Sesión de cine-cebolla: “Billy Elliot”

Sesión de cine-cebolla: “Billy Elliot”

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Querido primo Teo:

“Billy Elliot” fue una de las películas más destacadas del año 2000. Esa pequeña película británica puso en el mapa a Stephen Daldry, un director debutante proveniente del teatro y que con los años se ha convertido en el niño bonito de los Oscar (ha conseguido nominaciones en la categoría de mejor director por las tres películas que ha realizado). Su protagonista, Jamie Bell, se convirtió en el intérprete revelación de la temporada: ganó el Bafta y estuvo a punto de ser nominado a los Oscar. De hecho, Javier Bardem reconoció que su nominación por “Antes que anochezca” le pilló por sorpresa, ya que estaba seguro de que sería el joven actor inglés el que ocupara su puesto. Bell, un bailarín de claqué que jamás había actuado, está muy bien acompañado por dos secundarios de lujo: Gary Lewis (su padre) y Julie Walters (su profesora de baile).

Como anuncia su desafortunado subtítulo español, “Billy Elliot” es la historia de un niño que “quiere bailar”. El principal obstáculo al que deberá enfrentarse por alcanzar su sueño no será otro que su padre: un hombre de Cromagnon que no entiende que su hijo prefiera bailar antes que practicar un auténtico deporte de hombres como es el boxeo. Pero en la película también hay lugar para el más puro “cine social británico”, que hace acto de presencia en aquellas escenas que reflejan la huelga de los mineros del pueblo (entre los que se encuentran el padre y el hermano de Billy). La película es una perfecta combinación entre comedia y drama y destaca por el extraordinario empleo que hace de la música (sin ser un musical).

La escena que va a formar parte de nuestra “galería de lágrimas” es la última escena. Un epílogo que nos sitúa varios años después de los acontecimientos que nos cuenta la película, cuando Billy es ya un bailarín consagrado, y su padre y su hermano van a verle actuar en la gran ciudad. La secuencia tiene a su favor el enorme poder evocador de “El lago de los Cisnes” (que hemos podido volver a comprobar recientemente en “Cisne negro”). Muy lejos quedan los tiempos en que el padre se empeñaba en impedir que su hijo hiciera realidad su sueño. Los gritos (y golpes) de antaño se han transformado en lágrimas de emoción ante el orgullo que experimenta el padre cuando contempla en lo que se ha convertido su hijo.

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Tu primo.
Janaji

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