Conexión Oscar 2023: “Argentina, 1985”, un milagro en la carrera al Oscar a mejor película internacional

Conexión Oscar 2023: “Argentina, 1985”, un milagro en la carrera al Oscar a mejor película internacional

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Querido Teo:

La cartelera sigue con una remesa de estrenos semanal que supera ampliamente la decena pero, aun así, la película que ahora está en boca de todos y que ha logrado conectar de verdad con un público amplio y transversal no es otra que “Argentina, 1985” que, aunque llegó previamente a salas, ha sido en su estreno en Amazon Prime cuando ha generado una corriente de opinión que le ha convertido en esa película que hay que ver. Algo difícil en un momento en el que tanta opción de ocio fragmenta la audiencia. Todo un éxito, todo un milagro que ha pasado de recuperar el hábito de aplaudir en el cine a ser una de esas películas que permanecen para siempre gracias a estar tocadas con la varita que les lleva a, de verdad, conseguir eso sólo al alcance de unas pocas elegidas de ser queridas por el público.

“Argentina, 1985” de Santiago Mitre se adentra en el Juicio a las Juntas que llevó a los tribunales civiles (al dejarles desprovistos del fuero militar) a los responsables de la dictadura militar encabezada por Jorge Rafael Videla y que entre 1976 y 1983 sembraron el horror en un país que contó por miles sus muertos y desaparecidos. El presidente Raúl Ricardo Alfonsín, todavía en la incipiente democracia, impulsó este proceso para reparar la memoria, hacer justicia y que el daño no quedara en el olvido recayendo el caso en el fiscal Julio César Strassera en un juicio mediático que se desarrolló entre el 22 de abril y el 9 de diciembre de 1985.

Un proceso que generó una gran expectación en el país contribuyendo a hacer Historia con un alegato y una sentencia que todavía hace confiar en las personas que buscan la verdad, sorteando los peligros y dificultades que ello implica ante las amenazas de los que se sienten acorralados, y que intentan dejar a los que vienen un futuro mejor por si la oportunidad que se presenta pudiera ser la única.

“Argentina, 1985” es una película brillante y ejemplar no sólo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta. Una cinta que sabe tocar la fibra sensible, se permite jugar con el humor y es consciente de la relevancia de lo que narra siendo honesta y respetuosa, abrazando recursos puramente del cine judicial hollywoodiense pero sin salirse de la verdad y del caldo emocional de un país con una cita decisiva con la Historia.

“Argentina, 1985” no huye de los testimonios dolorosos (la escalofriante declaración de esa mujer que dio a luz secuestrada en un coche sin ningún atisbo de humanidad por parte de sus secuestradores), la tensión de sentirse observado y perseguido cuando se osa hurgar entre la podredumbre de los que mandaron hace bien poco en un país que todavía conserva en su democracia ramalazos propios del régimen anterior, o la emoción a flor de piel de esas Madres de la Plaza de Mayo que prefieren quitarse sus pañuelos blancos representativos en la cabeza si ello, en algún momento, puede suponer un peligro para el inicio del esperado juicio ya que son conscientes de que están ante la posibilidad de llegar a un bien mayor más allá de ese símbolo.

Argentina no ha dudado en presentar esta película de cara al Oscar a la mejor película internacional, todo un fenómeno que está llenando las salas en su país y que en España ha encontrado también una conexión especial. No sólo por la empatía generada sino por la identificación con lo que se cuenta y que ha generado cierta envidia por el hecho de cómo Argentina sí que miró a su pasado de frente, siendo consecuente con los hechos cometidos, mientras que España prefirió optar por hacer borrón y cuenta nueva con una Transición necesaria pero que a muchos también dejó insatisfechos tras venir sólo después de la muerte en la cama del dictador, transigiendo y sacrificando muchas cosas pero sin cerrar heridas ni dar la paz que todavía hoy reclaman los familiares de las víctimas de los años más aciagos de nuestra Historia.

No se puede negar el reclamo que supone Ricardo Darín para el público español, al que tiene metido en el bolsillo desde la época de “El hijo de la novia” (2001). Más de dos décadas después el actor ha ganado prestigio y esa veteranía ya propia de los grandes que le convierte en un indispensable y en un valor seguro, enfundándose las gafas, el mostacho, el pelo repeinado y el traje de un fiscal que vio como su rutina y toda su vida se vio patas arriba cuando le fue encomendado este caso.

Darín brilla en un personaje al que no imita pero que sí que llena de matices y humanidad, así como sus dudas, preocupaciones y empeños que comparte bien con sus compañeros de confianza, maestros referentes o bien con su familia pero siendo consciente de que, ante este no se sabe si ofrecimiento o imposición de sus superiores pero sí desde luego todo un marrón, no se puede negar a llevar a buen puerto la responsabilidad del mayor servicio que puede llevar a cabo desde su posición a lo que pueda constar en los libros de Historia de su país.

Un llanero solitario ante una empresa difícil que junto a su fiscal adjunto pero inexperimentado, Luis Moreno Ocampo (Peter Lanzani), y un grupo de jóvenes abogados (evitando la influencia de tecnócratas aburridos o profesionales influidos por el anterior régimen) emprendieron una de las investigaciones más arduas, para uno de los juicios más importantes del siglo XX junto al de Nuremberg, con el fin de conseguir en una carrera contrarreloj fundamentadas pruebas y reveladores testimonios con el propósito de poder demostrar la responsabilidad de unos acusados que siempre podrían alegar que ellos no estaban al corriente de los abusos de superioridad de sus subordinados ya que desde su posición estratégica y de poder nunca se mancharon directamente las manos.

Un juicio que no sólo tenía el sentido y el deber de hacer, nunca mejor dicho, justicia sino también unir a un país dividido, dolido y desesperanzado en el que los que no habían vivido los desmanes de la dictadura directamente tendían a negar o restarle importancia a lo denunciado. Tal es el caso de la madre del fiscal adjunto Luis Moreno Ocampo, típica mujer de familia adinerada y bien posicionada que admiraba a Videla con el que incluso compartía misas de domingo en la misma iglesia. Un procedimiento con la misión también de abrir a muchos los ojos que o no pudieron o no quisieron ver lo que muchos ampararon por mirar a otro lado y hacer propia la máxima de que de no ser por los militares hubiera reinado el caos y la guerra de guerrillas.

Ya se ha mencionado el humor que termina siendo la válvula de escape y una perfecta combinación con los diferentes tonos que adopta la cinta y un enganche con el público. Con maestría se aborda la búsqueda de nombres que podrían formar parte de la preparación del juicio (con muchos “fachos” y “recontrafachos”) así como el casting de los jóvenes, la complicidad que se establece entre el maestro Strassera y el pupilo Moreno Ocampo y, en especial, lo bien que trata el guión la relación entre Strassera y su hijo ya desde la primera escena en la que el padre lo envía de topo para que el crío pueda obtener información sobre el novio de su hermana.

Una relación de admiración entre padre e hijo que es uno de los motores de la cinta ya que no estamos ante el típico chiquillo robaescenas y carismático sino que es un personaje que nutre la historia cuando Strassera le confiesa a éste sus dudas sobre aceptar el caso o cuando incluso el niño contribuye (en la reformulación de la frase sobre “el dedo neroniano”) al alegato final de su padre que confluye en un monólogo poderoso, clímax absoluto de la cinta, y que todo el equipo abordó con enorme celo, respeto y precisión. Una representación de poco más de diez minutos que se pasa volando durante el metraje, siendo conscientes todos de la fuerza y simbolismo de uno los momentos más importantes y simbólicos de la Historia de todo un país y al que, como una cuestión de piel y de sentimiento patriótico, no se podía fallar.

Mención aparte todas esas escenas de intimismo familiar en el que a Darín le da réplica, dando vida a su mujer, la actriz Alejandra Flechner llenando la pantalla de carisma, presencia y química siendo esa figura sobre la que pivota no sólo una familia sino también la cordura, estabilidad y sustento emocional de la misma. La que no duda en poner el espejo delante de su marido ejerciendo de abogada del diablo si es el caso pero siempre prevaleciendo su rol de cómplice incondicional que le lleva a quitar hierro a amenazas telefónicas, indignarse ante el negacionismo de los que cometieron esos hechos y emocionarse ante la televisión del recuerdo de los hechos acogiendo a su hijo suplicando interiormente a que éste no tenga que vivir esos años en el futuro, o confesar a su marido en el balcón lo orgullosa que está de él. 

“Argentina, 1985” se ha convertido la segunda mejor nota histórica del Premio del Público del Festival de San Sebastián 2022, paso previo al fenómeno que ha desatado estas semanas y que ya se evidenció en un certamen (al que llegó después de competir en Venecia 2022) en cuyo pase de prensa arrancó tres ovaciones de aplausos en determinados momentos de la misma.

Argentina cuenta con una gran baza para el Oscar de película internacional que puede ir creciendo en la carrera conforme vaya haciendo campaña en Estados Unidos. Una película que habla por sí misma y que puede ir ganando fuerza a base de emoción, como pasó con el anterior Oscar del país, “El secreto de sus ojos” (2009), derrotando a las que en esa ocasión eran favoritas, “La cinta blanca” y “Un profeta”. Este año, sin una favorita clara en el apartado como sí ocurrió en los anteriores, todo sigue abierto y dispuesto para que el cine argentino pueda volver a ser galardonado con la estatuilla.

“Argentina, 1985” es una película clasicista en forma, popular en intención y sensible y humanista en fondo sabiendo muy bien lo que quiere contar y cómo hacerlo. Una fórmula sólida y perfectamente engrasada que arroja una película fluida, bien armada y desarrollada, en la que da la impresión de que todo funciona con un buen número de escenas y momentos, ricos en el detalle y que se quedan en la memoria aunque sea por lo anecdótico o lo sugerido, aunando su indudable calidad, la fuerza de su temática y la habilidad para llegar a lo más hondo de las emociones de un público que se verá arrebatado siempre que su corazón no sea de piedra.

Imposible no rendirse ante una de esas películas que recupera el espíritu de un cine de toda la vida, de ese que te acompaña para siempre y favorece la experiencia colectiva de lo que es sentir emociones ante la pantalla, y que nos hace recordar porque el cine fue el arte que nos enamoró.

Nacho Gonzalo

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