El Fantasma de la Ópera I / V: La casa del fantasma

El Fantasma de la Ópera I / V: La casa del fantasma

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Querido diario:
Este es el comienzo de la serie de mi tío Anibal sobre el Fantasma de la Ópera.

I / V La Casa del Fantasma.

II / V El Padre del Fantasma)

III / V. El fantasma viaja a Hollywood

Todavía hoy el edificio de la Ópera en París, resulta un escondite excelente para alguien que conociera las costumbres de los pocos vigilantes que lo custodian. En particular desde que en 1990 la Ópera pasó a la Bastilla y en el enorme edificio quedó sólo el ballet. Un prófugo inteligente podría sobrevivir mucho tiempo sin ser visto, ocultándose en el nivel más profundo, en el séptimo sótano.

Ese nivel está enrejado, y tras la reja hay un lago de aguas oscuras que inundan los cimientos. Se puede visitar con un permiso especial de las autoridades, pero salvo por alguna causa muy especial, nunca desciende nadie. Sólo cada dos años bajan a inspeccionar algunos técnicos especializados que suben a bordo de unas balsas de fondo plano para comprobar que los cimientos sumergidos se conservan en buen estado. El resto del tiempo es un mundo de oscuridad y silencio… desde hace un siglo.

Una noche de enero de 1858, el emperador francés Napoleón III y su esposa se dirigían en la carroza imperial a la ópera. El teatro donde se interpretaba era un edificio viejo, situado en una calle estrecha de un barrio céntrico del París antiguo. Un anarquista italiano de apellido rancio y noble, Orsini, esperaba el paso de la comitiva con tres bombas incendiarias bajo el capote que le protegía del invierno crudo y húmedo de la capital de Francia. Las lanzó contra la carroza de Napoleón. Entre muertos y heridos alcanzó a 150 personas, pero no a la pareja imperial.

A los pocos días Napoleón III había hablado con el prefecto, el barón Georges Haussmann, y decidieron que París necesitaba un teatro donde fuera fácil proteger a las autoridades. Haussman se había convencido de que era posible controlar a las masas de revolucionarios, chusma harapienta, con tendencia a atacar a la policía y luego desaparecer por las estrechas calles de su ciudad. Estaba orgulloso de su nueva plaza de L’Etoile, y de los grandes bulevares que confluían en ella, porque bastaría con unos cuantos cañones situados en la plaza para dominar a miles de manifestantes.

Convocaron a los mejores arquitectos para el nuevo palacio de la ópera y entre los 170 proyectos presentados se eligió el más vanguardista y grandioso, el de un arquitecto joven, Jean Louis Charles Garnier; que había presentado un edificio soberbio que costaría una fortuna, pero impresionante en la mezcla de estilos y pensado como un salón principesco para recepciones oficiales.

Apenas tres años después del atentado fallido, el espacio donde se asentaría el palacio había sido despejado, todo estaba listo, pero las obras se detuvieron nada más empezar, al encontrarse con un río subterráneo que atravesaba la zona. Haussman se opuso a cualquier cambio. El coste del material y sobre todo la mano de obra barata lo permitían. Garnier instaló entonces ocho bombas de vapor gigantescas que, durante varios meses, llenaron toda la zona de ruido y lodo.

Pero al final secó el suelo lo suficiente para poder levantar dos estructuras enormes, que abrazaban la base de toda la construcción. Eran dos grandes cajas separadas por un espacio que se rellenó con un aislante, para “encajar” luego todo el edificio en su interior. Aún así no pudo evitar que se filtrara agua suficiente para que se formarse el lago del sótano. Tras ocho años de trabajo continuado el teatro ya presentaba un aspecto imponente. Pero en 1870 la obra se detuvo de nuevo, esta vez por la guerra contra Prusia, que extendió el hambre y la miseria por la ciudad cuando los prusianos le pusieron cerco.

La revolución de “La Comuna” que siguió a la guerra convirtió los pisos y los pasadizos de la obra inacabada en una cárcel y un almacén de armas y pólvora. Sus pasillos y recovecos vieron torturas y ejecuciones. Durante los años siguientes, los obreros y técnicos, encontraron restos humanos enterrados en distintos lugares. Nadie puede asegurar que no los haya todavía en las partes más profundas y nunca utilizadas.

Por fin en 1875, tras 17 años de trabajos, se inauguró el gran edificio tal y como lo conocemos hoy. Tiene once mil metros cuadrados en 17 plantas, diez sobre el nivel del suelo y siete subterráneas, 2.500 puertas que los bomberos del teatro tardan más de una hora en revisar. En tiempos de Garnier había 1.500 trabajadores permanentes, 900 globos de luz de gas alimentados por quince kilómetros de tuberías de cobre. La araña del techo pesa siete mil kilos. Y sin embargo solo hay butacas para algo más de 2.100 personas, menos que en teatros más antiguos, porque está lleno de escaleras majestuosas y grandes salones para ofrecer recepciones imperiales.

En 1910 entre los visitantes del teatro había un periodista famoso, reconvertido hacía poco en escritor que habló con artistas y trabajadores del teatro. Después utilizó lo que le contaron… y así comenzó la vida del fantasma.

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