Cine en serie: "Bomba en el Pan Am 103", 850 millas cuadradas para encontrar la verdad
Querido Teo:
La decisión más reveladora del rodaje de "Bomba en el Pan Am 103" consistió en reservar el pueblo de Lockerbie para la memoria en vez de emplearlo para la acción y reconstrucción. La producción llevó a otros lugares las recreaciones de la destrucción y entró en la localidad real después de reunirse con vecinos, comerciantes y autoridades para explicar qué pretendía hacer. Allí permaneció apenas dos días, filmando en el ayuntamiento, el cementerio de Dryfesdale y Tundergarth, espacios vinculados a las víctimas y al recuerdo. Hay algo importante en esa elección: 37 años después del atentado, Lockerbie puede servir como localización cinematográfica, pero continúa siendo el lugar donde murieron personas que tenían vecinos, familias y amigos.
El 21 de diciembre de 1988, el vuelo 103 de Pan Am volaba de Londres a Nueva York cuando una bomba destruyó el Boeing 747 sobre el sur de Escocia. Murieron las 259 personas que viajaban a bordo y otras once en tierra: 270 víctimas y el atentado terrorista con mayor número de muertos sufrido en Gran Bretaña.
La serie convierte aquella catástrofe en una investigación donde el tamaño importa casi tanto como el crimen: restos del avión y de su contenido aparecieron repartidos por unas 850 millas cuadradas. Michael Keillor dirige con la experiencia de "Line of duty" (2016), y explica el origen de su interés con una frase sencilla: "Me atraen las historias de injusticia".
Ahí aparece una de las virtudes de "Bomba en el Pan Am 103". Jonathan Lee, creador y guionista principal, entendió que una investigación de semejante tamaño quedaría falseada si la reducía al investigador genial que encuentra la pieza decisiva: "A mucha gente le gustaría que fuera la historia de un superpolicía que lo resolvió todo, pero aquello no fue así", explicó.
La imagen que orientó el guion fue la del almacén de Longtown, donde partes del fuselaje reconstruido colgaban formando un gigantesco puzle. Nosotros vamos entendiendo el caso de la misma manera: policías escoceses, especialistas forenses, FBI, testigos, familias y habitantes de Lockerbie aportan fragmentos que adquieren sentido cuando empiezan a encajar.
Las dificultades de producción nacieron precisamente de esa escala. Había que transmitir centenares de kilómetros cuadrados de búsqueda, reconstruir procedimientos policiales de 1988 y devolvernos a un mundo de teléfonos fijos, papel, fax y bases de datos que hoy parecen prehistóricas. Todo ello exigía además representar cadáveres, pertenencias personales y restos de un avión sin convertir el sufrimiento en espectáculo.
La investigación real dependió de examinar cantidades extraordinarias de material hasta que objetos diminutos empezaron a proporcionar conexiones; la ficción aprovecha esa desproporción entre la inmensidad del desastre y el tamaño minúsculo de algunas pruebas para generar buena parte de su tensión.
Las localizaciones ayudan a entender hasta qué punto este relato se expandió por el mundo. Escocia aporta el paisaje y numerosos interiores: el aeropuerto de Prestwick se transforma sucesivamente en Heathrow, JFK y el aeropuerto de Malta; la Mitchell Library de Glasgow presta espacios a Washington; una pista de hielo de Hamilton sustituye a la de Lockerbie donde fueron llevados los cuerpos, y las City Chambers de Glasgow acogen el tribunal escocés instalado en los Países Bajos.
Toronto representa distintos escenarios de Washington y Malta recupera los lugares relacionados con aquella parte de la investigación. Así, cada desplazamiento nos saca un poco más del pueblo donde cayó el avión y nos introduce en el laberinto internacional que nació aquella noche.
La música es de Mogwai, el grupo escocés de postrock, que compuso quince piezas originales y trabajó de una manera especialmente interesante: empezó antes de disponer de imágenes definitivas. Keillor les enviaba indicaciones, ellos devolvían música y el montaje probaba después qué materiales funcionaban. El director recuerda que la propuesta de Mogwai era "muy atmosférica, pero también reflexiva y melódica".
El resultado acompaña mejor de lo que empuja; hay tensión, electrónica, melodías suspendidas y una sensación de trabajo paciente que casa con policías inclinados sobre objetos, mapas y fotografías. En una historia donde el ruido de la catástrofe podría haberlo invadido todo, la banda sonora comprende el valor del silencio.
La comparación entre realidad y ficción exige más cuidado. McCusker, Marquise, Kathryn Turman y buena parte de los investigadores existieron y participaron en la documentación del proyecto, pero una dramatización comprime años, reorganiza conversaciones y construye continuidad donde la vida real ofrece documentos dispersos.
El itinerario de la investigación no lo voy a recordar aunque se trate de un caso muy conocido, porque siempre hay alguien que no lo recuerda o era demasiado joven, pero si se puede decir que se necesitaron más de diez años y la serie los abarca.
Si conviene recordar que partes de esa reconstrucción probatoria llevan décadas siendo discutidas. Por eso resulta tan interesante enfrentar esta producción con "Lockerbie: En búsqueda de la verdad" (2025), la miniserie con Colin Firth como Jim Swire: aquella contempla el caso desde un padre que acabó cuestionando la versión judicial; ésta se coloca fundamentalmente junto a quienes la construyeron. Son dos puntos de observación que conducen a televisiones muy diferentes.
También merece un lugar "Bomba en el Pan Am 103", porque aquí la realidad resulta más tóxica de lo que permite el relato policial. Semanas antes del atentado existió la llamada advertencia de Helsinki: el 5 de diciembre la embajada estadounidense recibió una amenaza anónima sobre una bomba en un vuelo de Pan Am entre Fráncfort y Estados Unidos; el aviso llegó a Pan Am, a las autoridades alemanas y a la FAA, y la embajada en Moscú distribuyó posteriormente información entre su personal.
Tras Lockerbie, una comisión presidencial investigó por qué los funcionarios habían dispuesto de aquella advertencia mientras los viajeros corrientes carecieron de ella. Cuatro años después, un jurado federal declaró que Pan Am y dos filiales habían incurrido en conducta dolosa por unas medidas de seguridad deficientes que no detectaron la bomba. La aerolínea había dejado de operar en 1991, de manera que aquel veredicto de 1992 pertenece a la historia judicial de su responsabilidad, no a la causa de su desaparición.
Y aquí está quizá la principal diferencia con la serie protagonizada por Colin Firth. "Lockerbie: En búsqueda de la verdad" concentra su energía en la desconfianza de Swire hacia gobiernos, investigadores y conclusión judicial; "Bomba en el Pan Am 103" encuentra su fuerza en el trabajo colectivo de investigación y en la cooperación, llena de fricciones, entre Escocia y Estados Unidos. Las dos juntas resultan más interesantes que cualquiera convertida en verdad definitiva.
Las críticas dirigidas durante décadas a las administraciones de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, a los servicios de inteligencia o al desplazamiento de unas líneas de investigación hacia otras pertenecen a una controversia histórica real, aunque sería excesivo convertir esas sospechas en responsabilidades demostradas. El caso sigue teniendo zonas en disputa, y precisamente por eso merece que distingamos siempre una sentencia, una hipótesis y una sospecha.
Lockerbie sí cambió nuestra manera de volar, aunque su herencia concreta conviene separarla de medidas posteriores. Después del atentado se generalizó la reconciliación entre pasajero y equipaje: si quien ha facturado una maleta pierde el vuelo, esa maleta debe abandonar también el avión.
Los controles derivados de los atentados del 11-S, del terrorista del zapato o del complot de los explosivos líquidos pertenecen a capítulos posteriores de la seguridad aérea. La huella directa de 1988 está en aquella idea elemental y decisiva de seguir cada equipaje y tratar cada anomalía como una amenaza posible.
Al terminar "Bomba en el Pan Am 103" queda, sobre todo, una paradoja. La explosión duró segundos y la investigación ocupó años; una maleta bastó para destruir un avión y miles de personas tuvieron que trabajar para reconstruir su recorrido; Lockerbie era una localidad escocesa y acabó convertida en el centro de una historia que atravesó Estados Unidos, Alemania, Malta, Libia y los Países Bajos.
La miniserie encuentra su mejor imagen en aquel puzle de Longtown: innumerables pedazos suspendidos, cada uno casi insignificante, hasta que alguien descubre dónde encaja. También nosotros terminamos viendo Lockerbie así, como un lugar donde la memoria y la investigación continúan obligándonos a distinguir cuidadosamente entre lo que sabemos, lo que creemos y lo que todavía seguimos preguntándonos.
"Bomba en el Pan Am 103" puede verse en España en Netflix
Carlos López-Tapia































