Artemis Procter, la mujer que no cabe en un despacho

Artemis Procter, la mujer que no cabe en un despacho

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Se está desarrollando para la televisión el debut literario de uno de los mejores personajes femeninos de los últimos años: Artemis Aphrodite Procter. No será fácil dar con la actriz necesaria si el proyecto alcanza las pantallas, pero es un caramelo para la que lo consiga. Introduciendo en una IA los detalles sobre su aspecto descritos por su padre literario, la imagen resultante es la que os presento. Con "Langley, el séptimo piso", el personaje alcanza ya la categoría de figura central dentro de una trilogía que empezó con "Estación Damasco" y continuó con "Moscú X". No es una mujer escrita para caer bien, ni para resultar ejemplar, ni para que el lector la admire sin reservas. Está escrita para que no se nos olvide.

McCloskey, antiguo analista de la CIA, sitúa a Artemis en un mundo donde la información cuesta vidas, las operaciones se deciden entre pasillos y habitaciones cerradas, y una mala orden puede dejar a un agente abandonado en el peor lugar posible. Artemis es jefa de estación, operativa de campo, criatura de Langley y, sobre todo, una forma de entender el espionaje. Su doctrina cabe en dos reglas: obtener inteligencia y proteger al agente. Lo demás (reglamentos, jerarquías, prudencias políticas, modales de despacho) sólo le interesa si no bloquea esas dos obligaciones.

Su físico contribuye al efecto. Es baja, poco más de metro cincuenta, de piel blanca y pecosa, con pelo negro, rizado y abundante. No impone por tamaño, sino por intensidad. Frente a superiores, subordinados, rusos o burócratas de la CIA, no se encoge. Se concentra. Esa mezcla de cuerpo compacto y presencia agresiva es una de las claves del personaje. Artemis no ocupa mucho espacio, pero altera cualquier escena en la que entra.

Su nombre completo, Artemis Aphrodite Procter, procede de la obsesión de su padre por la mitología griega. Artemis remite a la cazadora; Aphrodite, al deseo y a la seducción. En ella conviven esas dos líneas: la mujer que acecha, dirige y combate, y la mujer cuyo cuerpo aparece también como territorio de disputa, chantaje y resistencia. McCloskey deja que sea contradictoria.

Una de las escenas que mejor la define es la de Dusambé, cuando los rusos intentan destruirla con una operación de chantaje: drogas, fotos, exposición sexual y humillación. Artemis despierta desnuda, helada, con una chupa de cuero como casi único resto de identidad. En el suelo quedan sus pantalones y sus bragas con dibujos de piñas, retorcidas y tiradas como parte de la puesta en escena diseñada para rebajarla. Ese detalle importa porque McCloskey no lo usa sólo como escándalo. Lo convierte en prueba de carácter. Lo que debería dejarla anulada la enfurece. La vergüenza no la paraliza; la pone en marcha.

Ahí se entiende una de sus características esenciales: Artemis no carece de vulnerabilidad, pero no acepta entregarla en los términos que espera el enemigo. Puede estar drogada, expuesta, en peligro y atrapada dentro de una operación fabricada para destruir su autoridad. Pero cuando recupera un mínimo margen de acción vuelve a ser ella. Y ser ella significa transformar la humillación en rabia, la rabia en decisión y la decisión en respuesta operativa.

Su cuerpo funciona también como archivo privado. Los nueve tatuajes de la espalda no están explicados de forma exhaustiva, y eso los hace más interesantes. Sugieren misiones, ciudades, amantes, pérdidas, excesos o bromas internas. En Artemis los tatuajes no decoran: cifran una biografía. También insisten en una idea importante: su cuerpo le pertenece, incluso cuando otros intentan usarlo contra ella.

La ropa de Artemis ayuda a definirla. Puede aparecer con blusas llamativas, una chupa de cuero, unas Reebok embarradas, pantalones ajenos arremangados después de quitárselos a un ruso inconsciente o un chándal verde lima en una videoconferencia segura. No se viste para hacer carrera, ni para tranquilizar a la institución, ni para parecer presentable. Se viste como trabaja: de manera práctica, brusca y sin pedir permiso.

Sus objetos dicen tanto como sus frases. El más reconocible es el bate de béisbol firmado por los Cleveland Indians de 1997. En "Estación Damasco" tenía una escopeta en el despacho. Después, por quejas y por mera supervivencia institucional, la escopeta se transforma en bate. El cambio no suaviza nada. El bate queda allí como decoración, amenaza, broma y símbolo de mando. Recuerda que, para Artemis, el espionaje no es una reunión de consultoría. Las decisiones tienen consecuencias y los errores pueden matar a alguien.

También está el Prius, que rompe el tópico de la jefa feroz al volante de un coche poderoso. Artemis en un Prius tiene algo de chiste seco: por fuera, eficiencia híbrida; por dentro, una mujer que puede estar pensando en cómo hacer pagar a Moscú sus operaciones. McCloskey utiliza ese contraste para alejarla de la caricatura obvia.

Come y bebe con la misma falta de moderación con que habla: Starburst, regaliz, corn dogs, vodka. Hay escenas en las que los corn dogs la humanizan sin ablandarla. El vodka, en cambio, introduce una señal de alarma. Artemis bebe demasiado, imagina desaparecer varios días en una borrachera y pertenece a esa clase de profesionales que siguen funcionando por una mezcla de trabajo, rabia, alcohol, café y sentido del deber.

No es, sin embargo, una caricatura de mujer desquiciada. Debajo del exceso hay inteligencia. Artemis habla con vulgaridad, insulta con precisión y amenaza con una violencia verbal que a veces resulta cómica, pero casi siempre está vinculada a un principio operativo serio. La información se protege o la gente muere. Cuando habla de Rusia, no se limita a odiar. Recuerda Georgia, Ucrania, ciberataques, asesinatos, envenenamientos, redes eléctricas, recompensas y operaciones encubiertas. Su rabia tiene memoria.

En "Estación Damasco", Artemis pertenece a un mundo exterior que se descompone: vigilancia, activos vulnerables, tortura, casas de seguridad, decisiones antes del amanecer. En "Moscú X", empuja a la CIA hacia una respuesta más agresiva contra la maquinaria rusa. En "Langley, el séptimo piso", la amenaza se desplaza hacia dentro: la sospecha de un topo ruso en el corazón de la agencia convierte la propia casa en territorio hostil.

Por eso Langley puede ser para ella más insoportable que Damasco o Moscú. Damasco y Moscú son peligros físicos. Langley es impotencia con aire acondicionado. Lo que más la descompone no es la muerte ni el desprestigio, sino no saber dónde está un agente, no poder proteger una fuente o quedar atrapada en la central mientras otros toman decisiones con una prudencia que en el terreno pueden costar una vida.

Como personaje femenino, Artemis evita dos trampas habituales. No está suavizada para resultar admirable ni castigada moralmente por salirse del molde. Su sexualidad no la convierte en "femme fatale" ni en víctima pura. Su violencia no queda limpiada por completo con una coartada heroica. Su inteligencia no la vuelve fría. Su vulnerabilidad no la vuelve dócil.

La llamaron la Proctóloga, y el apodo resume bien su función narrativa: examina, incomoda, invade y obliga a mirar donde nadie quiere mirar. Como compañera diaria sería probablemente insoportable. Como superior, una tormenta. Como subordinada, un expediente disciplinario. Pero como personaje de novela es una bendición: cada vez que entra en escena, algo cambia.

La recomendación operativa sobre Artemis Aphrodite Procter sería breve: no intentar domesticarla. Escucharla, usarla, vigilar los daños colaterales y no dejarla demasiado tiempo sin misión. Quieta se vuelve tóxica. En marcha, puede ser la mejor arma disponible contra enemigos que sólo entienden tener que pagar por sus actos. Artemis en modo de cobradora siempre pasa facturas muy altas.

Carlos López-Tapia       

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