Alejandro Gonzalez Iñárritu, un cineasta que juega con los límites
Querido primo Teo:
Alejandro González Iñárritu nunca ha entendido el cine como un territorio de certezas. Desde "Amores perros", su debut en 2000, ha puesto a prueba los límites de la narración, del tiempo, de la percepción y de la propia experiencia cinematográfica. Su filmografía puede leerse como una sucesión de desafíos: cuando parece haber encontrado una forma de contar historias, cambia las reglas y se adentra en un territorio diferente. 4 premios Oscar y una trayectoria internacional que le han convertido en uno de los directores mexicanos más reconocidos no han alterado esa voluntad de riesgo.
Nacido en Ciudad de México en 1963, llegó al cine después de recorrer caminos poco convencionales. Fue locutor de radio, trabajó en televisión, compuso música para películas y desarrolló una extensa carrera en publicidad antes de dirigir su primer largometraje. El sonido, el ritmo y la construcción de una experiencia física para el espectador ya estaban presentes en esa formación y acabarían marcando su manera de entender el cine.
Con "Amores perros" (2000) estableció de inmediato las coordenadas de su universo. Tres historias pertenecientes a mundos sociales diferentes quedaban unidas por un accidente de tráfico en Ciudad de México. La película utilizaba esa colisión literal para construir otra de carácter narrativo: personajes, destinos y circunstancias que parecían independientes terminaban afectándose mutuamente. La violencia, el azar y la imposibilidad de controlar las consecuencias de nuestros actos aparecían ya como elementos esenciales de su cine. La película ganó el Gran Premio de la Semana de la Crítica en el Festival de Cannes, obtuvo una nominación al Oscar y convirtió a González Iñárritu en una de las grandes revelaciones del cine mexicano contemporáneo.
También apareció desde entonces otra de las constantes de su carrera: su extraordinaria capacidad para llevar a los actores hasta el límite. González Iñárritu no parece conformarse con que sus intérpretes representen el dolor, el miedo, el agotamiento o la violencia; busca que esas emociones tengan una traducción física.
De Gael García Bernal, Emilio Echevarría y Goya Toledo en "Amores perros" al oscarizado Leonardo DiCaprio de "El renacido", pasando por Javier Bardem en "Biutiful", Michael Keaton, Emma Stone y Edward Norton en "Birdman", Naomi Watts, Benicio del Toro y Sean Penn en "21 gramos", o Brad Pitt, Adriana Barraza y Rinko Kikuchi en "Babel", el director ha construido personajes que exigen una entrega extraordinaria. Sus rodajes convierten en ocasiones el cuerpo del actor en otro campo de batalla de la película.
"21 gramos" (2003) llevó aquel planteamiento hasta el límite de la cronología. En su primera incursión en Hollywood, González Iñárritu fragmentó el relato y alteró el orden de los acontecimientos para que el espectador tuviera que reconstruir las relaciones entre los personajes. No se trataba solamente de contar una historia de pérdida, culpa y supervivencia, sino de modificar la manera en que esa historia era recibida. El tiempo dejaba de ser una línea para convertirse en un rompecabezas emocional, mientras sus intérpretes tenían que transitar por estados extremos sin una evolución narrativa convencional.
Con "Babel" (2006) amplió todavía más el escenario. México, Marruecos, Japón y Estados Unidos quedaban conectados por una serie de acontecimientos que demostraban hasta qué punto un gesto ocurrido en un lugar puede repercutir al otro lado del mundo. El director llevaba así su preocupación por el azar y la incomunicación desde la esfera individual hasta una dimensión global. "Babel" le proporcionó su primera nominación al Oscar como director y fue premiado en el Festival de Cannes.
Después de tres películas asociadas a estructuras narrativas complejas, González Iñárritu decidió cambiar de límite. "Biutiful" (2010) abandonó el mecanismo de las historias entrecruzadas para concentrarse en un solo hombre, Uxbal, interpretado por un Javier Bardem que se mereció el premio en Cannes, el Goya y una nominación al Oscar.
La película se adentraba en la enfermedad, la muerte, la paternidad y la marginalidad desde una perspectiva mucho más íntima. El director demostraba que su obsesión no estaba ligada a una fórmula determinada: podía renunciar al artificio estructural para concentrarse en el cuerpo y en el tiempo que le queda a un personaje. Bardem asumía ese desafío con una actuación de enorme intensidad, convirtiendo el deterioro físico y emocional de Uxbal en el centro de la película.
Entonces llegó "Birdman" (2014), probablemente su desafío formal más evidente. La película simula desarrollarse en un único plano secuencia mientras sigue a un actor que intenta recuperar su prestigio montando una obra de teatro en Broadway. La frontera entre los bastidores y el escenario, entre la realidad y la imaginación del protagonista, termina difuminándose. El dispositivo técnico no era un simple ejercicio de estilo: convertía la propia película en una reflexión sobre el ego, la fama y la necesidad de ser reconocido.
La dificultad del experimento recaía también sobre los actores. Michael Keaton, Edward Norton, Emma Stone, Naomi Watts y el resto del reparto debían formar parte de una coreografía milimétrica en la que los movimientos de cámara y las interpretaciones tenían que encajar con una precisión poco habitual. El resultado obtuvo 4 Oscar en la edición de 2015, incluidos los de mejor película, dirección y guion original.
Si "Birdman" llevaba la puesta en escena hasta el límite de lo aparentemente imposible, "El renacido" (2015) trasladó esa búsqueda al territorio físico. El frío, el paisaje, la violencia y la supervivencia se convirtieron en elementos narrativos. González Iñárritu construyó una película en la que el entorno no funciona como simple decorado, sino como una fuerza que condiciona cada movimiento de los personajes.
Leonardo DiCaprio tuvo que afrontar unas condiciones de rodaje especialmente exigentes para interpretar a Hugh Glass y convirtió el agotamiento, el dolor y la lucha por sobrevivir en parte visible de su interpretación. El resultado le proporcionó a González Iñárritu su segundo Oscar consecutivo como director y a DiCaprio el de mejor actor.
Pero el límite que más le interesaba explorar no estaba necesariamente dentro de una película convencional. "Carne y arena" (2017) trasladó su mirada a la realidad virtual para situar al espectador en una experiencia inspirada en las historias de inmigrantes y refugiados. La distancia entre quien observa y aquello que observa quedaba reducida mediante una tecnología que obligaba a abandonar la posición tradicional del público frente a una pantalla. González Iñárritu volvía a preguntarse dónde termina una película y dónde comienza una experiencia.
Con "Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades" (2022), el límite pasó a ser el que separa memoria y ficción. González Iñárritu regresó a México para construir una película profundamente personal en la que los recuerdos, los sueños, la identidad, la migración y la propia imagen del cineasta se mezclaban sin respetar fronteras demasiado precisas. Si en sus primeras películas el azar conectaba unas vidas con otras, aquí es la memoria la que deforma y reorganiza una vida entera.
Después de esa incursión en un territorio más autobiográfico, su siguiente movimiento vuelve a resultar inesperado. "Digger" (2026), protagonizada por Tom Cruise, supone su regreso a Hollywood y amplía una filmografía que difícilmente puede reducirse a un único estilo. La película, escrita y dirigida por González Iñárritu, plantea una sátira dramática alrededor del hombre más poderoso del mundo, que emprende una misión para demostrar que es el salvador de la humanidad antes de que el desastre que él mismo ha provocado lo destruya todo.
También aquí vuelve a aparecer su interés por someter a sus intérpretes a una exigencia extraordinaria, una característica que atraviesa su carrera desde "Amores perros" y que encuentra en la entrega física de Tom Cruise un nuevo territorio de exploración.
Vista en conjunto, su carrera parece menos una sucesión de películas que un recorrido por distintas fronteras del cine. En "Amores perros" fue la estructura coral; en "21 gramos", el tiempo; en "Babel", la distancia; en "Biutiful", la intimidad; en "Birdman", la puesta en escena; en "El renacido", el límite físico; en "Carne y arena", la tecnología y la posición del espectador; en "Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades", la frontera entre recuerdo e imaginación.
Y atravesando todas esas etapas aparece una constante: la voluntad de exigir a sus actores una entrega capaz de hacer visible aquello que sus personajes están viviendo. González Iñárritu no parece buscar el límite por el simple placer de superarlo.
Cada ruptura formal responde a una necesidad de la historia que quiere contar. Su cine puede ser excesivo, incómodo, visceral o ambicioso, pero esa ambición forma parte de su identidad. Incluso cuando alcanza el reconocimiento que otros directores utilizan para consolidar una fórmula, él parece necesitar volver a empezar.
Ahí reside quizá la principal constante de una filmografía construida sobre el cambio. González Iñárritu juega con los límites porque no parece demasiado interesado en saber dónde están exactamente. Prefiere empujarlos, desplazarlos y comprobar qué ocurre cuando el cine se acerca a ese punto en el que las convenciones dejan de ser una frontera y se convierten en una posibilidad. Y delante de la cámara, sus actores son, a menudo, los primeros en llegar hasta ese territorio.
Mary Carmen Rodríguez























