“Don Quijote de La Mancha”

“Don Quijote de La Mancha”

1 Sarcofago2 Sarcofagos3 Sarcofagos4 Sarcofagos5 Sarcofagos (2 votos, media: 5,00 de 5)
Cargando…

Deja tu comentario >>

Tras más de un siglo de existencia, el cine internacional mantiene su deuda con el personaje más universal de nuestra cultura. Ni el tesón de Orson Welles ni la fuerza de Terry Gilliam han podido con el proyecto de actualizar al último caballero. Andrés Trapiello ha logrado, en cambio, tras 14 años de trabajo, convertirlo en una lectura menos exigente para un lector actual

Título: “Don Quijote de La Mancha”

Autor: Miguel de Cervantes y Andrés Trapiello

Editorial: Planeta

Existe un acuerdo, casi general, de que el Quijote entra en la enseñanza demasiado pronto para que los alumnos puedan darse cuenta de la trascendencia de la obra. El vocabulario del Siglo de Oro se ha perdido en la cantidad suficiente para trastornar al adolescente más dispuesto. Luego, el libro es más admirado que leído, por mucho que sea el que mejor se defiende de nuestra literatura clásica.

Su comienzo al menos es el más repetido de la literatura en castellano: “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”. Este comienzo es lo único que el autor ha dejado sin actualizar. El resto ha sido “trabajado”, yo diría que esculpido, palabra a palabra y frase a frase. El resultado es excelente, porque no se ha eliminado el aroma, la pátina, la sensación de antigüedad, pero se consigue leer sin necesidad de recurrir constantemente a todo tipo de notas explicativas. Diría que a Cervantes no le habría disgustado.

Al llegar a la última página no he tenido sensación de encontrar otro Quijote, ni siquiera la impresión de que el lenguaje utilizado no pudiera ser el de Cervantes. Andrés Trapiello explica así su esfuerzo en el prólogo: “Los lectores en los que he pensado mientras traducía este libro se parecen mucho a esos que vemos en el metro, abismados en la lectura, como Don Quijote en las suyas, de lo que puede ser el último bestseller, un libro de aventuras o un tomo de En busca del tiempo perdido. Todos ellos tienen derecho a leer el Quijote de la misma manera fluida y sin tropiezos. ¿Cómo proceder entonces? He procurado hacerlo con tiento y de una manera orgánica, atendiendo al instinto cuando no había nada más fiable a mano. De ahí que no sea en absoluto infrecuente que una misma palabra (nos hemos referido a discreto, pero hay muchos más casos; ciencia, razones, voluntad, cojín, sabio, huésped, admirar, humor, mohíno, correrse, excusar…) haya sido traducida de manera distinta según el pasaje, mientras otras han quedado sin traducir por intraducibles (busilis), o por significativas (esos fechos y fazañas que siguen en boca de Don Quijote por contribuir con ello a conservar los rasgos trasnochados del personaje), o por específicas (ferreruelo, saboyana), como específicas son cabrestante o jarcia en una novela de Salgari, Stevenson o Conrad”.

LeercineQuijoteFrankenstein

Desde luego, recomiendo a Don Quijote como lectura de verano. Hacía muchos años que lo leí y he disfrutado más de lo que pensaba. Viene al pelo el tema, para recomendar el maravilloso libro de Santiago Posteguillo, “La noche en que Frankenstein leyó el Quijote. La vida secreta de los libros”, donde el autor recuerda el peso cultural que ha tenido Cervantes en otras culturas. Lo hace así:

“Era el verano de 1816. Mary Shelley y su esposo, el también escritor Percy Bysshe Shelley, acudieron a Suiza, a una hermosa casa en las montañas que su amigo Lord Byron tenía en aquel lugar. Allí disfrutaban todos los invitados de un maravilloso verano alpino henchido de bosques, valles y senderos por los que a menudo caminaban para ejercitarse, al tiempo que así admiraban los espectaculares paisajes de aquel territorio. Pero un día, en uno de esos frecuentes cambios meteorológicos propios de las zonas montañosas, las nubes taparon el sol y las lluvias interrumpieron sus excursiones. Y no sólo por una jornada o dos, sino que la lluvia pareció encontrarse cómoda entre aquellas laderas verdes y decidió instalarse por un largo período. Byron, el matrimonio Shelley y el resto de los invitados optaron entonces por reunirse a la luz de una hoguera que ardía en una gran chimenea de la casa en la que se habían instalado y allí, entre copa y copa de vino, deleitarse en la lectura en voz alta que Percy Shelley realizaba de diferentes clásicos de la literatura universal.

Percy Shelley era un reconocido poeta que, como Byron, había tenido que escapar de Inglaterra por el revolucionario tono de muchos de sus poemas contra el gobierno conservador británico que se oponía, entre otras cosas, a cambios en una vetusta ley electoral que impedía que los barrios obreros tuvieran los mismos representantes parlamentarios que las zonas rurales más conservadoras. El caso es que Percy sabía leer en público o declamar de modo que agitaba los corazones o despertaba la imaginación de quien le escuchara.

Lo sabemos con detalle porque todo esto nos lo cuenta la propia Mary Shelley, su esposa, por un lado en el prólogo a su obra “Frankenstein” y, por otro, en su propio diario personal en donde, día a día, la intrépida autora se tomaba la molestia de dejar constancia de todo aquello que había hecho cada jornada; unos escritos que ahora constituyen una pequeña gran joya para críticos literarios y curiosos de toda condición (entre los que me incluyo).

Así, Mary nos describe cómo Lord Byron, uno de esos interminables días de tormenta veraniega, sin posibilidad de poder salir a la montaña o realizar cualquier otra actividad en el exterior de la casa, se levantó y lanzó un gran reto. Como no podía ser de otra forma, teniendo en cuenta a muchos de los allí presentes, se trataba de un reto literario.

—Os propongo un concurso.

—¿Qué tipo de concurso? —preguntó Percy intrigado y poniendo palabras a la curiosidad de todos los presentes.

—Propongo —empezó entonces lord Byron— que cada uno de nosotros escriba un relato, una historia de terror —dijo bajando la voz, envuelto en las sombras que proyectaba el fuego de la chimenea —. Y el que consideremos como el relato más terrorífico, ése ganará el concurso.

Era, sin duda, un desafío apasionante, y más aún teniendo en cuenta el saber hacer literario de muchos de los allí reunidos, pero la brillante idea, no obstante, cayó en el olvido con rapidez en cuanto salió el sol y regresó el buen tiempo. Byron y Percy Shelley eran grandes escritores, pero inconstantes (los hombres, ya se sabe) y pronto dejaron las plumas y la tinta y las palabras escritas y se adentraron de nuevo en los hermosos bosques de los Alpes.

Por el contrario, Mary Shelley, mucho más disciplinada que cualquiera de sus amigos masculinos, no se dejó distraer o tentar por las maravillas de la naturaleza, sino que prefirió permanecer en aquella casa y día a día, noche a noche, engendró la maravillosa novela titulada “Frankenstein o el moderno Prometeo”. Por cierto, Frankenstein no es el monstruo, o la “criatura”, como cariñosamente la define la propia Mary Shelley, sino Victor Frankenstein, el doctor que la crea, aunque todos pensemos siempre en esta criatura cuando oímos el apellido del doctor alemán. Pero lo más interesante de esta historia es que la escritora no creó esta novela desde la nada absoluta, sino imbuida por esos espacios montañosos que la rodeaban (y muchas montañas y frío y nieve hay, sin duda, en el libro que escribió, que abre con un viaje a una región polar); y también influida, de una forma u otra, por las maravillosas lecturas que su esposo Percy seguía haciendo por las noches junto a la chimenea de grandes clásicos de la literatura.

Mary escribía sobre todo durante el día, pero seguía compartiendo con todos las veladas de lectura colectiva donde su marido proseguía deleitándolos con su mágica dicción que, estoy seguro de ello, debía de dar vida a cada uno de aquellos personajes que aparecían en las novelas seleccionadas. Y una noche especial, tras largas caminatas para unos en la montaña y una intensa sesión de escritura para Mary, Percy eligió una obra maestra de la literatura española traducida al inglés: “Don Quijote”. Así lo recoge Mary Shelley en su diario en la entrada del 7 de Octubre de 1816: «Percy lee Curtius y Clarendon; escribir; Percy lee Don Quijote por la noche». Y así siguió su marido leyendo cada noche durante todo un mes, un mes eterno e inolvidable para la historia de la literatura universal en el que Mary escribía su gran novela. Hasta que el 7 de Noviembre Mary anota en su diario: «Escribir. Percy lee Montaigne por la mañana y termina la lectura de Don Quijote por la noche».

Mary Shelley se enamoró de la literatura mediterránea y en particular de Cervantes, ya fuera por la pasión con la que Percy leyó aquella traducción del Quijote o por sus largas estancias en países del sur de Europa. El hecho es que Mary Shelley, años después, entre 1835 y 1837, escribiría la más que bien documentada y aún más que interesante “Vidas de los más eminentes hombres de la ciencia y la literatura de Italia, España y Portugal”, donde, entre otros muchos autores italianos y portugueses, biografiaba también las vidas de poetas, dramaturgos y novelistas españoles como Boscán, Garcilaso de la Vega, Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Quevedo o Calderón de la Barca. Y es que Mary Shelley hablaba no sólo inglés, sino francés, italiano, portugués y hasta español. ¿Y cómo aprendió español? Muy «sencillo» (obsérvese que escribo sencillo entre comillas); tanto le gustaron el Quijote y su lectura por parte de su esposo en 1816 que, cuatro años después, en 1820, volvió a leerlo, después de haber iniciado el estudio del español, pero esta vez lo leyó directamente en castellano”.

Un gran esfuerzo como el de Andrés Trapiello merece lectores.

Carlos López-Tapia

¿Compartes?:
  • email
  • PDF
  • Print
  • RSS
  • Meneame
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Twitter
  • FriendFeed
  • LinkedIn

Comentarios

  • Nombre
  • Correo Electronico
  • Comentario