"Causa de la muerte"

"Causa de la muerte"

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La literatura de ficción y las pantallas llevan décadas entrando con muchos detalles, a menudo sensacionalistas pero también a menudo muy bien documentados, en el lugar de trabajo de los médicos forenses. Por muchas ocasiones en que se haya visitado Londres o su famosa Galería Tate, en pleno Westminster, no es habitual que los guías señalen un edificio de ladrillo rojo con una fachada bonita. Es la sede del tribunal del Fiscal General, tras la que se agazapa la morgue de Westminster, donde ha pasado buena parte de su vida Richard Shepherd.

Título: "Causa de la muerte"

Autor: Richard Shepherd

Editorial: Península

Shepherd es el forense más popular de Inglaterra, el que acudió a Nueva York por el atentado contra las Torres Gemelas, a París por la muerte de Lady Di, o a Bali tras las dos bombas de Al Qaeda, además de haber intervenido en el atentado del metro de Londres y en los crímenes y juicios más resonantes de las islas británicas en cuatro décadas.

No es corriente que los forenses publiquen sus memorias, en parte porque poseen datos muy delicados que afectan a familias y que están obligados a proteger ya sea por ley o por simple sensibilidad humana. Este libro por lo tanto es un caso infrecuente, que ha despertado tanto interés como para ser traducido a varios idiomas y también algunas críticas de colegas de Shepherd que consideran que no es positivo airear lo que transcurre en una sala de autopsias.

Shepherd es un caso de vocación extrema, descubierta cuando era un adolescente... "He tenido la suerte de dedicar mi vida laboral a una profesión que me ha fascinado desde el momento en el que supe que existía. Tengo más de sesenta años. Soy médico forense y he practicado más de 20.000 autopsias. Mi trabajo ha hecho que me familiarice con el cuerpo humano sin vida tras enfermedades, procesos de descomposición, crímenes, masacres, explosiones, entierros y desastres de grandes dimensiones.

Aterricé en una Nueva York extrañamente silenciosa, incluso para aquellas horas de la madrugada. El horror había hecho enmudecer la ciudad. Nueve días después de que las torres se desplomaran, el aire seguía impregnado de polvo y del olor de lo ocurrido. Y, aunque había carreteras cortadas y túneles cerrados, en las retenciones nadie hacía sonar la bocina.

Al llegar, a las 2:30 de la madrugada, me esperaba una escena inolvidable. El edificio en sí era un feo mazacote de hormigón de los años sesenta, pero el edificio no era lo que llamaba la atención. Las calles adyacentes y los aparcamientos se habían dividido en parcelas y estaban rodeadas de un cordón de seguridad, porque es allí donde estaba la zona de recepción, abierta las veinticuatro horas. Tras pasar el control de seguridad me vi en una plaza improvisada, bien iluminada, llena de carpas que hacían las veces de cafeterías y de trabajadores que se tomaban un respiro frente a un café y un donut. Más allá había grandes remolques frigoríficos, al menos treinta, colocados ordenadamente en hileras en los aparcamientos colindantes, sobre los que se habían instalado carpas, con flores custodiando las entradas y banderas estadounidenses a modo de tristes centinelas.

Olfateé el aire. Ese aroma. Estaba claro que los remolques estaban llenos de fragmentos de cuerpos humanos. Incluso a aquellas horas de la noche, de vez en cuando un coche fúnebre daba marcha atrás en el muelle de carga con una bolsa de cadáver en su interior. Los equipos de rescate trabajaban día y noche en la zona cero y los forenses tampoco paraban".

El libro de Richard Shepherd está repleto de imágenes literarias como la anterior y también de detalles sobre su propia vida y sentimientos ante casos que implicaban a niños de todas las edades, o sencillamente personas vivas que tenían que asistir al ritual de una autopsia por vez primera por razones profesionales pero sin la preparación de un forense.

El relato huye en la medida de lo posible de cualquier morbo, y practica con los lectores la misma técnica que la usada por el autor ante novatos: compensar el impacto natural con información comprensible, incluyendo el elemento más humano posible, como es la ayuda a las familias o la detención de criminales.

Shepherd consiguió salvar vidas cambiando prácticas policiales, como los protocolos de detención que habían provocado la muerte de algunas personas al resistirse a las detenciones forzosas, sin llegar a los casos de la policía estadounidense que todos conocemos, pero que provocaron muertes por asfixia.

"Una mañana temprano, sin previo aviso, llegaron a su casa agentes de inmigración con órdenes de deportarla. Los acompañaban varios agentes de policía, quizá porque esperaban que opusiera resistencia. Y Joy Gardner se resistió. Debió de pensar que luchaba por su modo de vida. Quizá no imaginaba que luchaba por su vida. Los agentes, inexpertos y sin la formación adecuada pero decididos a cumplir con las órdenes recibidas, forcejearon con la mujer para ponerle el cinturón de transporte mientras ella luchaba y los mordía, ante la mirada de su hijo pequeño. En respuesta a sus mordiscos, los agentes enrollaron casi cuatro metros de cinta adhesiva quirúrgica —Elastoplast— alrededor de su boca y de su cara. Creyeron, erróneamente, que como no le habían tapado la nariz la mujer no tendría problemas para respirar. Pero eso es un mito. Cubrir la boca puede matar. No se trata solo de poder respirar: se trata de poder respirar lo suficiente".

Asistimos a juicios donde defensores y fiscales se apoyan o desacreditan a los forenses según sean convocados por defensas o acusaciones y no faltan las autocríticas ni las consideraciones psicológicas dentro de unas memorias bien escritas y equilibradas, que no cansan en ningún momento y atrapan a menudo.

El primer forense protagonista del mundo televisivo surgió ante la necesidad de despertar vocaciones en Estados Unidos, hoy no parece que haya este problema pero "Causa de la muerte" también puede verse como un banderín de enganche vocacional para un trabajo poco corriente, tan necesario como duro, necesitado de personas empáticas capaces como Richard Shepherd de controlar sentimientos sin eliminarlos.

Carlos López-Tapia

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