, donde dio vida a un cantante de country en busca de redención y serenidad así como de recuperar el respaldo familiar. Su interpretación, contenida y profundamente humana, reveló una capacidad extraordinaria para expresar la fragilidad y el orgullo herido sin caer en el exceso dramático, confirmando su dominio de los matices y su compromiso con la verdad emocional del personaje.
Un bello y romántico retrato de Bruce Beresford sobre la América rural de finales de los años 70 y principios de los 80 que compitió en el Festival de Cannes y que, a pesar de que pasó desapercibida en taquilla, llegó hasta los Oscar haciéndole ganar la estatuilla dando vida a Mac Sledge, un alcohólico errante lejos de sus años de esplendor como un cantante famoso.
A su victoria en los Oscar se sumaron seis nominaciones más al premio de la Academia, prueba de que su talento se mantuvo intacto durante más de cinco décadas ganando también 4 Globos de Oro ("Apocalypse Now", "Gracias y favores", "Paloma solitaria" y "Stalin").
De la década de los ochenta hay que quedarse también con "Un millón de dólares en el aire" (1981), "Confesiones verdaderas" (1981), "The stone boy" (1984), "El mejor" (1984), "El buque-faro" (1985), "Rescate infernal" (1986), "Belizaire" (1986), "Hotel Colonial" (1987) y "Colores de guerra" (1988).
Cerraría la década con la miniserie "Paloma solitaria" (1989), adaptación de la novela de Larry McMurtry que suponía una nueva incursión de Duvall en el western y la primera de sus cinco nominaciones al Emmy.
Ya en la década de los noventa alternó thrillers, dramas familiares, proyectos comprometidos y productos alimenticios. Entre todo ese maremágnum de títulos uno se queda con "Días de trueno" (1991), de Tony Scott, y, especialmente, con "Un día de furia" (1993), de Joel Schumacher, siendo un policía que intenta hacer frente a la indignación ciudadana representada de manera furibunda por el protagonista, un tipo corriente hecho un mar de frustraciones e indignación que deriva en violencia y agresividad.
También llegarían "El precio de la ambición" (1991), "Gerónimo, una leyenda" (1993), "Vaya par de amigos" (1993), "The paper (Detrás de la noticia)" (1994), "Algo de que hablar" (1995), "Camino de la fortuna" (1995), "La letra escarlata" (1995), "Un asunto de familia" (1996), "El otro lado de la vida" (1996), "Phenomenon" (1996) o "Deep impact" (1998).
En 2007 fue galardonado con el premio Emmy por su interpretación en “Los protectores”, producción por la que también fue reconocido en calidad de productor ejecutivo. Este doble reconocimiento subrayó no solo su talento interpretativo, sino también su implicación creativa detrás de las cámaras y su pasión por el western.
Previamente, había sido candidato al Emmy por sus trabajos en "Paloma solitaria" en 1989, "Stalin" en 1993 y “La caza de Eichmann” en 1997, confirmando su sólida presencia en la televisión estadounidense y su capacidad para dotar de profundidad y humanidad a personajes inspirados tanto en figuras históricas como en relatos de gran carga dramática. Pero Robert Duvall no se limitó a actuar: amplió su horizonte creativo como director, guionista y productor, demostrando que su talento trascendía con naturalidad la interpretación.
Su inquietud artística lo llevó a involucrarse en proyectos profundamente personales, donde podía explorar con mayor libertad los temas que le interesaban. En 1997 escribió, dirigió y protagonizó “Camino al cielo”, un retrato íntimo y humanista sobre la fe, la redención y la fragilidad del ser humano a través de un predicador de tormentoso pasado que crea una nueva comunidad.
La película, sobria y reflexiva, fue recibida con elogios por la crítica y por sus propios colegas de profesión, que destacaron la sensibilidad con la que abordaba un universo espiritual pocas veces tratado con tanta honestidad en el cine contemporáneo. Duvall construyó un relato contenido, sin estridencias, apoyado en silencios y miradas que reforzaban su compromiso con la autenticidad emocional.
Ese mismo espíritu volvió a manifestarse en “Assassination Tango” (2002), proyecto que también escribió, dirigió y protagonizó. En esta ocasión combinó el thriller con su pasión por el tango argentino, integrando la danza como elemento narrativo y simbólico. La película confirmó su interés por historias complejas y personajes marcados por conflictos internos, así como su voluntad de asumir riesgos creativos al margen de las grandes producciones de estudio.
En cada uno de estos trabajos detrás de la cámara, Duvall mantuvo la coherencia que definió toda su trayectoria: un compromiso inquebrantable con la verdad narrativa y emocional, y una mirada profundamente humana hacia sus personajes, incluso en sus zonas más vulnerables o contradictorias.
Ese espíritu afloraba en el thriller judicial "Acción civil" (1998) y "El juez" (2014), siendo sus dos últimas candidaturas al Oscar. Por la primera ganó el Gremio de Actores (SAG) y por la segunda se convirtió en el actor de más edad en ser nominado al Oscar con 84 años hasta que posteriormente batiera el récord Christopher Plummer por "Todo el dinero del mundo" (2017) a sus 88 años. Allí daba vida a un prestigioso juez sospechoso de asesinato que tiene a su propio hijo abogado defendiendo la acusación.
De la última época hay que quedarse con "Camino hacia la gloria" (2000), "John Q" (2002), "Open Range" (2003), "El secreto de los McCann" (2003), "Gracias por fumar" (2005), "La noche es nuestra" (2007), "Como en casa en ningún sitio" (2008), "La carretera (The road)" (2009), "El último gran día" (2009), "Corazón rebelde" (2009), "Infierno en Alabama" (2012), "Una noche en el viejo México" (2013), "Caballos salvajes" (2015), "Viudas" (2018), "Garra" (2022) y "Los crímenes de la academia" (2022).
La filmografía de Robert Duvall constituye un auténtico testimonio de versatilidad y hondura interpretativa. Desde el tímido y enigmático Boo Radley hasta el cerebral Tom Hagen o el carismático y temerario coronel Kilgore, Duvall dio vida a personajes que exploraban la condición humana en toda su complejidad: la lealtad y la ambición, la violencia y la ternura, la fe, el orgullo y la redención. Cada composición parecía surgir de un estudio minucioso del alma de sus criaturas, nunca del exhibicionismo. La crítica de su tiempo subrayaba que, a diferencia de muchos contemporáneos asociados a un estilo más expansivo o histriónico, Duvall construía desde la contención. No necesitaba grandes gestos ni parlamentos enfáticos: su sola presencia, el ritmo de su respiración o una leve inflexión en la mirada bastaban para dotar de espesor dramático a cualquier escena.
En él, el silencio no era ausencia, sino intensidad concentrada. Directores y compañeros de rodaje como Francis Ford Coppola, John Milius y Taylor Hackford destacaron en numerosas ocasiones su disciplina, su preparación meticulosa y su capacidad para transformar momentos aparentemente sencillos en instantes de pura verdad cinematográfica. Duvall no solo elevaba sus propias escenas, sino que impulsaba a quienes trabajaban a su lado a alcanzar una mayor profundidad emocional, convirtiéndose en un referente silencioso dentro y fuera del set.
En el plano personal, Robert Duvall estuvo casado en cuatro ocasiones; la bailarina y escritora Barbara Benjamin, entre 1964 y 1975, la actriz Gail Youngs, entre 1982 y 1986 y la coreógrafa Sharon Brophy entre 1991 y 1996, pero fue en 2005 cuando encontró una estabilidad definitiva al unir su vida a la de la directora y actriz argentina Luciana Pedraza. La historia de ambos tuvo algo de azar y de destino: se conocieron cuando Duvall se cruzó con ella en una calle de Buenos Aires, un encuentro fortuito que derivó en una relación sólida y cómplice. Junto a Pedraza, manteniendo una diferencia de edad de 41 años, compartió sus últimos años, repartiendo su tiempo entre Estados Unidos y Argentina, y cultivando intereses comunes como el cine independiente, la cultura latinoamericana y una filantropía ejercida con discreción, lejos de los focos. Nunca tuvo hijos.
Ella también colaboró en algunos de sus proyectos, consolidando una alianza tanto sentimental como creativa. La serenidad de su vida privada contrastaba con la intensidad de muchos de sus personajes. Quienes lo trataron coincidían en señalar su sencillez, su trato respetuoso hacia técnicos y compañeros de reparto, y una generosidad silenciosa que se manifestaba en gestos cotidianos más que en declaraciones públicas. Esa coherencia entre el artista exigente y el hombre cercano contribuyó a que, además de admirado por su talento, fuera profundamente querido dentro de la industria.
"Ayer nos despedimos de mi amado esposo, querido amigo y uno de los más grandes actores de nuestro tiempo. Bob falleció en paz en casa, rodeado de amor y consuelo. Para el mundo, fue un actor ganador del Premio de la Academia, un director, un narrador. Para mí, él era simplemente todo. Su pasión por su oficio solo era comparable con su profundo amor por los personajes, una gran comida y por reunir a la gente a su alrededor. En cada uno de sus muchos papeles, Bob lo dio todo a sus personajes y a la verdad del espíritu humano que representaban. Al hacerlo, nos deja a todos algo duradero e inolvidable. Gracias por los años de apoyo que le brindaron a Bob y por darnos este tiempo y privacidad para celebrar los recuerdos que deja atrás", ha escrito su viuda.
Robert Duvall encarnó como pocos el espíritu del Nuevo Hollywood: la búsqueda obstinada de la autenticidad, la emoción desnuda y la exploración de personajes complejos, llenos de contradicciones y humanidad. Formó parte de esa generación que transformó el cine estadounidense desde finales de los años sesenta, apostando por relatos más íntimos, arriesgados y moralmente ambiguos, y lo hizo siempre desde la sobriedad y el compromiso con la verdad interpretativa. Como dijo el crítico Roger Ebert: "Duvall nunca interpreta el mismo personaje dos veces y hace que otros actores luzcan bien. Aporta una calidad a su escucha y a sus reacciones que llenan la escena incluso cuando no habla".
Su legado es inmenso, no solo por más de siete décadas de carrera ininterrumpida, por los premios cosechados o por la influencia decisiva que ejerció sobre varias generaciones de actores, sino porque dejó una lección más profunda: la grandeza no reside en el brillo de la fama ni en el glamour de las alfombras rojas, sino en la honestidad del trabajo, en la disciplina silenciosa y en la capacidad de contar historias que conmuevan de manera auténtica. Con su desaparición se apaga una presencia física irrepetible, pero su huella permanece indeleble en cada escena que interpretó, en cada personaje al que dotó de alma y en cada historia que ayudó a elevar a la categoría de arte. Robert Duvall no fue solo un actor y director formidable; fue un maestro de la contención, de la verdad emocional y, en última instancia, de la humanidad en la pantalla.
Mary Carmen Rodríguez









































