“Mi amigo el gigante”

“Mi amigo el gigante”

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La web oficial.

El argumento: Adaptación del cuento de Roald Dahl sobre una niña que une fuerzas con la Reina de Inglaterra y con un gigante bonachón, conocido como el BFG, para detener una invasión de malvados gigantes que se preparan para comerse a todos los niños del país.

Conviene ver: “Mi amigo el gigante” de Steven Spielberg es una bonita fábula de Roald Dahl que se queda en eso pero no logra pasar a la trascendencia de gran título. Spielberg vuelve a introducirnos en el mundo de la magia y la fantasía en el que le echábamos de menos y lo hace de la manera tan pulcra, cuidada, tierna y divertida que se esperaba. Eso sí, el problema es que la emoción no llega al punto que se merece. La historia comienza en los alrededores de un orfanato en una presentación con claros ecos dickensianos, aunque después descubramos que la historia se desarrolla en la década de los 80 del siglo pasado, y la cinta no se pierde en excesivas presentaciones para que enseguida se entrecrucen las historias de una niña huérfana inquieta y curiosa apasionada de la lectura y un gigante de buen corazón con cierto aspecto de profesor chiflado al que sus compañeros marginan por medir menos que ellos y ser bondadoso y vegetariano. Dos personajes inspirados por la relación del propio Dahl con su nieta, también llamada Sophie. El inicio entre oscuridad y el viaje al País de los Gigantes es un prodigio técnico aunque la cinta termina teniendo un bache en interés cuando se reitera demasiado en la confianza que van ganando poco a poco ambos personajes y vemos a los gigantes “comeniños” que hay que decir que más que miedo lo que dan es pereza, siendo sólo un pegote para justificar la bondad del gigante que encarna en rostro y voz un Mark Rylance que imprime al personaje de toda la ternura e ingenuidad necesaria, algo que llega a su punto máximo en un tercer y divertido acto (tan bizarro como chispeante) en el que entra en juego la mismísima Reina de Inglaterra, que encarna una genial Penelope Wilton (“Downton Abbey”). Al margen de haber tenido que utilizar la técnica de “motion capture” (hecho que no impide la química del gigante con la cría en una relación muy bonita entre ambos encontrando el afecto como combate a sus existencias solitarias), el director vuelve a contar con los habituales (entre ellos un John Williams con una música tan adecuada como parece que salida a borbotones de su vena creadora) y cuenta en el reparto con la niña Ruby Barnhill, Rebecca Hall y Rafe Spall en un conjunto que si bien se ve con agrado no deja de estar inundado de cierta sensación de rutina y de cumplir el expediente. Más dignidad y eficiencia propia del oficio que brillantez en una cinta hiperrealista de carácter marcadamente infantil (esos pedos verdes) y que en intenciones y trama busca a un público más inocente que el cáustico y transgresor que inunda ahora las salas lo que provoca que se quede en un humor plano e inofensivo y en cierta sensación de tedio en algunas fases.

Conviene saber: La guionista Melissa Mathison volvió a colaborar con Spielberg 34 años después de “E.T., el extraterrestre” poco antes de fallecer. La película se vio en el Festival de Cannes 2016 fuera de concurso.

La crítica le da un SEIS

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