20 años no es nada: Primavera de 1999

20 años no es nada: Primavera de 1999

1 Sarcofago2 Sarcofagos3 Sarcofagos4 Sarcofagos5 Sarcofagos (4 votos, media: 5,00 de 5)
Cargando…

Deja tu comentario >>

Querido primo Teo:

Avanzaba el año 1999 y nosotros asistíamos al pasar de los días con la mirada puesta en el tan ansiado año 2000 sin ser conscientes de que esos 90 días que transcurrieron entre Abril y Julio eran fundamentales para nuestra felicidad futura. En primer lugar porque esa selección española de fútbol que ganaba la final del Mundial sub-20 sería la base de la que, nueve años después, sería responsable de la edad de oro del fútbol español. Y en segundo lugar porque ese primero de mayo el canal Nickelodeon estrenaba “Bob Esponja”, probablemente la serie de animación más popular nacida en los últimos veinte años.

Pero en el cine también se estrenaban cosas. Así, el 26 de Marzo llegaba a España “Mensaje en una botella”, la primera novela de Nicholas Sparks que Hollywood llevaba a la gran pantalla. Y digo la primera porque ya han caído doce desde entonces. Doce películas llenas de desamores, atardeceres en la playa, mujeres que miran tímidamente hacia abajo, señores en camisetas blancas de asas y espectadoras de mediana edad que asisten a la función con el corazón cálido y los pies fríos. “Mensaje en una botella” se eleva por encima del resto de estas adaptaciones porque Luis Mandoki, su director, era uno de los más listos de la clase. Venía de rodar la estupenda “Cuando un hombre ama a una mujer”, un vehículo al servicio de Meg Ryan, y sabía perfectamente cuales son los tres pilares sobre los que siempre deben sustentarse este tipo de películas: una bonita fotografía, una evocadora banda sonora y un reparto solvente. Los dos primeros apartados los dejó en manos de Caleb Deschanel (tres nominaciones al Oscar sumaba por aquel entonces, y otras tres que le quedaban por delante) y Gabriel Yared (que acababa de ganar la estatuilla por “El paciente inglés”). Y el reparto estaba conformado por Kevin Costner (en la penúltima oportunidad que Hollywood le dio para reconducir su estatus de estrella), Robin Wright y Paul Newman. La película hizo perder unos 20 millones de dólares a Warner. Y la crítica la destrozó sin piedad. Y sin razón. Vista hoy en día no es ya solo precursora de todo un género que estaba por llegar, sino que es adulta, emotiva y está narrada con la solvencia y el pulso firme de los narradores clásicos. Sin lugar a dudas, un título a reivindicar.

Y si Kevin Costner intentaba afianzar su posición tras los fracasos de “Waterworld” y “Mensajero del futuro”, qué decir de Joel Schumacher, que estrenaba “Asesinato en 8mm” apenas año y medio después del fracaso monumental que supuso “Batman y Robin”. La gente de Columbia estaba tan convencida de que tenían una gran película entre manos que consiguieron colocarla en la sección oficial de la Berlinale. Cuando, precisamente, si hay algún lugar en la que una apuesta como esa no encajaría jamás de los jamases es en un festival europeo. La recepción fue terrible, y, para cuando se estrenó en cines, la crítica no tuvo piedad. Por suerte, económicamente la apuesta fue exitosa, y el estudio obtuvo unos 15 millones de ganancia. Lo cual no está nada mal para una propuesta tan valiente, tan sucia, tan incómoda, como esta historia sobre un detective privado que se asoma a los abismos de la pornografía más extrema y las snuff movies. Hoy en día sería imposible que un estudio apostara 40 millones de dólares en una historia tan desasosegante, imbuida en una atmósfera tan asfixiante, tan enrarecida. La crítica de 1999 no quiso apreciar ese juego. Por suerte el público sí.

“Y esto es solo el trailer de Cats, ya verás cuando empiece la snuff movie”.

Y mucho más dura de lo que le gusta recordar fue también la crítica española con “Todo sobre mi madre” en el momento de su estreno. En el tablón de la crítica de Fotogramas aparecía como suspensa, en el furgón de cola, justo entre “Flores de otro mundo” y “Beloved”. Luego llegó Cannes, donde fue favorita y aún a fecha de hoy nadie se explica qué pudo suceder para que el Jurado presidido por David Cronenberg prefiriera entregar la Palma de Oro a “Rosetta” (premio que podría en el mapa a unos por entonces desconocidos hermanos Dardenne) y relegar a la película de Pedro Almodóvar a un premio al mejor director que sonó a medalla de plata. Durante el cuarto trimestre del año la carrera de “Todo sobre mi madre” en Estados Unidos fue triunfal y para principios de 2000 ya todo el mundo tenía claro que sólo había una contendiente real por el Oscar a mejor película de habla no inglesa. Así que 10 meses después de su estreno, “Todo sobre mi madre” vivió una segunda carrera triunfal en taquilla con un reestreno al que también llegó con 7 Goyas debajo del brazo. Fue en ese reestreno cuando yo, junto con otros muchos, vencimos nuestros prejuicios por el cine de Almodóvar y descubrimos un melodrama casi perfecto. Almodóvar mantenía intacta su principal virtud, hacer respirar una sinopsis imposible, emocionar con material de derribo y deslumbrar con el trabajo de sus actores. Pero, además, había depurado muchísimo su técnica en ese viaje que le había llevado de ser el enfant terrible de los 80 al favorito de las fiestas de la alta sociedad. “Todo sobre mi madre” era, y sigue siendo, una película deslumbrante, por eso sorprende tanto esa reacción furibunda de una crítica probablemente despistada por sus fobias personales.

Y si “Todo sobre mi madre” fue la gran protagonista del Festival de Cannes de 1999, en la primavera del 99 también llegó a la cartelera española una de las grandes protagonistas de la anterior edición del festival francés. “Miedo y asco en Las Vegas” tuvo su estreno mundial en la Croisette en 1998 pero se ganó su protagonismo no precisamente porque su propuesta entusiasmara al jurado o a la prensa especializada. Los abucheos y pateos fueron la característica predominante en aquellos pases. Y no seré yo el que diga que no fueron merecidos. Visto en perspectiva resulta muy frustrante el carácter suicida de un Terry Gilliam, un director de un talento asombroso, que, tras los éxitos de “El rey pescador” y “12 monos”, empezaba a gozar de un prestigio y una posición de poder inédita en toda su carrera. Y se empeñó en dilapidarla llevando a cabo una adaptación imposible. Puede que “Miedo y asco en Las Vegas” no pueda ser mejor película de lo que termina siendo partiendo del material inadaptable que se empeña en adaptar pero es que “Miedo y asco en Las Vegas” no es en ningún caso una buena película. Y puede que ni siquiera sea una película, sino la reconstrucción de un viaje lisérgico que llegaba treinta años tarde. Universal puso 20 millones de dólares sobre la mesa para que Terry Gilliam levantara este proyecto. El director tardaría siete años en volver a estrenar una película.

Johnny Depp y Lola Gaos en el rodaje de Miedo y asco en Las Vegas.

Pero si hablamos de proyectos capaces de hundir la carrera de su máximo responsable, nada mejor que tratar el caso de “American History X”. Su director, Tony Kaye, venía del mundo del videoclip, donde era un tipo lo suficientemente respetado como para no necesitar debutar en el cine hasta los 47 años. Según sus propias palabras, cumplió con todos los plazos sin salirse del presupuesto y entregó a New Line “una película intensa y rápida de 95 minutos”. Acto seguido, Edward Norton entró en la sala de montaje y la convirtió en un film de 119 minutos con mucha más presencia del actor en pantalla y “plagada de escenas en las que todos lloraban en brazos de otros”. A partir de ese momento, Kaye se gastó 100.000 dólares en 35 anuncios a página completa en prensa especializada en los que denunciaba a Norton empleando citas de gente como John Lennon y Abraham Lincoln, y organizó una reunión con la productora a la que llevó consigo a un sacerdote católico, un rabino y un monje tibetano. Aquello, que como inicio de un chiste podía estar muy bien, no llevó a ningún sitio. Fue en ese momento en el que pidió que sustituyeran su nombre de los créditos por el de Humpty Dumpty. Que a lo mejor Edward Norton es alguien complicado, pero es probable que este señor estuviera un poco regulinchis también. Y el caso es que “American History X”, con el montaje que nos ha llegado, es una fantástica película que ha ido adquiriendo un aura de culto con el paso del tiempo y las generaciones. Nada hace indicar estos monstruosos problemas de postproducción en el único montaje que hemos podido ver de la misma. De hecho, luce hermosa y desgarradora y, veinte años después, conserva su fuerza original. Y es probable que todos estos problemas y la campaña en prensa de Kaye le costaran a Norton un Oscar que hubiera merecido y que, en la actualidad, parece que le queda lejano porque su posterior experiencia con otros directores ha terminado dando la razón a Kaye.

Ahora bien, a ninguna película de la primavera del 99 le ha terminado dando la razón el tiempo como a “Arlington Road”, uno de esos curiosos casos en los que una película es, a la vez, hija de su tiempo y adelantada al mismo. Porque “Arlington Road” refleja a la perfección esta narrativa del hombre perdido ante el cambio de milenio, ese héroe a su pesar que se siente solo y desprotegido ante la responsabilidad de cuestionarse si la realidad en la que siempre ha creído es la de verdad (y hay múltiples ejemplos en el cine de finales de los 90, desde “Abre los ojos” a “El show de Truman”, por no hablar de que, cuando “Arlington Road” lleva a las carteleras españolas queda poco menos de mes y medio para el estreno de “Matrix”, la película que terminaría siendo emblema de esta tendencia). Pero, por otro lado, la película de Mark Pellington, también es precursora de ese cine más oscuro y preocupado por un terrorismo mucho más palpable que poblaría las carteleras de la década posterior, tras los atentados del World Trade Center. Así, en “Arlington Road”, el personaje de Jeff Bridges va adentrándose en una espiral de locura que se acentúa visualmente a lo largo del metraje hasta desembocar en uno de los finales más desasosegantes del cine comercial de los 90. Un gran fracaso de taquilla que no ha hecho sino revalorizarse con el tiempo.

Cuando abrazas y aprovechan para arrimar cebolleta.

En cambio, la que quiso jugar a llegar muy pronto, pero al final resulta que llegaba muy tarde, fue “Edtv”, la apuesta de Universal por adelantarse al fenómeno de los realities (apenas quedaba un año para el estreno de “Gran Hermano” en Telecinco, aunque, claro, de aquellas eso no lo sabíamos) que terminó pareciéndonos a todos la respuesta vulgar a “El show de Truman”, como su versión de The Asylum (si es que en 1999 supiéramos qué era The Asylum). 80 millones se gastó Universal y apenas 35 recaudaron en todo el mundo. Tampoco es que aquello afectara demasiado a Ron Howard, que un año después haría ganar muchísimo dinero a la productora con su versión de “El Grinch” y dos años más tarde, y también de la mano de Universal, ganaría el Oscar a mejor película con “Una mente maravillosa”. El que sí que salió peor parado de aquello fue un Matthew McConaughey que en apenas dos años antes era considerado el nuevo Paul Newman y tras este batacazo empezaría a ser considerado poco menos que “white trash”, material de derribo para comedias románticas baratas y vulgares que ocuparían el grueso de su filmografía durante la próxima década. Y el caso es que, visto en perspectiva, el fracaso comercial de “Edtv” tuvo algo de injusto. Si bien es cierto que no pudo estar peor situada en el calendario, la película muestra la solvencia y la robustez narrativa tan propia de la filmografía de Howard, y está lejos de ser esa comedia zafia que nos vendieron en su momento, a pesar de contar con secuencias, casi todas en las que aparece Elizabeth Hurley, que provocan cierta vergüenza ajena.

Vergüenza ajena similar a la que produce “Bulworth”, el intento de comedia que Warren Beatty estrenó con más pena que gloria en Estados Unidos en plena temporada de premios de 1998 y que llegó a España en un estreno muy limitado, y únicamente en versión original, a mediados de Mayo de 1999. La crítica adoró esta sátira política sobre un político americano que empieza a decir verdades a ritmo de rap, pero la película fue un descalabro comercial en el mercado internacional y fue ignorada en su periplo americano. Esencialmente por el carácter demasiado obvio de la propuesta y por el nulo “timing” cómico de su director y protagonista, que seguía empeñado en construir grandes películas en torno a su persona sin ser consciente de que resultaba obvio que su tiempo había pasado. Así, en esta ocasión, escribió, dirigió y produjo una película protagonizada por él y contrató a Ennio Morricone para que pusiera la música y a Vittorio Storaro para iluminarla. Y nadie tuvo el valor para explicarle que aquello fallaba porque se suponía que era una comedia ¡y él no era gracioso!

Con este póster no entiendo cómo es posible que la gente no corriera a llenar las salas.

Y toda la gracia que le faltaba a “Bulworth” la tenía, y le sobraba, “Trabajo basura”, la segunda película como director de Mike Judge, conocido por ser el creador de “Beavis y Butt-Head” (que a pesar de ser iconos netamente americanos gozaron de sus quince minutos de fama entre los adolescentes españoles de finales de los 90). Al igual que “Bulworth”, “Trabajo basura” también era una sátira, en este caso sobre el ambiente laboral y los trabajos de oficina. Pero aquí sí que la modestia de la propuesta jugaba a su favor. Menos de hora y media de metraje, un plantel de actores desconocido, Jennifer Aniston en un rol secundario, una brillante selección musical, toneladas de mala leche y un buen puñado de situaciones hilarantes. Nada más y nada menos. Lo justo y necesario para construir una pequeña comedia casi perfecta. Tanto que, pesa a su tibia recepción inicial, con el tiempo ha terminado alcanzando un merecido estatus de película de culto.

El que también terminaría alcanzando un estatus con el que nadie en absoluto soñaba en aquella lejana primavera del 99 fue el director de “Los primeros amigos”, una pequeña película que se estrenaba en España el 25 de junio, más de 15 meses después de su estreno en USA, donde apenas había recaudado 200.000 dólares. Aquel director se llamaba M. Night Shyamalan, y estaba a punto de estrenar en Estados Unidos su tercera película. “El sexto sentido” era un pequeño drama de terror con el que nadie contaba y que iba a cambiar muchas cosas en la industria. España fue el único mercado internacional en el que se estrenaría “Los primeros amigos”. Nadie la vio. No generó ningún tipo de conversación. Y, visto en perspectiva, es comprensible. La película es un pequeño “coming of age” de marcado carácter cristiano sobre un niño que, en un colegio de monjas, se cuestiona el más allá y la existencia de Dios tras sufrir la muerte de su abuelo. De hecho, su clímax consiste en su encuentro con Dios, en la forma de otro niño al que solamente él puede ver. Resulta curioso el hecho de que en un fracaso comercial tan estrepitoso como el de “Los primeros amigos” estén presentes gran parte de los ingredientes que terminarían convirtiendo a “El sexto sentido” en la segunda película más taquillera del año apenas 12 meses después. Incluso la posteriormente tan reconocida caligrafía de Shyamalan a la hora de encuadrar y planificar resulta palpable en esta película. Pero muchas veces dan igual los ingredientes, incluso el cocinero, si no se termina de encontrar la receta adecuada.

“Jen, cariño, ¿y si vamos a ver una peli que se llama Inocencia interrumpida? Sale una actriz de la que todos hablan que se llama Angelin…”.

El que ya era un cocinero tan contrastado que se sentía en la libertad de repetir receta una y otra vez era Clint Eastwood, que esos días estrenaba uno de esos thrillers que tan bien le salían de aquellas. Su película de 1999 fue “Ejecución inminente”, y contaba la carrera contrarreloj de un periodista por conseguir las pruebas suficientes para demostrar la inocencia de un condenado a pena de muerte el mismo día de su ejecución. La película es ejemplar, de estas que uno no puede abandonar desde el mismo momento en que empieza a verla. El problema es que no demasiada gente empezó a verla, por lo que se quedó bastante lejos de recuperar sus 55 millones de presupuesto.

En cambio la que funcionó tan bien en la taquilla americana y mundial, hasta el punto de convertirse en el blockbuster más destacado de aquel trimestre fue “La trampa”, un hoy bastante olvidado thriller de robos, ladrones y engaños que sirvió para terminar de convertir en estrella a una Catherine Zeta-Jones a la que la cámara aprovechaba para sobar, babear y manosear a lo largo de una secuencia de entrenamiento plaga de primeros planos de su culo y pechos. Secuencia que, por cierto, fue el principal reclamo comercial de la misma hasta el punto de ocupar la mayor parte del tiempo de su trailer e inspirar el diseño de su póster. Más allá de ese aspecto determinado, la película también sirvió para constatar que Sean Connery continuaba siendo una de las estrellas con mayor carisma del cine de los 90 y para presentar en sociedad a unas Torres Petronas que muchos conocimos gracias al ejemplar tercer acto de la misma.

Intentando hacer un chiste sin ofender a nad…

Otro de los grandes éxitos comerciales de aquel trimestre fue “The faculty”, la reinvención por parte de Kevin Williamson de “La invasión de los ladrones de cuerpos”. ¿Que quién era Kevin Williamson? Pues lo más cercano a un guionista convertido en una estrella que había sido capaz de florecer en el Hollywood del fin de siglo. Williamson había reinventado todo un género, el slasher, con su guión para “Scream” en 1996. Desde aquel entonces le había dado tiempo a firmar su secuela y “Sé lo que hicisteis el último verano”. Todo lo que tocaba se convertía en oro. Los responsables de Miramax, que podían ser violadores, pero en ningún caso idiotas, se hicieron con los derechos de su cuarto libreto y pusieron tras las cámaras a Robert Rodriguez, que ya había demostrado que era capaz de levantar un buen espectáculo pirotécnico con las vueltas del pan, un clip y un foco con la bombilla fundida. “The faculty” apenas costó 15 millones de dólares y solo en el mercado americano recaudó 40. Un negocio redondo que además sirvió para comenzar a catapultar la carrera de Josh Hartnett ya en su segunda película. Y si la película funcionó tan bien fue porque era, y continúa siendo, un entretenimiento de primer nivel que, con gran inteligencia, readapta los miedos propios de la Guerra Fría a la sensibilidad adolescente.

El que estaba intentando desesperadamente dar el salto del cine adolescente al cine adulto era un Sam Raimi que, tres años después de aquel delirio maravilloso que fue “Rápida y mortal”, trató de ponerse sobrio y sutil, al menos todo lo sobrio y sutil que por aquel entonces podía ser, en su nueva película. “Un plan sencillo” era como una reinvención de “Fargo” desde el prisma de Raimi, que intentó hacer la misma jugada que sus amigos los Coen cuando rodaron, al más puro estilo Raimi, “Arizona baby”. Un intercambio de papeles que le salió bien a medias al futuro director de “Spider-Man”. La crítica alabó “Un plan sencillo”, la Academia le concedió 2 nominaciones al Oscar, por su guión y por la interpretación de Billy Bob Thorton, pero aquello fue un descalabro comercial bastante notorio. Y fue una pena, porque “Un plan sencillo” es una extraordinaria película. Un thriller rural, criminal, fatalista, violento y con un soterrado y acidísimo sentido del humor. No fue este el mejor lustro para Raimi, que encadenó varios fracasos comerciales hasta que el hombre araña acudió en su rescate.

Controlar la eyaculación precoz es fácil. Sólo hay que concentrarse un poco.

Tampoco corrió mejor suerte “Acción civil”, un vehículo orquestado para hacer llegar a John Travolta a la temporada de premios. La segunda película como director del prestigioso guionista Steven Zaillan era un thriller judicial basado en hechos reales. Se estrenó el día de Navidad y pasó desapercibida para todo el mundo. La Academia tan solo reconoció con una nominación su fotografía y el trabajo de Robert Duvall. Y, como viene siendo una constante en este repaso, ese fracaso fue una verdadera lástima. “Acción civil” era una película adulta y oscura, sí, pero lo suficientemente complaciente como para haber encontrado su público. De hecho, dos años después, y contando prácticamente la misma historia, “Erin Brockovich” sería un gran éxito de taquilla. Un nuevo ejemplo de cómo los ingredientes no son precisamente los elementos que determinan el éxito o fracaso de una propuesta.

Ahora bien, si la primavera de 1999 estuvo plagada de magníficas películas con una desastrosa carrera comercial, el verano que estaba por venir pasaría por ser uno de los más exitosos y carismáticos de los próximos veinte años. Pero, claro, eso ya es otra historia…

Daniel Lorenzo

¿Compartes?:
  • email
  • PDF
  • Print
  • RSS
  • Meneame
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Twitter
  • FriendFeed
  • LinkedIn

Comentarios

  • Nombre
  • Correo Electronico
  • Comentario