Cine en serie: “Mindhunter”, la fascinación por los mecanismos del mal

Cine en serie: “Mindhunter”, la fascinación por los mecanismos del mal

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Querido Teo:

Inexplicablemente fuera de la arena de los premios (ni siquiera los Globos de Oro la han destacado entre sus candidaturas a pesar de lo que les encantan las series de estreno), “Mindhunter” se ha confirmado como una de las mejores series que nos ha dejado el extinto 2017 y que, afortunadamente, ya ha asegurado que volverá con una segunda temporada que continuará las investigaciones emprendidas por los agentes del FBI Holden Ford y Bill Tench, un tándem que se ha convertido en ya imprescindible y que esperamos seguir viendo por mucho tiempo.

“Mindhunter” es uno de los grandes aciertos de un Netflix que en 2017 ha estado en la cresta de la ola con series como “The crown”, “Por trece razones” o “Alias Grace”, sólo por decir unas pocas, centrándose en dos agentes del agente FBI que trabajan a finales de los 70 trazando perfiles psicológicos evitando futuros crímenes a través de entrevistas a una serie de psicópatas encarcelados con el fin de encargarse de los crímenes más singulares y sangrientos todavía sin resolver. Una especie de serial de crímenes, entre “Mentes criminales” y “Minority report”, basado en el libro homónimo escrito por John E. Douglas, agente del FBI durante 25 años y uno de los pioneros en estos perfiles criminales, y Mark Olshaker, que narra varios asesinatos en serie y que sirvió de inspiración a Thomas Harris para el personaje de Jack Crawford en su saga en torno a Hannibal Lecter. El proyecto ha sido producido por David Fincher (que dirige cuatro de los diez capítulos de la primera temporada) y por Charlize Theron que ya barajaron hace un tiempo llevar el proyecto a HBO. Asif Kapadia, Tobias Lindholm y Andrew Douglas dirigen el resto de capítulos.

A lo largo de una intensa primera temporada, que juega con esa atmósfera sombría y subyugante con la que el director ya nos deslumbró en “Zodiac”, asistimos a la creación de una unidad (casi clandestina) de investigación dentro de los sótanos del FBI en el que un avezado (y algo petulante) joven agente (fascinado por los mecanismos de la mente que conforman la personalidad detrás de un crimen) y otro más veterano (comprometido pero ya de vuelta de todo) acaban compartiendo incansables horas de viaje en coche y avión entrevistando a asesinos reales que les llevan a intentar establecer pautas de conducta a pesar del poco convencimiento con el que los mandos superiores del FBI valoran estas investigaciones, viéndolas más como un capricho concedido a dos activos del cuerpo bastante críticos con los cauces habituales de la organización.

Jonathan Groff (visto en series como “Glee” y “Looking”) sorprende como un joven Holden Ford, el típico perfil de personaje cautivado por la palabrería, ego y medias verdades de esos asesinos y que termina cumpliendo ese clásico perfil psicopático de base que sólo depende si se encauza para el bien o para el mal. Holden está del lado de la ley pero algunas de sus prácticas, y cómo la obsesión por su trabajo acaba provocando que su vida personal sea muy parecida a la del periodista que encarnaba Jake Gyllenhaal en “Zodiac”, le acaba afectando (no hay más que ver la escena final de derrumbe psicológico y ansiedad taquicárdica con el que termina la temporada) tras toda la tensión acumulada. Enfrente (o al lado) sus aliados son ese compañero que asume un rol de rudo hermano mayor interpretado por Holt McCallany (que se refugia también en el trabajo buscando el afecto y el respaldo que no encuentra en un hijo pequeño adoptado que no le habla) y la estilosa Wendy Carr interpretada por Anna Torv (más Cate Blanchett que nunca), profesora universitaria que acaba uniéndose al barco coordinando la unidad desde un punto de vista de asesoramiento académico y también organizativo, que evidentemente chocará con esa espontaneidad anárquica e impulsiva con la que Holden aborda su trabajo.

Hay muchos alicientes para disfrutar con “Mindhunter” y entre ellos está el perfecto equilibrio con el que Fincher aborda una historia que no necesita de efectismos ni de acción trepidante para cautivar al espectador. Todo se va cociendo a fuego lento a base de atmósfera y diálogos que valen su peso en oro y que van poco a poco pelando las capas de la coraza que presentan tanto víctimas, verdugos e investigadores. Y es que no es necesario ver ni un solo crimen en pantalla (más allá de los sugeridos en los títulos de crédito) para que lo que se intuya, y la fuerza de las palabras, sean más escalofriantes que cualquier apuñalamiento y es que la tranquilidad pasmosa con la que algunos de los asesinos hablan de sus actos, y el saber que todos ellos encarnan a personajes y crímenes reales, ya es más que suficiente. Sólo basta ver el prodigioso Edmund Kemper (interpretado por la revelación Cameron Britton), como sucesor tanto intelectual como audiovisual de Hannibal Lecter, para que el espectador sienta tanto rechazo como fascinación, lo mismo que a un Ford que tendrá en este personaje su talón de Aquiles y también su máxima inspiración para sustentar que sus investigaciones (más allá de la financiación necesaria y el tiempo que le pueda llevar completarla) son concluyentes y que supondrán un punto de inflexión a la hora de establecer perfiles criminales por parte del FBI.

Aunque la serie sigue un desarrollo secuencial, desde que surge la unidad tras el ímpetu e insistencia de Ford y Tench, hay capítulos dedicados a ciertos personajes y casos siendo especialmente llamativos aquellos en los que aparece el mencionado Kemper (1×02, 1×03 y 1×10), el juguete roto Monte Rissell (1×04), como explosión de rabia frente a su juvenil apariencia, el atribulado y aparentemente inocente Benjamin Barnwright tras conocer la muerte de su novia (1×05 y 1×06), y toda la trama de dominación, complejo y subordinación que allí se esconde, el fetichista de los zapatos de mujer Jerry Brudos (1×07 y 1×08), el desasosegante por su iracundidad machista Richard Speck (1×09), o el podador de árboles Gene Devier (1×10) en un ejercicio prodigioso de empatía llevado a cabo por Ford para desmoronarlo. No se pueden dejar de mencionar algunas subtramas que no hacen más que redondear la calidad y profundidad de la serie como es la del destino de ese gato del edificio en el que vive una solitaria Wendy Carr, obligada a cambiar de ciudad y de vida en pro de esa investigación, la inquietante figura con la que se abre todos los capítulos de la serie, o la subtrama de ese director de instituto local a la que la sombra de la sospecha (sea cierta o no) acaba destrozando su vida cuestionando hasta qué punto las prisas de los protagonistas por llevar su empresa a buen término también provoca el descarrilamiento de personajes excéntricos pero, no necesariamente, sospechosos y metiéndolos en el mismo saco de culpa en pro de llenar de números, datos y cifras de éxito el estudio.

La segunda temporada de “Mindhunter” ya está confirmada y según declaró Fincher se centrará en los asesinatos de los niños de Atlanta, 28 asesinatos de afroamericanos entre 1979 y 1981, por lo que parece que será muy importante el peso de la música, el salto de década y la continuación de los progresos de estos agentes cuyas prácticas, en algunos casos y como deja en el aire el fin de la primera temporada, pueden terminar lastrándolo todo. Y es que los pioneros, y más en un entorno en el que el mal se propaga más rápido que los cauces que el bien establecido impone a través de la ley, nunca lo tuvieron fácil.

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Nacho Gonzalo

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