El vuelo de Mr. Pinkerton

El vuelo de Mr. Pinkerton

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¡Hola muchacho!

Siento que finalmente no hayas podido quedarte con ese pitbull que tanto te gustó en la visita a la perrera que hicisteis por San Antón. Por lo demás, espero que tu comienzo de año haya ido bien. Yo he tenido un caso que me ha hecho recordar una vieja afición que tenía medio olvidada: la historia de la aviación. Llegó a la oficina una señora educada, de buena posición, y me dijo lo siguiente: “Mr. Pinkerton, dentro de un histórico hidroavión llamado Plus Ultra, se halla un pequeño papel que mi pariente, uno de los tripulantes, escondió en un pequeño hueco que está fuera del alcance de la vista. Sé que escribió algo y no puedo vivir un año más sin saber qué narices puso”.

Ese histórico avión, muchacho, fue el primero que cruzó el océano Atlántico para unir España con Hispanoamérica. Aquello fue todo un hito para nuestro país, aunque hoy haya quedado en el olvido, quizás porque luego llegó Lindberg y cruzó de nuevo el océano… pero esta vez en solitario y sin hacer escalas. El auténtico Plus Ultra se encuentra en Argentina, país en el que hizo su última y definitiva parada, y cuyos habitantes salieron a la calle en masa para celebrar la gesta. Así que la señora me facilitó un billete de avión y dinero para mis gastos allá.

PinkertonVueloPlusUltraRecorridoEl vuelo transoceánico fue muy agradable. Para meterme en situación, me llevé un libro que estaba cogiendo polvo en mi biblioteca y que narra los inicios de la aeronáutica. Sí, muchacho, imagina qué locos esos primeros pilotos que arriesgaban su vida en pro de una vieja fantasía del hombre: volar. Curiosamente, ninguna película ha rememorado los hitos de la aeronáutica española. Nadie ha apostado aún por contarnos aquella maravillosa aventura que supuso el vuelo del Plus Ultra, y el triste destino de quienes formaban la expedición. Sin embargo, Hollywood sí apostó por sus viejos héroes. Seguro que has visto alguna vez “El héroe solitario”, dirigida por Billy Wilder. O “El aviador”, de Scorsese. Incluso hace poco se estrenó “Amelia”, una película sobre Amelia Earhart, la primera mujer piloto en cruzar el Atlántico en solitario.

Llegué a Buenos Aires y me monté en un taxi cuyo conductor no paró de hablarme de los problemas de su selección de fútbol. También me preguntó por Sabina y Serrat, los cuales son adorados allá. Me quedé en el hotel recuperándome del jet lag y, después de una enorme siesta, salí a callejear por las calles bonaerenses. Qué gran placer es pasear por esos rincones, muchacho; con esa vida que tiene la ciudad, esos acentos cantados… Me fui a un restaurante a disfrutar de sus carnes, y me tomé un postre con dulce de leche que casi consigue elevar mi alma por encima del cuerpo…

PinkertonVueloElheroesolitarioMe tomé el caso con mucha tranquilidad, ya que no implicaba riesgo ni grandes aventuras. Tan sólo había que introducirse en el hidroavión, y buscar allí el papelito en cuestión. Obviamente, había que buscarse una excusa, pues aquel ejemplar se encuentra en el Museo de Luján debidamente custodiado. Pero eché rienda suelta a mi imaginación, y me inventé la excusa perfecta para poder entrar en el aparato sin tener que hacerlo con nocturnidad y alevosía: me haría pasar por un escenógrafo contratado para una coproducción hispano-argentina que iba a narrar la aventura del Plus Ultra, y que necesitaba entrar en el interior para luego poder hacer una réplica exacta del célebre hidroavión.

Ante el entusiasmo del director del Museo por este proyecto de película, tuve que decirle que sería dirigida por Campanella, y que Ricardo Darín daría vida a Ramón Franco, el piloto e ideólogo de dicha expedición. Recé mil Avemarías para que ninguno de los presentes tuviese la más mínima relación con alguno de los cineastas nombrados, no fuera que mi pastel acabase siendo descubierto. Una vez en el interior del aparato, me senté en la silla del piloto, cerré los ojos, y me imaginé a mí mismo sobrevolando el Atlántico rumbo a Buenos Aires, donde más de un millón de personas nos recibirían como héroes de la aviación. Me imaginé que la travesía debía de ser complicada… que habría fallos técnicos que podían acabar con los planes, que un simple despiste nos podía hacer pasar de héroes a fracasados o, lo que es peor, a cadáveres… Pero pudimos hacer frente a las adversidades y, como en las mejores películas, hubo un final feliz que supuso una explosión de júbilo en las calles argentinas y españolas. Los héroes del Plus Ultra habían conseguido la hazaña. Entonces, como a James Stewart en la película de Wilder, una mosca me despertó de mi ensoñación… y me acordé del dichoso papelito.

Me puse a buscar en todos los recovecos que estaban a mi vista. Introduje los dedos en cualquier cavidad que encontraba… pero no encontraba nada, muchacho. ¿Dónde narices pudo haber escondido ese hombre aquel papel?. Me senté en el puesto del copiloto para ponerme en situación, y entonces me fijé en una pequeña ranura en el que bien podía entrar un pequeño papel. Con más maña que fuerza, y con ayuda de unas finas pinzas, conseguí coger el manuscrito, que efectivamente allí se encontraba. Estaba amarillento, con el color y  el olor del papel viejo. La tinta aún se conservaba bien a pesar de los años, y en él pude leer un mensaje…

PinkertonVueloAmeliaEarhartMuchacho, me vas a perdonar, pero en esta ocasión no podré decirte el contenido del mismo. Ni siquiera yo debí haberlo leído. Sólo te diré que aquel papel contenía un juramento, quizás a modo de testamento por si no salían vivo de aquella aventura. Regresé a España y le entregué el mensaje a la señora que me contrató. Al leer el mensaje, echó a llorar y, entre lágrimas, se alejó de mi despacho agradeciéndome el trabajo realizado. Marga también quiso saber qué decía aquel mensaje… pero no pude decírselo ni siquiera a ella.

Al día siguiente fui al Museo del Aire de Cuatrovientos, a ver la réplica del Plus Ultra que allí se expone, para honrar una vez más a los cuatro valientes de triste final que, antes de pasar a mejor vida, pudieron ilusionar a dos pueblos separados por un enorme océano: Ramón Franco, Julio Ruiz de Alda, Pablo Rada y Juan Manuel Durán.

¡Saludos!

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