Conexión Oscar 2020: Festival de Toronto (VI): “Joker”, “Harriet”, “Le Mans 66” y “The report”

Conexión Oscar 2020: Festival de Toronto (VI): “Joker”, “Harriet”, “Le Mans 66” y “The report”

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Querido Teo:

En la sexta jornada del Festival de Toronto hemos tenido dos de los trabajos interpretativos que van a dar mucho que hablar de cara a los Oscar. Por un lado un Joaquin Phoenix que da todo un recital en “Joker” y por otro lado el empeño de una Cynthia Erivo reivindicando a la primera afroamericana activista “de facto” de los derechos civiles de la raza negra en “Harriet”.

“Joker” ha llegado al Festival de Toronto como el acontecimiento de esta edición y así está ocurriendo hasta su próximo estreno. La expectación que genera el personaje, y todo lo que rodea al universo de Batman en particular, y del mundo de los superhéroes en general, se ha visto aumentado con unas estupendas críticas que aúpan a la película a un nivel todavía más alto que el de “El caballero oscuro”, el fenómeno de crítica y de público de 2008 que tantas semanas encabezó el portal IMDB. El que empezó como un proyecto apócrifo impulsado por Martin Scorsese y separado de las sagas en vigor por parte de DC terminó siendo heredado por Todd Phillips como director, especialista en la comedia USA con cintas como “Resacón en Las Vegas” y “Salidos de cuentas”, y con Bradley Cooper como productor, ha terminado siendo un trabajo en cierta manera continuista con el trabajo de Christopher Nolan. A pesar del desdén con el que se trata a los directores de comedia, y teniendo en cuenta que después de ver a Jack Nicholson, Heath Ledger y Jared Leto el personaje no tenía (a priori) nada más que contar, eso no ha sido así y nos lleva a sus orígenes a ritmo de Send in the clows de Stephen Sondheim y That´s life en la voz de Frank Sinatra.

Como si en cierta manera recuperara su personaje de “En realidad, nunca estuviste aquí”, Joaquin Phoenix vuelve a ser un personaje solitario y con problemas que malvive con una madre enferma. Es un aspirante a cómico que lo máximo a lo que ha podido llegar es a ser un payaso de poca monta en shows infantiles aprovechándose de una risa de hiena característica, llamativa y punzante, fruto de un trastorno de personalidad detectado. Fascinado por los oropeles de la stand-up comedy y del sistema de entretenimiento televisivo (con un show presentado por Robert De Niro recordando a su personaje de “El rey de la comedia”) pasa sus días ese Arthur Fleck que deambula entre reproches y ataques de los demás que, sólo en el mejor de los casos, es simplemente desdén creyéndose él que puede aportar al mundo más talento de lo que tiene en realidad ensayando frente al espejo incluso movimientos para una hipotética entrevista televisiva en su show favorito. Con este panorama, y atravesando una ciudad de Nueva York plomiza y en permanente inestabilidad, con la violencia callejera y el odio racial como paisaje del hábitat natural, la cinta nos lleva a través del viraje de este tipo que, al igual que el Travis Bickle de “Taxi driver”, quiere ver el mundo arder (al menos desde su pensamiento interior) hasta que un hecho que se le va de las manos destapa todo lo que hay debajo de este enfermo mental asocial caldo de cultivo para la violencia y la destrucción que no se enfrenta a la sociedad traumatizada por la Guerra de Vietnam sino por las consecuencias del liberalismo económico.

“Joker” es una obra maestra sobre la deriva de una mente enferma, insegura y presa de la megalomanía, así de cómo es el hecho de convivir con la locura y cómo lo ven los demás entre la ignorancia y la condescendencia. Un payaso de medio pelo transformado en asesino y líder de masas de la rebelión frente a los poderosos como fruto de una sociedad desencantada fiel reflejo de nuestros días y que, al igual que en “Network”, ha estado demasiado tiempo resignada sin alzar la voz aunque aquí esto corra el riesgo de que se traduzca en violencia contagiosa e incontrolable siguiendo una corriente por inercia más que por conocimiento. Existe mucha manía de etiquetar pero “Joker” podría ser tanto cine de superhéroes como un capítulo de “Mindhunter”. El envilecimiento de un perturbado con el aire decadente de la citada cinta de Scorsese y el nervio y tensión que se corta en el ambiente del mejor Fincher. Ese es el mérito de un Todd Phillips que construye una película exquisita, elegante y subyugante siendo fruto de debate que si el cine es una analogía de nuestro tiempo y “Joker” pretende retratar como estamos, con locos magnificados por el factor mediático y el extremismo de los populismos, estamos condenados. A ello contribuye también la atmosférica música de Hildur Guðnadóttir y una estética intencionadamente setentera. La cinta no escatima en seguir un tono violento y crudo nada complaciente para una película que, en teoría, nace también con vocación comercial para un público amplio pero aquí ha pesado la voz del personaje y el sello que ha querido darle el autor a cualquier tipo de pretensión para tener satisfecho al espectador medio.

¿Puede hacer un loco que su causa se convierta en bandera enarbolada por los indignados? ¿Ha hecho tanto mal el capitalismo para que los afectados sólo puedan actuar en contra de él a través de la violencia? ¿Se justifican en cierta manera actos cuando los hace un personaje en teoría de cómic pero al que se le pretende dar un matiz de posición ideológica de manera interesada o no? ¿Es más peligroso el loco o la masa de fanáticos que les siguen? Con unos toques propios de las historias de Batman, y que quedan bien insertadas y coherentes con lo que hemos conocido después de Bruce Wayne, “Joker” asegura la conversación sobre el declive del imperio social y económico construido a lo largo de décadas y afortunadamente el rato de buen cine con un Joaquin Phoenix del que ya sabíamos todo lo que era capaz pero que aquí da un salto más dando vida al que es el mejor Joker, aunque sólo sea por el hecho de que él lo construye desde el principio y hasta su viraje hacia el mal, sin tenerlo que interpretado ya definido por concepto y tirando de tics y excentricidades como se lo encontraron en bandeja los anteriores intérpretes. Un actor que por calidad e intensidad es todo un animal interpretativo que se reinventa, sorprende al espectador y pone toda la carne en el asador sin miedo a que ese volcarse tanto le termine llevando por delante. Joaquin Phoenix, y es que actualmente sólo Daniel Day-Lewis o Christian Bale parecen jugar en esa liga, es un lujo para la interpretación que le ha llevado a representar la ambición en el coliseo de Roma, a ser una persona adorable enamorado de una voz tecnológica o seguir los mandatos del líder de una secta como en su simiesco trabajo en “The master”. Verlo en la película no es sólo un espectáculo sino una de las mejores interpretaciones que se han podido ver en el cine, no dando vida al villano de Batman, sino a un hombre maltrecho emocionalmente en su abismo hacia la locura y hacia las contrapuertas del infierno del mal. Un Oscar que si llega finalmente como debiera (y apostamos desde ya) será incontestable como guinda para uno de los mejores títulos de la temporada.

“Harriet” llegaba como la cinta que podía poner a su favor la carrera de mejor actriz con una Cynthia Erivo tras venir de triunfar en Broadway con musicales como “El color purpura”, encarando ahora ese protagonista que quiere toda actriz en sus primeros pasos en el cine. La cinta de Kasi Lemmons rinde homenaje a una de las figuras clave en la lucha de los derechos civiles realizando 13 misiones de rescate en las que liberó a cerca de 70 esclavos utilizando la red antiesclavista conocida como Ferrocarril Subterráneo. Siguiendo en ocasiones la ruta del medio locomotor, logró llegar a la llamada línea Mason-Dixon, que dividía a los Estados de Virginia y Pennsylvania, es decir, el Sur esclavista y el Norte abolicionista, llegando a Philadelphia en 1849 donde encontró trabajo y rehízo su vida pero, siendo consciente de la situación que vivían otros como ella, se alió con el movimiento abolicionista creando una estructura llamada Ferrocarril Subterraneo, una red clandestina formada por un grupo de personas de distinto color pero misma convicción en la segunda mitad del siglo XIX con el fin de ayudar a escapar a los esclavos negros de las plantaciones. Un icono de valentía, lucha frente a la injusticia, solidaridad y reivindicación por los derechos en una historia cuya premisa que lo tiene todo para aunar mensaje, compromiso y calidad pero que no llega a buen puerto por una puesta en escena que recuerda mucho a las recientes “12 años de esclavitud” y “El nacimiento de una nación”, mucho mejores que esta propuesta que aquí se torpedea con elipsis que hacen referencia a las visiones de un personaje que murió en 1913 a los 93 años.

Cynthia Erivo pone físico y voz (incluso canta algunas canciones en momentos clave de la película) pero su interpretación, entre la determinación y el desgarro, no llega a conmover como se hubiera querido en una cinta poco imaginativa en su realización y que no aporta nada nuevo a pesar de que la cinta está contada con un ritmo que mantiene el interés por esos viajes de Trubman entre las fronteras (narrados de manera demasiado sencilla por otra parte para la complejidad que se presuponía no levantar sospechas). La cinta no sale de la frontera del telefilm intentando insertar imágenes de archivo con el único propósito de impactar y hacernos caer en la cuenta de que estamos ante una de esas historias reales que no hubieran sido posibles sin la colaboración también de gente blanca que permitió que todo este tránsito de esclavos hacia la libertad pudiera llevarse a cabo. Erivo está bien en la película pero sin transmitir como se esperaba y ofrece una interpretación correcta, ante el peso que ya tiene el papel en la Historia, pero demasiado obvia secundada por actores que no tienen tiempo ni armas para desarrollar sus personajes como Janelle Monáe, Leslie Odom Jr., Clarke Peters y Joe Alwyn, siendo este último una de las evidencias del vuelo bajo que es la cinta respecto la película de Steve McQueen ofreciendo un villano arquetípico y sin sangre obsesionado con ella que es convertido en vainilla por la referencia de Michael Fassbender en la oscarizada película.


Así es la película, una cinta que se ve bien pero que recuerda a tantas que han tratado esos años de lucha frente a la abolición de la esclavitud sufriendo vejaciones y violencia y que han sido abordadas con mayor trascendencia y potencia faltando aquí épica, fuerza y consistencia como película quedando como un “grandes éxitos” de películas de este tipo aunque se hubiera merecido encontrar su voz propia alejándose de su aire rutinario. El empeño de Cynthia Erivo, en su vehículo de lucimiento, no logra remontar una película en el que su determinación y mirada rebelde no es suficiente y que al menos da un título cinematográfico a una de esas historias desconocidas que hasta ahora sólo había servido de base para el telefilm de 1978 “A woman called Moses”.

“Le Mans 66” es un drama que narra la rivalidad entre la casa Ford y la casa Ferrari para ser los primeros en vencer en la carrera de resistencia de Le Mans en 1966. Aunque en su título en versión original habla del enfrentamiento entre una y otra casa la cinta no trata tanto de eso y adopta la perspectiva de Ford y esos apasionados de la velocidad y el motor encargados de llevar a la marca a uno de sus puntos más álgidos entre episodios de complicidad e infructuosos intentos por superar los límites de velocidad. La cinta logra mantener el ritmo durante sus dos horas y media en una película rodada con clasicismo pero que es tanto un drama adulto como un pepinazo a la hora de poder funcionar en taquilla. La carga emocional que tiene al final es arrebatadora y la camaradería e intereses corporativos está a lo largo de la cinta muy bien mostrada y no sólo por el hecho de estar contada a través de los ojos de Matt Damon y Christian Bale (éste vuelve a sacar petróleo de todo personaje) sino por contar con un reparto que está muy bien definido y dibujado en pantalla con su arco narrativo y emocional, destacando a Tracy Letts como el señor Ford (impagable ese viaje que comparte con Damon a toda velocidad) o ese prodigio de carisma que es Noah Jupe, también visto en este Festival en “Honey boy”, y que se lleva para sí la película en el desenlace como hijo del personaje de Christian Bale.

James Mangold es un excelente director que con esta película incluso está por encima de la destacada “Rush” (2013), con la que comparte algunos elementos temáticos, erigiéndose como un drama adulto con vocación de taquilla y entretenimiento pero que lo hace a través de las motivaciones de sus personajes y no abusando de escenas de celeridad adrenalitica en esta especie de carrera automovilística (mientras paralelamente en esos momentos se llevaba también la espacial entre americanos y rusos) en la que unos hombres bajo el sello de Ford intentaron romper la hegemonía de Ferrari enarbolando la bandera del trabajo en equipo y la pasión común. Una película que entretiene, conmueve y sobre todo te deja atrapado en la butaca con una de esas épicas técnicas y humanas que alejadas de secuelitis y parafernalias demuestra que todavía hay esperanza para este tipo de historias en el cine USA sin renunciar a la emoción de una gran historia perfectamente contada y engrasada. Una película impecable y que debería encontrar su público.

“The report” de Scott Z. Burns es otra muestra de thriller político de altura que destapa las mentiras a las que nos tienen acostumbrados los políticos o, por lo menos, arroja algo de luz sobre esas verdades ocultas fruto de los intereses de los poderosos. Siguiendo el estilo del cine de Kathryn Bigelow, a la que incluso la película hace un homenaje con un guiño a “La noche más oscura”, cuenta el programa de interrogatorios que la CIA llevó adelante después del 11 de Septiembre del 2001, con algunas prácticas extremas e inhumanas desveladas en documentos desclasificados por el Senado estadounidense y su Comité de Inteligencia el 9 de Diciembre de 2014. Todo intentando justificarse en esa llamada “Guerra contra el Terror” encabezada por la administración de George W. Bush utilizándolo como excusa para invadir países y aprovecharse del negocio e intereses detrás de un conflicto bélico. Es una adaptación del libro de Sid Jacobson publicado en 2017 y Amazon se hizo con sus derechos en el Festival de Sundance por 14 millones de dólares.

“The report” es otro recital de Adam Driver en la película sobre informes relacionados con las torturas llevadas a cabo por la CIA tras el 11-S. Ritmo, agilidad, mirada a la política USA reciente y vena didáctica para no hacer la historia farragosa en ningún momento. Le da la réplica una Annette Bening que está en todas las apuestas de premios y, aunque no sea un personaje memorable, sí que logra dejar atrás sus habituales devaneos de diva y respirar bajo la piel de la senadora de Washington Dianne Feinstein. Ella junto a Driver tiene algunos de los mejores momentos de la película dando lustre a un thriller inteligente y comprometido con su tiempo y estos casi 20 años que, sin duda, han cambiado el panorama de la política internacional de una manera cómo nunca se había visto y que deja una huella insondable para el futuro. Un título sobrio, solvente y que reivindica un tipo de cine más común en los 70 y 90 y que ahora se mueve en honrosas excepciones como ésta siendo un cine al que parece que los Estudios no hacen mucho caso pero que tiene una indudable pertinencia.

Nacho Gonzalo

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