Ed Harris, siempre seguro, eficiente, eficaz, directo, claro y aplaudible. Uno de los actores que hacen de la naturalidad una virtud. No va de divo, no es una estrella a pesar de 4 nominaciones al Oscar y haber participado en más de una película taquillera. Hace las películas que le gustan y pocas veces le vemos en un bodrio. Es siempre tan regular que todavía no ha tenido su gran papel indiscutible. Ha sido astronauta, el ojo de Gran Hermano, un escritor enfermo de sida, un policía corrupto, un sacerdote dubitativo, un mafioso implacable, el músico sordo más genial de todos los tiempos y un pintor abstracto. De todo y para todos.
Harris salta a "El papelón de su vida" como flamante director y actor de "Appaloosa" , película que se estrenó este viernes y que supone un ejemplo del western que nos llega en los últimos años. Harris, artista inquieto, asume con este su segundo proyecto como director tras "Pollock". Quizás es tan bueno que es complicado distinguirle por un papel frente a los demás, pero la forería ha superado el reto tras una elección muy disputada.
"Las Horas" ha quedado como una historia de mujeres, como un fresco en torno al cual se cruzaban tres historias femeninas que habían tenido la obra “La señora Dalloway” de Virginia Woolf como inspiración. Estaba Nicole Kidman, Julianne Moore y Meryl Streep, pero entre ellas estaba en un pequeño papel Ed Harris. Un rol breve pero muy intenso en el que interpretaba a un escritor homosexual aquejado de sida, fiel amigo del personaje de Meryl Streep.
Una interpretación estupenda en la que con solo unas escenas dejaba patente la amargura, el sentimiento, el dolor y el desgarro. Fue su cuarta candidatura al Oscar que, como suele pasar en él, se quedó en infructuosa. Nos da igual, actores como estos no son de ese mundo de los premios. El reconocimiento público ya lo tiene. Que mejor que dejarte con uno de sus momentos incluyendo una despedida antológica para un personaje de ese tipo.
El éxito suele producir imágenes mentirosas. Desde fuera, cuando una serie conquista público, premios, territorios y prestigio, parece que todo encaja. Los conflictos se olvidan. Se vuelve invisible la fricción entre obra y realidad. Con "Gomorra" ocurrió lo contrario. Cuanto más crecía la saga, más visibles se hacían sus dificultades. Y no hablo solo del esfuerzo normal de escribir varias temporadas o sostener la tensión necesaria del reparto. Hablo de un proyecto que trabajó en un territorio vivo, discutido, observado con lupa, cruzado por una criminalidad real, por problemas de representación, por polémicas públicas y por una exigencia interna casi imposible. "Gomorra" no solo fue dura en pantalla. Fue una obra difícil de levantar, de prolongar, de defender y de cerrar.
Algunos éxitos se anuncian con cifras, otros se perciben antes en la reacción. El triunfo de "Gomorra" no empezó en las audiencias, empezó en el impacto. En la sensación de que algo distinto estaba ocurriendo en la televisión europea. En los comentarios que se escuchaban en lugares públicos cada vez que terminaba un capítulo. En ciertos silencios que dejaba cada episodio, más cercanos a la sensación de resaca que a la de puro entretenimiento. Ese triunfo, sin embargo, no fue casual. Ni inmediato. Ni sencillo. Fue la consecuencia de una suma de decisiones que no siempre parecían comerciales. Y es ahí donde conviene detenerse, porque entender cómo triunfó "Gomorra" implica entender contra qué competía y qué decidió no hacer.
Hay universos que cuando alcanzan el éxito es muy difícil dejarlos atrás. Es el caso de “Peaky Blinders”, serie de Steven Knight que tras seis temporadas de travesía entre 2013 y 2022 ha necesitado una película para poner el colofón a la historia de Tommy Shelby, baluarte del Birmingham de las primeras décadas del siglo XX que de gángster rebelde, estandarte de un clan de origen gitano, pasó a acomodarse en un sistema para dinamitarlo desde dentro como justiciero e incluso como político. "Peaky Blinders: El hombre inmortal" no aporta mucho a lo ya visto durante estos años pero, sostenido sobre todo en un empaque formal exquisito marca de la casa, sí que es un digno epílogo en forma de película para Netflix que cierra la espiral de un personaje, encarnado por Cillian Murphy, marcado por la ambición pero también por el tormento y su continuo baile con la muerte como ya evidenció una sexta temporada que parecía abocada a ello pero que viró de ese destino en el último momento.
Hay universos narrativos que se expanden porque la industria huele negocio. Y hay otros que nacen de una herida. Con el tiempo se ha repetido mucho que "Gomorra" cambió la vida de su autor. Saviano lo resumió de forma brutal al decir que "Gomorra mi ha distrutto la vita". La frase tiene detrás la protección permanente, la ruptura de una vida ordinaria y la conversión del escritor en objetivo. También contiene otra verdad: el libro salió del mundo de la cultura para entrar en el de las consecuencias. Ese paso resulta decisivo porque el universo "Gomorra" no nació como entretenimiento criminal. Nació como un relato que producía efectos fuera de la página.