Cannes 2018: Tres horas de Nuri Bilge Ceylan para cerrar la competición

Cannes 2018: Tres horas de Nuri Bilge Ceylan para cerrar la competición

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Querido Teo:

Con 11 jornadas de competición el Festival de Cannes 2018 cierra sus proyecciones a la espera de este sábado conocer la película que se alza como ganadora. Tres películas a concurso han rematado la sección oficial pero no parece que ninguna de ellas vaya especialmente a cambiar las cosas en el palmarés que estará meditando a estas horas el Jurado presidido por Cate Blanchett. La que no ha hecho más que recibir palos, y eso que estaba fuera de concurso, es la esperada “El hombre que mató a Don Quijote” de Terry Gilliam que ha quedado calificada como una parodia de sí misma por su exceso y su histrionismo no habiendo valido la pena todo el tiempo (y disgustos) invertido por el director en sacarla adelante.

“Un couteau dans le cour (Knife + heart)” de Yann Gonzalez es la primera participación en la sección oficial del inclasificable pero autóctono director ya que es nacido en Niza y presenta en Cannes su segundo largometraje tras una carrera experimental en el mundo del cortometraje. La cinta es una irreverencia underground con aire al cine de los 80, ambientándose en esa época de psicodelia, glam y cuero, en el que una productora de películas porno gay vive su particular “10 negritos” cuando su equipo de rodaje, que bajo su dirección tienen una gran habilidad para sacar petróleo de cualquier idea o experiencia personal y convertirla en cine homoerótico, sufre como algunos de ellos son asesinados en extrañas circunstancias y de una manera violenta y con ensañación, algo que se ve desde el primer minuto de la película. Sexo explícito y una Vanessa Paradis dándolo todo en una interpretación que ralla en el espasmo en algún momento llegando a la vergüenza ajena, pero siendo destacable verla con esa garra explorando su profesión, manejando a su equipo de trabajo y descubriéndose a sí misma como mujer y como amante. Una película que juega con la realidad y la ficción llevando el tono de la película casi a un lugar pesadillesco del que no se sabe como salir de esa espiral hacia la perdición más oscura. Ésta y la cinta de David Robert Mitchell le den un salto de modernidad a la sección oficial aunque ambas naden en las continuas referencias de films anteriores, lo que les restan algo de originalidad convirtiéndolas en una coctelera que en este caso bebe mucho del cine transgresor del primer Almodóvar, de Gaspar Noé o de Larry Clark.

“Ayka” de Sergei Dvortsevoy ha sido el salto a la competición oficial del director ruso tras ganar Una cierta mirada en 2008 con “Tulpan”. La cinta es un drama áspero sobre una mujer rusa que abandona a su bebe debido a sus problemas económicos, y luego se arrepiente y termina recuperando el instinto maternal cuando una perra da de mamar a sus cachorros. Dicho así es una premisa muy facilona pero al final es el recorrido emocional de un personaje poco empático en una cinta plomiza y gris que no le ha beneficiado en una recta final de saturación festivalera apostando por el drama social facilón a partir de la situación económica del país.

“Ahlat agaci (The wild pear tree)” de Nuri Bilge Ceylan ha sido el remate de 188 minutos a la competición de este año. Uno quiere creer que el motivo de esta traca final no ha sido otro que el hecho de que la película no haya estado lista hasta ultimísima hora lo que ha provocado que se proyectara el último día. El director turco ha ganado premio en 4 de sus 5 participaciones hasta la fecha (incluida la Palma de Oro por “Winter sleep (Sueño de invierno)” en 2014) por lo que no hay que descartar que vuelva a llevarse algo en un palmarés en el que el estilo de dirección del turco, entre contemplativo y con su punto de intriga y pasado familiar, es carne de un festival como éste. En esta ocasión hay chachara, largas caminatas, nieve, literatura turca y un hijo cargante y verborreico con todos los de su alrededor, aspirante a escritor en busca de la aprobación de su padre y que vuelve a su casa tras completar sus estudios, reencontrándose con su familia y ese ambiente rústico y agrario del que se siente un bicho raro. Hay buenos detalles sobrevolando, e incluso algún golpe de humor negro y caustico más que agradecible, pero no termina de rematar siendo sus 188 minutos totalmente injustificables.

Nacho Gonzalo

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