"Surveillance noir"

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Durante mucho tiempo vigilar fue un trabajo. Había que seguir a alguien, esperar dentro de un automóvil, intervenir un teléfono, esconder un micrófono, fotografiar desde una ventana. El detective, el policía, la señora  madura inglesa de la novela negra necesitaban paciencia porque las personas desaparecían cuando doblaban una esquina. Ya no. Un teléfono conoce nuestros desplazamientos. Una tarjeta recuerda lo que compramos. Las cámaras registran por dónde pasamos. Las plataformas saben lo que miramos y cuánto tiempo permanecemos ante una imagen. Los buscadores conservan preguntas que quizá no formularíamos delante de otra persona. No hace falta que nadie nos siga.

Título: "Surveillance noir"

Autor: David Riddle Watson

Editorial: Cambridge University Press

David Riddle Watson ha encontrado un nombre para la ficción criminal nacida de esta transformación: surveillance noir, el noir de la vigilancia. Su ensayo "Surveillance noir: Being watched in twenty-first-century film and literature", que acaba de publicarse por Cambridge University Press, es un libro muy breve, unas 75 páginas, pero propone una idea considerablemente mayor: la vigilancia tecnológica está modificando uno de los mecanismos fundamentales de la novela criminal. El detective siempre buscó información sobre los demás. Ahora todos producimos información sobre nosotros mismos. Watson incluye significativamente entre sus referencias "La conversación" (1974), la extraordinaria película dirigida por Francis Ford Coppola.

Harry Caul, interpretado por Gene Hackman, es un profesional de las escuchas. Al comienzo necesita varios técnicos y sofisticados micrófonos para registrar las palabras de una pareja que camina por Union Square, en San Francisco. Después dedica horas a limpiar y reconstruir las grabaciones. Aquello representaba tecnología de vanguardia. Medio siglo después, los dos personajes probablemente llevarían encima teléfonos capaces de registrar su posición durante todo el paseo. Pero "La conversación" contiene una idea todavía más importante. Harry Caul consigue los datos, pero se equivoca al interpretarlos.

Ahí está una de las grandes cuestiones del surveillance noir. Una sociedad capaz de almacenar cantidades gigantescas de información no tiene por qué convertirse en una sociedad que comprenda mejor a las personas. Los datos también pueden mentir. O, más exactamente, podemos hacerlos mentir al interpretarlos.

Watson llega a "Surveillance noir" después de haber estudiado la evolución de la verdad en la ficción detectivesca norteamericana. Su territorio no es solamente tecnológico. Es moral. La novela detectivesca clásica partía de una promesa tranquilizadora. Algo había sucedido y podía descubrirse. Había un cadáver, unos sospechosos, unas pistas y una verdad. La investigación consistía en reconstruirla.

El noir empezó a destruir esa seguridad. Hammett y Chandler comprendieron que descubrir quién había matado a alguien no significaba necesariamente comprender por qué el mundo funcionaba como funcionaba. Detrás del crimen aparecían policías, empresarios, políticos, dinero y estructuras de poder. La vigilancia contemporánea añade otra posibilidad: quien controla la información puede contribuir a decidir qué aceptaremos como verdad.

Por eso Watson incorpora "El cuento de la criada" a un estudio dedicado a las narrativas criminales. A primera vista puede parecer extraño. La novela de Margaret Atwood y su adaptación televisiva suelen clasificarse como distopía. Pero Gilead está lleno de delitos, ejecuciones, policías, informantes, interrogatorios y castigos. La diferencia fundamental es que el Estado ha decidido previamente qué significa delinquir. Una mujer que intenta ejercer derechos que anteriormente eran normales puede convertirse en criminal. La pregunta cambia entonces por completo. No basta con preguntar quién ha cometido el delito. Hay que preguntar quién ha escrito la ley.

El noir tradicional desconfiaba del policía corrupto. El surveillance noir puede desconfiar del sistema que decide a quién debe vigilar el policía. Watson concede especial importancia a las consecuencias que estos sistemas tienen sobre mujeres y minorías. La vigilancia nunca ocurre en el vacío. Alguien decide qué comportamiento resulta sospechoso, qué información merece recopilarse y sobre qué personas debe concentrarse la atención. La máquina puede parecer neutral, aunque los criterios con los que trabaja no tienen por qué serlo.

El quinto capítulo de Watson está dedicado a "Black mirror". Su título juega con "La dimensión desconocida" pero el espejo negro de Charlie Brooker introduce una diferencia decisiva. Los monstruos ya no llegan necesariamente del exterior: los compramos, los instalamos y aceptamos sus condiciones de uso. Un ejemplo especialmente revelador es "Caída en picado (Nosedive)". La sociedad imaginada por el episodio ha convertido la reputación en una puntuación. Cada encuentro permite calificar a otra persona y esas valoraciones condicionan vivienda, transporte, trabajo y posición social. No existe un "Gran Hermano" escondido detrás de una pantalla: cada ciudadano vigila y juzga a los demás. La vigilancia se ha democratizado hasta convertirse en control social.

Aquí "Black mirror" actualiza de una manera formidable la vieja pesadilla de Orwell. En "1984", el Estado instala la pantalla. En nuestro mundo compramos nosotros la pantalla. Esta transformación plantea además un formidable problema narrativo. ¿Cómo se escribe hoy un crimen perfecto?

Durante décadas bastaba con que el asesino no dejara huellas, consiguiera una coartada y procurase que nadie lo hubiera visto. Ahora existe otro cadáver alrededor del cadáver. El rastro digital. Teléfonos, automóviles, cámaras, pagos electrónicos, mensajes, fotografías, búsquedas y dispositivos conectados pueden reconstruir una vida con una precisión inimaginable para los detectives clásicos. Parecería que semejante abundancia de pruebas debería acabar con la novela de misterio. Ha ocurrido justamente lo contrario. Una cámara puede demostrar que alguien estuvo en un lugar. También puede identificarlo equivocadamente.

Un teléfono puede localizar a su propietario. Salvo que el propietario no llevara el teléfono. Una fotografía puede demostrar algo. Salvo que haya sido manipulada. Un algoritmo puede encontrar un patrón. También puede encontrar un patrón inexistente. El detective clásico buscaba una aguja en un pajar. El investigador contemporáneo puede enfrentarse a un pajar compuesto enteramente de agujas.

No resulta extraño que Watson termine llegando a Thomas Pynchon. Pynchon lleva décadas escribiendo sobre conspiraciones, poderes invisibles y personajes que descubren conexiones sin llegar nunca a saber con seguridad dónde termina la realidad y empieza su propia paranoia. Eso invierte una regla esencial del relato detectivesco. Sherlock Holmes sabe cada vez más a medida que investiga. En Pynchon puede suceder lo contrario. Cada respuesta produce nuevas preguntas. Cada conexión descubre otra red. Cada conspiración parece pertenecer a una conspiración mayor.

Watson llega hasta "Shadow ticket", "A oscuras" en el título español, publicada en 2025, para presentar a Pynchon como una especie de profeta del surveillance noir. La paranoia ha cambiado porque ha dejado de ser necesariamente irracional.

La presencia en el ensayo de "Una batalla tras otra" (2025), de Paul Thomas Anderson, resulta especialmente significativa. La película procede libremente del universo de "Vineland", de Pynchon, y lleva al cine algunas de sus grandes obsesiones: radicalismo político, persecución, fuerzas estatales, informadores, identidades ocultas y la extraordinaria capacidad del poder para recordar a quienes se opusieron a él. La vigilancia deja aquí de ser solamente tecnológica: también es histórica. El Estado tiene memoria.

Los personajes pueden intentar abandonar su pasado, pero las instituciones conservan expedientes, nombres, relaciones y enemigos. Paul Thomas Anderson convierte así la paranoia pynchoniana en imágenes. La persecución no necesita empezar cuando alguien comete un crimen. Puede haber comenzado muchos años antes, cuando alguien fue clasificado como enemigo. Es una idea esencial para entender el surveillance noir. Ser observado no significa necesariamente haber hecho algo, sino pertenecer a una categoría que alguien decidió observar.

La evolución resulta extraordinaria si se coloca "La conversación" en un extremo y "Black mirror" en el otro. Harry Caul necesitaba escuchar personalmente las cintas. Un ser humano vigilaba a otro ser humano. Ahora un sistema puede examinar millones de datos sin que ninguna persona observe individualmente a quienes los producen. El detective se ha vuelto invisible. Un algoritmo puede buscar rostros, movimientos, palabras, compras o comportamientos anómalos. Y entonces aparece una pregunta perfecta para la novela negra. ¿Quién es el culpable cuando se equivoca?

Decir el algoritmo no resuelve nada. El algoritmo no tiene conciencia. Alguien decidió qué debía buscar. Alguien eligió los datos con los que aprendió. Alguien estableció qué significaba comportamiento sospechoso. Y alguien decidió confiar en su resultado. Detrás de la máquina vuelve a aparecer una persona. Quizá el "noir" todavía tenga trabajo.

Durante mucho tiempo la novela criminal nos enseñó a buscar aquello que faltaba. La huella borrada. El testigo desaparecido. La carta destruida. El arma escondida. El mundo descrito por Watson plantea justamente el problema contrario. Nada desaparece. Todo queda almacenado en alguna parte. Y precisamente por eso puede resultar imposible encontrar lo importante. La vigilancia no elimina el misterio: lo transforma. El gran problema del detective del siglo XXI puede no ser conseguir información. Puede ser sobrevivir a ella.

Watson no pretende haber descubierto un género completamente nuevo. "Surveillance noir" propone más bien reconocer una transformación que estaba ocurriendo delante de nosotros. Siguen existiendo asesinatos, investigaciones, secretos, corrupción y poder. Continúa existiendo también el sentimiento esencial del "noir": la sospecha de que el individuo se enfrenta a fuerzas mucho mayores que él. Lo que ha cambiado es quién observa.

En "La conversación", Harry Caul necesitaba micrófonos. En "El cuento de la criada", el poder convierte determinados comportamientos en delitos y vigila a quienes pueden cometerlos. En "Black mirror", los ciudadanos participan voluntariamente en el sistema que los clasifica. En Pynchon, cada descubrimiento revela una red mayor. Y en "Una batalla tras otra", el pasado político permanece registrado esperando el momento de regresar.

El detective clásico buscaba la verdad. El detective contemporáneo tendrá primero que averiguar quién la está fabricando. Quizá esa sea la aportación más inquietante del concepto de Watson. Durante mucho tiempo el cine negro nos enseñó a desconfiar del hombre que nos seguía por una calle oscura. El surveillance noir comienza cuando miramos hacia atrás y descubrimos que no hay nadie. Porque ya no hace falta que nadie nos siga.

Carlos López-Tapia

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