"El juicio de los 7 de Chicago"

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La web oficial.

El argumento: En 1969 se celebró uno de los juicios más populares de la Historia de Estados Unidos, en el que siete individuos fueron juzgados tras ser acusados de conspirar en contra de la seguridad nacional. Este hecho traería una serie de conflictos sociales (manifestaciones, movimientos ciudadanos) que pasarían a la posteridad en una época de grandes cambios en todos los niveles del pueblo norteamericano.

Conviene ver: "El juicio de los 7 de Chicago" es la esperada segunda película de Aaron Sorkin que ha saltado a Netflix después de que fuera uno de los proyectos de Paramount Pictures para esta temporada. El reputado guionista llevaba más de una década intentando impulsar el proyecto y, tras estar relacionados con él Steven Spielberg y Paul Greengrass, finalmente se decidió a asumir el mismo la dirección. Sorkin no sólo demuestra su ritmo en diálogos rápidos, vibrantes y siempre certeros, inteligentes y con sentido, sino que aquí emerge un empaque como director con planos cortos y atmósfera inmersiva que lleva a esta cinta a ser uno de los mejores thrillers judiciales de los últimos años, un subgénero muy popular en determinadas décadas y que, de una manera u otra, han estado presentes en su filmografía desde “Algunos hombres buenos” (1992) y no siempre necesariamente subido a un estrado. Su obra, bien sea desde la Casa Blanca, desde un plató de televisión o en una negociación para dilucidar a quién pertenece la autoría de Facebook, se aprovecha mucho de ese misticismo de alegato, oposición, protestas denegadas y sentencias en las que la realidad choca contra el sentido de justicia y de ética.

La cinta es modélica en su desarrollo, siempre en alto, y dando la impresión de que nada sobra a pesar de superar ligeramente las dos horas. Con un prólogo lleno de imágenes de archivo vemos un Estados Unidos marcado por las consecuencias de la Guerra de Vietnam, y el sorteo que marca el reclutamiento de unos jóvenes enviados por su Gobierno a un conflicto sin posibilidad de victoria para nadie, así como la ruptura del sueño americano con las muertes de Malcolm X, Martin Luther King y Robert F. Kennedy. “El juicio de los 7 de Chicago” nos lleva al ambiente enrarecido del verano de 1968 que culminó en el incidente durante la convención del Partido Demócrata en contra de la Guerra de Vietnam. Un avispero en el que los diferentes movimientos de izquierda, activistas reivindicativos alentando las masas, la sombra de los Panteras Negras y el abuso policial se dieron cita en un suceso que daría lugar al juicio más mediático de la Historia de los Estados Unidos y que, comenzando más de un año después y tras 151 sesiones, fue visto como la oportunidad de la recién estrenada administración de Nixon para dictar una sentencia ejemplar en la lucha contra el comunismo adquiriendo el cariz de juicio político de los republicanos frente al anterior gobierno democrata y el consecuente Fiscal General.

“El juicio de los 7 de Chicago” presenta posicionamientos y bandos pero, en esta ocasión, Aaron Sorkin ni sienta cátedra ni impone dogma sino que deja fluir los hechos de una manera natural, orgánica y nada confusa, sabiendo resaltar la personalidad de cada uno de los personajes, e incluso profundizando en los más tendentes a la caricatura, llegando incluso a grandes momentos desde el punto de vista emocional, más allá del desenlace, como en el momento en el que uno de los jóvenes acusados se considera que no tiene que subir al estrado ante una grabación que le incrimina como instigador de la revuelta, o cuando el abogado de la fiscalía tiene un encuentro cotidiano por la calle con dos de los acusados durante las vacaciones de la Navidad. Incluso la acusada senilidad del juez no es utilizada como un elemento de parodia sino en una forma de ver la vida y el sentido de la justicia frente a una década, la de los 60, que irrumpió a golpe de contracultura, psicodelia, rock y amor libre para romper con todo lo anterior. Una película que refleja su tiempo, con referencias sociales de la época y aparición de figuras como la del propio Allen Ginsberg, o incluso una referencia al Quijote de Cervantes cuando ante un destacamento policial se dice si éstos se proponen conquistar España, pero que muestra su pertinencia en los tiempos actuales ante el papel de la actuación policial y la discriminación racial todavía presente frente a la que se levanta el #BlackLivesMatter y el hecho de que, en tiempos de grabaciones y redes sociales, el mundo sea testigo y observador de todo lo que ocurre.

Los 8 jóvenes que son acusados de conspiración (que como vemos en la película pasarán a ser 7) no pueden ser más distintos entre sí a pesar de compartir causa, reflejando esa llamada izquierda fragmentada que tanto ha dificultado acuerdos y alcanzar mayores cotas de poder tradicionalmente al sector progresista entre los que se dividen entre el idealismo de la rebelión y el pragmatismo de llegar al poder para impulsar políticas progresistas. Desde dos hippys fumados que se mueven entre la irreverencia congénita y la querencia por las cámaras para sustentar su ideales y financiación en la visibilidad, un tranquilo padre de familia que es monitor de boy scouts, o dos jóvenes estudiantes que, a pesar de todo, siguen respetando las reglas del juego y acomodados en su situación de ser “niños bien” respaldados económicamente y que pueden permitirse con ese soporte tener más red de protección para enarbolar sus causas. Eso lleva al choque frontal de los personajes de Abbie Hoffman (Sacha Baron Cohen) y Tom Hayden (Eddie Redmayne) a pesar del respeto y la admiración mutua que les hace estar en el mismo barco. Una situación, no obstante, que les empuja a querer lo mismo, uno respetando los cauces del sistema, y el otro dinamitándolo considerando que el precio de la revolución no es otro que su vida.

Aaron Sorkin se ha terminado erigiendo como un Shakespeare contemporáneo que, frente a la premisa teatral del juicio, logra una disección milimétrica de una época que, demostrando que la Historia siempre se repite, resuena con fuerza ante la crispación política y social y la incertidumbre en el campo de las ideas que estamos viviendo. Un guión afilado y medido que deja al espectador totalmente entregado ante el hecho de que cada frase pida mármol; cómo el hecho de que allí se diga que no es que no se respete al gobierno sino que el sistema se apoya en instituciones maravillosas que, no por ello, dejan de estar ocupadas por personas horribles. Algo que retumba en un momento en el que Estados Unidos se va a enfrentar en este Noviembre de 2020 a una de las elecciones más trascendentales de su Historia y que, por supuesto, también se puede equiparar al resto de países del mundo con políticos que no se preocupan del bien mayor anteponiendo sus posiciones partidistas e ideológicas frente al hastío de una ciudadanía aborregada con pocas expectativas de futuro.

“El juicio de los 7 de Chicago” parece querer abrumar con un gran número de datos y nombres pero Sorkin, que en cierta manera parece verse reflejado en el combatismo cerebral y respetuoso de Hayden, logra que esa información no sea un lastre para la cinta ante la fuerza y claridad de la narración y de las motivaciones de unos personajes bien armados en monólogos y conversaciones, incluso con momentos cómicos a cargo de la dupla formado por los hippys Abbie Hoffman (Sacha Baron Cohen) y Jerry Rubin (Jeremy Strong), siendo para ellos el estrado un circo y el juicio un paripé, así como una posibilidad de notoriedad para la causa, destacando ese momento en el que éste no sabe qué hacer con un huevo en la mano sin poder lanzarlo, o sufre el desamor de una agente que se ha infiltrado en el grupo para obtener información. Hay tensión, hay solidez y hay espíritu crítico y de conciencia respirándose el olor de un aparato judicial demasiado obtuso, farragoso y desengrasado, así como el sentir el miedo, el olor a pólvora y el sabor de la sangre cuando el debate de las ideas lleva al descontrol de las masas y al hecho de que, ante el desconcierto de la multitud, terceros se aprovechen del caos para soltar su rabia, odio y frustración con total impunidad.

Una teatralidad formal nada encorsetada que es un salto como director de Aaron Sorkin, además de corroborar su magisterio como guionista, pero que no sería lo mismo sin un reparto de actores en estado de gracia. Además de los tres mencionados, merecen especial atención la denuncia racial a cargo del líder de los Panteras Negras, Bobby Seale (Yahya Abdul-Mateen II), el quijotesco abogado William Kunstler (Mark Rylance) que se acaba desesperando como ciudadano ante las tropelías del sistema, el debate entre ética y ley al que se enfrenta el fiscal Richard Schultz (Joseph Gordon-Levitt) siendo el encargado por parte del gobierno para imponerse en esta “caza de brujas”, o el hastiado juez Julius Hoffman (Frank Langella). Unos actores soberbios que merecerían el próximo premio al mejor reparto que entrega el Gremio de Actores (SAG) siendo también un acierto de Sorkin el reforzar la coralidad del reparto teniendo todos las mismas posibilidades de lucirse y sin destacar los unos sobre los otros erigiéndose, además, como un buen y equilibrado director de actores a los que dota de verosimilitud y empatía a pesar de sobrevolar lo irreal en algunas partes de su definición y con el fin de que, sin embargo, eso no les lleve al terreno paródico como se ve claramente en el tándem formado por Baron Cohen y Strong o en las reacciones del juez encarnado por Langella que abusa de su poder ante unos tipos que ya ha condenado por su puro prejuicio y clasismo.

“El juicio de los 7 de Chicago” bebe del mejor clasicismo de Hollywood y es cine pertinente que sin cargar tintas abre el debate sobre qué papel tiene la ciudadanía, más allá de elegir a sus políticos cada cuatro años, frente a un sistema que parece impenetrable, codicioso e inmoral. Todo en un momento en el que el valor de las protestas en la calles ha quedado diezmado ante esa situación de cansancio general que nos lleva a seguir tomando las cucharadas de la misma medicina sabiendo de antemano que es imposible solucionar las cosas si ante los mismos problemas actuamos siempre de la misma manera. Una cinta frenética y nada dogmática que pone en cuestión como tantos unos como otros no son más que perros con distinto collar ya que si bien los demócratas llevaron a los hijos de muchos a la guerra sin ningún miramiento, los republicanos aprovecharon su llegada al poder para cargar las tintas sobre esos revolucionarios que sólo pedían en alto el fin de una guerra innecesaria y baldía.

Un drama judicial intenso y necesario para comprender de dónde venimos pero también a dónde vamos fomentando el espíritu crítico en un mundo de grises en el que más que llamar a la revolución lo que se propone es construir una sociedad más unida, empática y reflexiva en la que de verdad quepan todos quedando las personas por encima de las ideas y desembocando en un final emocional, patriótico y muy humano. Y es que teniendo en cuenta que el mundo no va a ir a mejor ya sería un paso importante el poder querernos algo más y no caer en los errores que se repiten generación tras generación entre violencia, ruido y odio en una permanente batalla en la que parece que como especie no podemos evitar que siempre haya unos que tengan que vencer a los otros en vez de intentar construir un puente para que con el entendimiento y la convivencia ganen todos.

Conviene saber: Es el primer título de Netflix que por su calidad y renombre llega esta temporada previamente a las salas de cine tras el estreno directo en plataforma de "Da 5 bloods: Hermanos de armas", "Estoy pensando en dejarlo", "El diablo a todas horas", "Enola Holmes" y "Los chicos de la banda".

La crítica le da un OCHO

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