“Una”, dependencia afectiva en otra mirada al abuso

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Querido Teo:

“Una” ha sido una película de distribución maldita y que ahora, afortunadamente, ha sido recuperada por Netflix pudiendo verse a través de la plataforma desde hace un mes. Proyectada en Telluride y Toronto en 2016, y no estrenada en limitadas salas de Estados Unidos hasta el pasado Octubre, no estamos ni ante la última apuesta comercial de Estudio ni ante una simpática comedia indie con tintes dramáticos, tampoco con una “feel good movie” que garantice el boca-oreja, “Una” es una cinta sobria, reflexiva e impactante sobre dos personas en las que sobrevuela el fantasma del abuso sexual pero, que en realidad, es una mirada muy real al mito de la “Lolita” de Nabokov llevado a nuestro tiempo en una historia de inseguridad, insatisfacciones y dependencia afectiva para dos seres que se enamoraron en su momento pero que, cuyas circunstancias, diferencia de edad y compleja personalidad, lleva a destrozarlos mutuamente.

“Una” parte de una obra de teatro llamada “Blackbird” y creada por el escocés David Harrower en 2005 que se llevó dos años después el premio Laurence Olivier a la mejor nueva obra teatral. Representada ya en muchos países del mundo (entre ellos España a cargo de Lluís Pasqual en 2012 con Jordi Bosch y Bea Segura como protagonistas), destacan las producciones de Broadway de 2007 y su revival 2016 con Joe Mantello dirigiendo y con Jeff Daniels en ambas y, respectivamente, Alison Pill y Michelle Williams en el reparto. Benedict Andrews (que en las tablas ha dirigido los montajes de “Las criadas” con Cate Blanchett e Isabelle Huppert y “Un tranvía llamado deseo” con Ben Foster y Gillian Anderson) se encarga de la adaptación cinematográfica que han protagonizado dos de los actores más en forma de la actualidad, Rooney Mara y Ben Mendelsohn.

La película empieza con las imágenes oníricas de una niña que nos llevan hacia un cobertizo, un flahsback que demuestra como la Una del título, una joven de 28 años que vive con su madre, no ha sabido dejar atrás el pasado de lo que parece un recuerdo turbio. De manera inesperada coge el coche y la vemos dirigiéndose hace una gran nave industrial en la que pregunta por Ray a través de una foto que conserva. Ese Ray de la foto, vecino de la casa familiar en la infancia de Una, es conocido por ellos como Peter y no tarda en producirse el encuentro entre dos personas que han vivido condenadas hasta entonces por el recuerdo del otro.

La película no se posiciona por uno u otro y sigue la estela de títulos como “Lolita”, “La habitación”, “The diary of a teenage girl” o “Hard Candy”. Aquí el tema del abuso sobrevuela en el aire, debido a la diferencia de edad y a una relación sexual que mantuvieron cuando ella tenía 13 años, pero no es una cinta sobre víctimas y verdugo sino sobre dos seres que han terminado hundiéndose por sus actos a pesar de los intentos de reflotar hacia la superficie.

Ni ella lo ha conseguido, traumatizada más que por la relación por sentirse abandonada, ni él tampoco a pesar de su cambio de nombre y de intentar iniciar una nueva vida en pareja y pretendidamente convencional. Y es que la historia acaba derivando en un acorralamiento físico y emocional fruto de ese encuentro, primero por la sensación de turbiedad e impersonalidad de esa inabarcable fábrica, de la que acaban siendo Una y Ray meros prófugos, a ojos de los demás, mientras con sus conversaciones y recuerdos de una larga noche intentan encajar las piezas de un puzzle roto que no se ha reparado con el paso de los años. Ella busca respuestas, habiendo sido incapaz de olvidarle reprochándole más su abandono que cualquier conducta inmoral, él sólo busca paz y vivir una vida tranquila sin tener que rendir cuentas de su passado.

Rooney Mara llena de volatilidad y obsesión enfermiza su frágil apariencia en un personaje complejo y que bulle en su interior causando como fruto las motivaciones y las decisiones que aborda en algún momento, como en ese tramo final de la cinta tan angustioso como lastimero para ambos. Ben Mendelsohn hace gala de su apabullante carisma para abordar a un personaje que va mucho más allá de un abusador maniqueo, y es que tanto el devenir del personaje como de la historia nos lleva a concluir que no todo es blanco o negro y que, en ocasiones, las relaciones entre dos personas van mucho más allá de lo obvio. Una propuesta que arroja un nuevo prisma respecto su concepción teatral en una disección de personajes y de la dependencia afectiva narrada e interpretada de manera magistral.

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Nacho Gonzalo

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