Conexión Oscar 2018: El triunfo del esfuerzo y el prestigio de un cuarteto de actores que dignifica cualquier premio

Conexión Oscar 2018: El triunfo del esfuerzo y el prestigio de un cuarteto de actores que dignifica cualquier premio

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Querido Teo:

Como aficionado a los Oscar una de mis fotos favoritas de todos los años es esa en la que los cuatro actores ganadores posan juntos con su estatuilla. En los últimos tiempos hemos visto de todo y se han dado titulares sobre el color de piel de los mismos o sobre su simpatía o no a la hora de haber llevado su campaña de cara a hacerse con un Oscar para el que, se tiene la idea preconcebida y por otro lado cierta, que para poder hacerse con el premio también hay que ser muy simpático. Hay gente que no lo ha necesitado, e incluso pasando de hacer campaña o mostrando desesperadamente que quieren el Oscar (se me pasa por la cabeza en cierta manera Mo´nique, Melissa Leo o Anne Hathaway), se han hecho con la estatuilla. El cuarteto de actores que ha ganado este año, al margen de que han tenido que estar más solícitos y distendidos de lo habitual, dejan una foto para enmarcar. Un cuarteto actoral de nivel de esos que, al margen de cualquier premio, dignifican la profesión y en los que ha habido unanimidad absoluta cayendo para sí todos los premios importantes de la temporada. Y es que el oscarómetro ya pronosticó la victoria de todos ellos desde el pasado 24 de Septiembre de 2017.

Y es que los cuatro actores ganadores de este año están en torno a los 50 años, superando esa edad ampliamente tres de ellos, una rareza en los tiempos que corren y en los que lo que vende es el guapo/a (y joven) de turno luciendo palmito. Y es que hemos tenido exceso (sobre todo en la categoría femenina) de premios discutibles como los de Jennifer Lawrence o Lupita Nyong´o que han encajado en ese perfil. Y es que muchos/as lo han ganado con merecimiento (a pesar de la edad y la carrera) pero nadie ha regalado nada a intérpretes como Gary Oldman, Frances McDormand, Sam Rockwell y Allison Janney que se han hecho una carrera por sí mismos sin la protección de un gran director o Estudio. Si han ganado el Oscar, no es sólo como consecuencia de un trabajo constante y una carrera previa envidiable, sino porque han hecho primar el concepto de intérprete antes que el de la estrella de moda. Y es que, con nombres así, no hay maldición de los Oscar que valga, ya que son gente con experiencia tan demostrada que el premio es sólo un certificado de calidad a un trabajo exquisito y no fruto de una moda pasajera que te hace estar en el candelero sólo un par de temporadas a lo sumo.

Gary Oldman no ha ocultado nunca ser coincidente con las ideas del partido republicano y ser esquivo a los oropeles y fiestas de Hollywood. De vida agitada y tumultuosa en los 90 (rompiendo su matrimonio con Lesley Manville al conocer a Uma Thurman y con problemas con el alcohol), su carrera no se puede negar que ha sido irregular y que ha tenido más de un bache, y también que a veces su grandilocuencia le hace llegar a la sobreactuación, pero Gary Oldman tiene en los genes la bestialidad interpretativa de un buen actor británico. Por eso dignifica a un Winston Churchill al que logra humanizar aunque el personaje pueda quedarse en la superficie del mismo sin llegar a la genialidad en sus matices que vimos en “The crown” a cargo de un John Lithgow perfecto. El actor tiene apenas dos horas de metraje para meterse al público en el bolsillo, dominar la escena y que parezca que es natural y en perfecta comunión con el personaje. Entre sus diatribas y discursos políticos, las escenas con su mujer y su secretaria, y un revelador golpe de realidad cuando viaja en metro y conoce de primera mano a una representación del pueblo que tiene a sus espaldas y que le ha llevado al gobierno, el círculo se completa y arroja una interpretación que, aunque parezca a nivel de Oscar que no haya evolución respecto a lo que se premiaba hace dos o tres décadas, deja un trabajo que es carne de todos los premios.

Frances McDormand no ha necesitado de ninguna campaña para demostrar que era merecedora del Oscar. Ha hablado por ella su trabajo y un prestigio que provoca que no nos parezca exagerado que, 21 años después de “Fargo”, se lleve un nuevo Oscar como protagonista. Tampoco sin ser especialmente simpática ni dadivosa pero, aunque parezca que su rictus normal es tener cara de cabreada, su carisma habla por ella y sólo una actriz de este tipo es seguida casi como una lideresa cuando pide a las mujeres del patio de butacas que se levanten y que lleguen a sus despachos para, como cualquier hombre, tomar decisiones en su trabajo y en su vida. El papel de Mildred en “Tres anuncios en las afueras” no ha podido llegar en mejor momento para una actriz que ha representado tanto fuera como dentro de la pantalla la narrativa de empoderamiento femenino que ha sido bandera este año en una interpretación compleja y que ha logrado que el personaje se permee con ella misma y no nos imaginemos a otra intérprete en su lugar.

Como espectadores hemos crecido los últimos 20 años con un Sam Rockwell que no ha hecho más que dar muestras de su innegable talento. Cuando él está en pantalla logra inmediatamente que la mirada se ponga en él, tanto por su habilidad para atraer la atención como para que nos interesen las motivaciones y circunstancias de su personaje, casi siempre nada complacientes. Curtido y habitual del cine independiente, de esas películas que quedan muy alejadas de los focos, ha coqueteado con el cine “mainstream” gracias a Marvel pero donde le hemos visto brillar ha sido en películas como “La milla verde”, “Confesiones de una mente peligrosa”, “Betty Anne Waters” o “El camino de vuelta”, sólo por decir unos pocos títulos. Martin McDonagh ha encontrado en él (tanto en “Siete psicópatas” como en “Tres anuncios en las afueras”) uno de esos actores moldeables y extremos que pueden hacer todo; tanto como que al final acabemos comprendiendo porqué actúa así un policía bobalicón, racista y violento como el Dixon al que lleva a niveles sólo destinados para los mejores. Y es que, siempre lo dijimos, una vez que se ve a Sam Rockwell en esta película es casi imposible no tener la tentación de votarlo. Y es que si se junta un buen personaje, nada tópico y con una arriesgada e interesante mezcla de ambigüedades morales, y la entrega de un actor total, el resultado es el Oscar conseguido en esta edición.

Allison Janney necesitaba un papel como el de “Yo, Tonya” para, sobre todo, ganar una visibilidad que hasta ahora le parecía sólo merecedora en series de televisión, teniendo ya en su haber 7 premios Emmys (4 por “El ala oeste de la Casa Blanca”, 2 por “Mom” y 1 por “Masters of sex”). Aunque la hemos visto en un buen número de películas nominadas al Oscar, varias de ellas a mejor película ha sido su personaje de LaVona en “Yo, Tonya” el que le ha permitido golpear al espectador y que el interés de la cinta haga subir el mercurio cuando ella aparece en pantalla con sus pelucas imposibles, su vicio por fumar y con la palabra más dañina siempre bien colocada en la punta de la lengua dispuesta a salir lanzada como una flecha y clavarse como un aguijón. A lomos de una distribuidora poco acostumbrada a los premios (Neon), todas las cartas se han puesto en favor de una actriz que nunca decepciona y que sólo depende de las oportunidades que se le brindan demostrando que puede sacar petróleo de todas ellas. Muchos de sus fans reclamaban un papel en cine que le hiciera justicia, le ha llegado este año y Allison Janney no ha desperdiciado la oportunidad de rentabilizarlo al máximo con un Oscar que ya ostenta su vitrina y que (quien sabe) si le hará llegar al EGOT ya que, de momento, ya ha sido dos veces candidata al premio Tony por “Panorama desde el puente” en 1998 y el musical “9 to 5” en 2009.

En definitiva, los caprichos del Oscar no han podido ser más coherentes y acertados este año premiando a cuatro actores que ante todo han puesto trabajo, dedicación y años de lucha (con los bajones y sinsabores de una industria tan dañina y desagradecida como la del espectáculo) echándole coraje, haciéndose fuerte y construyendo su personalidad como personas y actores a lo largo de ya varias décadas de carrera. Un efecto acumulativo que se ha traducido en oficio y en prestigio, sin ser flor de un día, con la lógica consecuencia de sumar un Oscar a una carrera casi perfecta, tanto la que consta en sus filmografías como en el monólogo que los cuatro han llevado a cabo este año sumando el Globo de Oro, el Critics´Choice, el SAG, el Bafta y el Oscar de manera incontestable.

Nacho Gonzalo

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Comentarios

LuisS - 06.03.2018 a las 16:52

La nominación de Janney al Tony por 9 to 5 fue en el 2009

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