“Jimmy Hoffa. Caso cerrado”

“Jimmy Hoffa. Caso cerrado”

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Hemos visto decenas de películas sobre la mafia americana, conocemos algunos de sus rituales, y hasta los propios mafiosos han copiado el estilo de las pantallas. El ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, cuando era fiscal general observó, y ha contado, cómo percibieron los cambios en actitudes, lenguaje y hasta vestimenta, antes y después del éxito de “El padrino”; a pesar de que Coppola y Mario Puzzo tenían más bien poca idea del mundo que retrataron. Martin Scorsese ha elegido para su nueva película, “El irlandés”, al hombre que se reconoce en decenas de horas de grabación como un asesino profesional que encaja con la época y los métodos.

Título: “Jimmy Hoffa. Caso cerrado”

Autor: Charles Brandt

Editorial: Crítica

Hasta el final de sus días siempre negó haber matado a Jimmy Hoffa, la persona más popular de Estados Unidos durante dos décadas. Jimmy Hoffa es conocido hoy, sobre todo, por ser el desaparecido más famoso de la Historia norteamericana. Cualquier estadounidense era tan capaz de reconocer a Hoffa como hoy a Tony Soprano. A una amplia mayoría de norteamericanos le habría bastado con oír su voz para identificarle. Entre 1955 y 1965 Jimmy Hoffa era tan famoso como Elvis. Y entre 1965 y 1975 su fama se sitúa junto a la de The Beatles.

En 1932 Jimmy Hoffa, con 19 años, trabajaba cargando y descargando camiones de frutas y hortalizas en el muelle de una compañía de alimentos, en Detroit, por 32 centavos la hora, pero 20 centavos de aquel salario eran pagaderos en mercancías de las tiendas de la propia compañía y además, los 32 centavos solo se pagaban cuando había trabajo. Los hombres tenían un turno de 12 horas y no se les permitía alejarse del muelle de carga. Si no había camiones para cargar o descargar, los trabajadores se sentaban donde podían sin cobrar un centavo. Una tarde de primavera, llegó un cargamento de fresas desde Florida: en aquel instante despegaría la carrera del líder sindical más famoso de la Historia de Norteamérica.

A una señal de Hoffa, los hombres que se harían conocidos como “los chicos de las fresas” se negaron a trasladar las frutas de Florida a los camiones frigoríficos hasta que su sindicato fuese reconocido y sus demandas aceptadas. Se incluía la garantía de cuatro horas al día remuneradas por cada turno de doce horas. Ante el temor de perder el cargamento de fresas, la empresa acabó por ceder.

Frank “el irlandés” Sheeran se alistó para luchar en la II Guerra Mundial y, para su desgracia, acabó en la famosa división 45, la “división asesina” construida por el psicópata General Patton. Fue allí donde se deshumanizó, donde aprendió a matar a sangre fría, tanto a prisioneros militares como a civiles. El primer capítulo de este libro resume su experiencia en la 45 y atrapa más que cualquier guión cinematográfico. “El irlandés” cumplió con el tópico mafioso de que te matará un buen amigo; o el de que tres personas pueden guardar un secreto si dos están muertas.

El trabajo de Charles Brandt, tras cientos de horas de entrevistas a lo largo de varios años, también es la biografía de una época. El FBI mantiene todavía bajo secreto miles de páginas sobre la investigación del caso. Es fácil recordar una de las secuencias esenciales de “El padrino”, la que lleva al joven Michael Corleone a tomar la decisión que cambiará para siempre su vida: un asesinato en un restaurante de Nueva York. “El irlandés” relata a Brand la técnica más adecuada para cometerlo en una de las muchas páginas donde resulta difícil levantar los ojos del texto:

“Crazy Joey Gallo debía de sentirse bastante seguro y cómodo en Little Italy. Se supone que nadie da un golpe en Little Italy porque siempre puede haber algún socio observando en silencio en un rincón del restaurante. En concreto, este restaurante italiano de pescado y marisco era propiedad de gente muy importante y acababan de abrir. Y es malo para el turismo en Little Italy cuando la gente piensa que no se trata de un lugar seguro para ir a comer. Aparte de que los turistas no siempre saben cómo ser buenos testigos y puede que carezcan de la prudencia necesaria como para decirle a la poli que todo había sido obra de ocho enanos de un metro veinte encapuchados.

De cualquier manera, la gente tiene sus reglas, aunque siempre las va dejando atrás poco a poco. Supongamos que estuviese en su poder abolir las reglas. En ese caso, no verían con malos ojos dar un golpe en Little Italy si fuese necesario. Aparte de que era cerca de la hora de cierre. En Nueva York, por ley, los bares cierran a las cuatro la mayoría de las noches, y estamos hablando de que esa hora ya había pasado o casi, así que no habría muchos turistas de Idaho de los que preocuparse. Gallo no era un hombre al que fuese fácil abatir a cualquier otra hora del día porque, adonde quiera que fuese, en las horas normales siempre había un fotógrafo de algún periódico al loro, tratando de sacar una buena foto. Quizás por eso buscaba tanta publicidad y celebridad: le daba protección. Todos esos fotógrafos eran mejor que tener guardaespaldas.

John Francis me dejó en el Umberto’s Clam House, en la esquina de la calle Mulberry con Hester, en Little Italy. El funcionamiento de este tipo de operaciones consiste en que John me deja en el lugar y, mientras yo voy al baño, “El Pelirrojo” da una vuelta a la manzana. Luego yo salgo justo cuando él viene a recogerme. Si no salgo, él tiene que esperar un par de minutos y, si pasado ese tiempo sigo dentro, quedo abandonado a mi propia suerte. Si llegasen a atraparme, todo lo que John podría decir es que él se limitó a dejarme allí para que yo fuese al baño. “El Pelirrojo” no habría visto lo sucedido en el interior; solo sabría lo ocurrido hasta cierto momento.

A veces de verdad ibas al baño, siempre que no tuvieses que pasar junto a la persona para llegar. Es una forma de comprobar que no hay nadie siguiéndote y también te permite revisarlo todo. Es, además, una manera de comprobar que no hay nadie en el baño de quien debas ocuparte. Por último, es una oportunidad para ir al baño. No es agradable tener que huir de un par de coches patrulla de la policía con la vejiga a reventar. Sin embargo, en una situación como ésta, con los testigos allí mismo, alrededor de la mesa, puedes arriesgarte a asumir que no habrá nadie en el baño. También puedes pensar que los testigos no verán nada si todo sucede lo suficientemente rápido y si todo sale bien, después te puedes ir tranquilo a la oficina. En un lugar así, el camarero y el tío de la barra ya sabrán lo suficiente como para no ver nada o, de otro modo, no estarían a las órdenes del propietario. A esa hora, todos los turistas de Idaho estarán en la cama.

Llegado el caso, todo lo que John podría decir es que yo había entrado para ir al baño. Si te toca encargarte de un asunto al aire libre, en plena calle, tu chófer tiene que estar allí aparcado, esperándote, y puede ver lo que pasa. A veces necesitas que esté al lado, junto a la acera, para deshacerse del hierro o para asustar a los testigos. Pero puertas adentro, como cuando asaltas una casa, es preferible trabajar en solitario. De esa manera, si las cosas salen mal, siempre se puede recurrir al argumento de la defensa propia. Durante todo el tiempo que pasé con esta gente nunca llegué a confiar lo suficiente en alguien como para encargarme de un asunto con otra persona en la misma habitación. Un chófer solo sabe lo que sabe y eso es bueno para todos, incluso para él mismo. Un tío que debe enfrentarse a la silla eléctrica es susceptible de venirse abajo y ablandarse. Si lo haces tú solo, eres el único chivato posible.

Había unas cuantas figuras de la supuesta mafia que lo esperaban en la esquina cuyo trabajo era felicitar a Crazy Joey y a los suyos al llegar. Eso disminuiría las sospechas de Joey si alguien entraba por la puerta. Al ver los faros de nuestro coche se dispersaron: ya habían hecho su papel. Ninguna de esas personas de Little Italy, como tampoco Crazy Joey ni su gente, me habían visto antes. Cuando veníamos a Nueva York, Russell y yo íbamos por la parte norte, al Vesuvio o al Monte’s, en Brooklyn, con los Genovese. Entré por la puerta de la calle Mulberry. Me fui derecho al bar, dándole la espalda a la parte del local que daba a Mulberry, donde estaba Gallo. Me di la vuelta y me quedé frente a la mesa, con la gente allí reunida. Me desconcertó ver a una niña pequeña entre ellos, pero ya me había tocado verlo varias veces en Europa. Un microsegundo después de situarme frente a ellos, el chófer de Crazy Joey recibió un disparo por la espalda. Las mujeres y la niña se escondieron bajo la mesa. Crazy Joey se giró sobre su silla y salió en dirección a la puerta de la esquina, hacia la derecha del pistolero. Era posible que intentase atraer los disparos lejos de la mesa o que, simplemente, intentara ponerse a salvo, aunque lo más probable era que estuviese haciendo ambas cosas. Era fácil cortarle la salida, enfilando desde el bar directamente hacia la puerta para perseguirlo. Salió por la puerta de la esquina del Umberto’s. Crazy Joey recibió tres disparos fuera del restaurante, un poco más allá de la puerta. Tal vez tenía su pipa en el coche y se dirigía hacia allí, pero no tuvo ninguna opción de llegar. Crazy Joey Gallo se fue a “Australia” el día de su cumpleaños en una ensangrentada acera de la ciudad.

Las historias que circulan por ahí hablan de tres pistoleros, aunque no es lo que yo cuento. Tal vez el guardaespaldas añadió otros dos hombres para no quedar él tan mal. Tal vez hubo tanta confusión con los disparos de las dos pistolas que pareció que hubiese más de un pistolero. Pero yo no añado a nadie más en la historia que no sea yo. Lo importante es que John Francis estaba siempre en su lugar y jamás le entraba el pánico. Él ya tenía su experiencia con la mafia irlandesa en Londres. John no era alguien que tuviese un trabajo concreto ni nada. El hombre vivía de su ingenio. Y no le faltaba. John enfiló de regreso a Yonkers por el camino más largo, no sin antes asegurarse de que nadie nos seguía y después de haber cambiado de coche. Como es natural, el siguiente paso fue deshacerse de las pipas en el río, en un lugar que él ya conocía. Hay un sitio similar en el río Schuylkill, en Filadelfia: si alguna vez se sumergiesen allí a bucear, encontrarían armas como para montar el arsenal de un país pequeño”.

Carlos López-Tapia

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