“La trinchera infinita”

“La trinchera infinita”

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La web oficial.

El argumento: Higinio y Rosa llevan pocos meses casados cuando estalla la Guerra Civil, y la vida de él pasa a estar seriamente amenazada. Con ayuda de su mujer, decidirá utilizar un agujero cavado en su propia casa como escondite provisional. El miedo a las posibles represalias, así como el amor que sienten el uno por el otro, les condenará a un encierro que se prolongará durante más de 30 años.

Conviene ver: “La trinchera infinita” se ha convertido ya en uno de los grandes títulos españoles de la temporada. No es habitual ver una película dirigida a seis manos pero los artífices de “Loreak (Flores)” o “Handia” se unen al completo para albergar una cinta que bien podría ser una más ambientada en la Guerra Civil pero que lo que es no es más (ni menos) que la historia real de amor, reclusión y sacrificio de Higinio y Rosa, un matrimonio que vivió más de tres décadas viviendo una relación clandestina con él escondido en su propia casa perseguido por el régimen franquista con el único delito de ser acusado de un chivatazo y, sobre todo, de estar en el bando de los perdedores. La cinta se desarrolla durante 147 minutos que, a pesar de su duración, no hacen más que dotar de fuerza y emoción a una cinta sutil que se apoya en el trabajo de sus dos actores pero también en lograr que la cámara se maneje con viveza, brío y tensión a pesar del escaso escenario en el que se mueve y ver todo a través de los ojos del protagonista que atisba lo que hay alrededor a través de su zulo, así como las rendijas y sonidos que escucha y la cautela con la que tiene que vivir continuamente con su mujer y su hijo con el miedo pegado al cuerpo como compañero indeseado pero perenne. “La trinchera infinita” es valiosa como documento histórico sobre el dolor de una España dividida y herida que vive entre la soledad, los traumas del pasado, el miedo y la evolución de un matrimonio obligado a transformarse ante las circunstancias pero que, aún en los peores momentos, mantiene esa sensación de complicidad y sacrificio habiendo sido rodado con sumo intimismo lo que es el conflicto vivido en un país cuyos coletazos fueron (o todavía son) largos como tentáculos marcando la forma de vivir de esos ocultos de la sociedad, por ideología o condición, guardados bajo la alfombra de la intransigencia y el odio. La cinta está rodada con gran inteligencia y da la impresión de que este equipo de directores y guionistas siempre toman la decisión correcta, en un fino equilibrio para que esos 30 años (dentro de su cotidianidad) hagan mantener siempre el interés y la sensación de que continuamente están pasando cosas, lo que muestra la gran planificación en la puesta en escena y en la dosificación de la historia que no tira de obviedades y que se aprovecha de simbolismos como la evolución resignada en la mirada de él (obligado a ser un ermitaño de sí mismo que ya ni siente ni padece) o la evolución física y psicológica de ella, representante de una generación de mujeres fuertes y que vivieron en sangre, dolor, violencia y violaciones las barbaridades de un régimen que de provisional se antojó como perenne ante ese armisticio que nunca llegaba. A pesar de un arranque tan potente como reiterativo, la cinta no hace más que crecer mientras pasan los años y los personajes van acumulando dolor, sentimiento de oportunidades perdidas (como un viaje de novios siempre retrasado) o el criar a un hijo con semejante panorama en el que el padre no existe a ojos de los demás, en uno de esos pueblos de la Andalucía profunda en el que los chismes y chivatazos abundan ganando en peligro por la negritud de la época. Un retrato del miedo en la España del franquismo (que conecta con otros títulos como “Mambrú se fue a la guerra” y “Los girasoles ciegos”) con un magnífico Antonio de la Torre y una Belén Cuesta que demuestra que puede con todo lo que le echen, brillando tanto en drama como en comedia, y que construye una Rosa bandera de muchos mujeres y que sufre en cuerpo y mente los desmanes del régimen en un descenso a la locura que supone un enorme desgaste para cualquier matrimonio en esta situación. Sentimos la asfixia y la rabia de su personaje y con su mirada y voz magnética, incluso en los momentos de sexo desesperado, o aquellos en los que no queda otra que fingir ante las evidencias de lo que allí está pasando, saca el alma del personaje y lo convierte en el leitmotiv de la cinta, catapultando a Cuesta al próximo Goya a la mejor actriz. Un trabajo cinematográfico tan complejo como mayúsculo, aunque sin renunciar a un tono sencillo e íntimo que en cierta manera hace justicia a todas esas vidas truncadas (física o metafóricamente) que dejó un conflicto como la Guerra Civil reivindicando su valentía y el hecho de que el amor mutuo, y el cultivarlo aunque sea en las peores circunstancias, es capaz de todo.

Conviene saber: La película de Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga ganó los premios de dirección y guión en el Festival de San Sebastián 2019.

La crítica le da un OCHO

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