20 años no es nada: Otoño de 2000

20 años no es nada: Otoño de 2000

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Querido primo Teo:

La frontera situada en el año 2000, tan ansiada durante tanto tiempo, tan simbólica por lo que suponía de linde entre el mañana y el ayer, ya estaba a punto caer, y, con ella, el futuro estaba a punto de convertirse en presente. Este cambio simbólico, no ya de década, sino de era, comenzaba a reflejarse en las películas que se estrenaban en las salas, que, poco a poco, abandonaban los patrones que había seguido el cine de los 90 para adentrarse en nuevos e inexplorados territorios, mucho más acordes con las nuevas sensibilidades que había ido desarrollando la sociedad.

Un claro ejemplo de ese cambio de paradigma en el cine comercial fue "X-Men" que, visto en perspectiva, fue claramente el primer blockbuster del siglo XXI. Y no ya tan solo por ser la película de superhéroes que marcaría aquello que estaba por llegar, sino por su tono y su estética. Esos trajes oscuros, a los que se les había despojado de todo el color y la fantasía de los uniformes originales de la Patrulla X. Esas guaridas secretas iluminadas por fluorescentes blancos y con cierta querencia por el acero y el aluminio. Todo era frío en el mundo de los X-Men, todo menos la entrepierna de su director, un Bryan Singer que se encontraba especialmente cómodo en los pasillos de esa residencia de jóvenes prodigios atormentados por sentirse distintos. Viendo la película uno puede imaginarse al bueno de Singer animándoles con cariñosos cachetes, aliviando con masajes su tensión y susurrándoles al oído cosas como “tú eres muy especial, eres muy maduro para tu edad” justo antes de arroparles por la noche. Más allá de estas apreciaciones, "X-Men" es un Episodio I modélico, un blockbuster espectacular, de duración más que ajustada y más preocupado por narrar que por apabullar. Y supuso la presentación en sociedad de Hugh Jackman, un grandísimo acierto de reparto que terminaría siendo una de las estrellas más rutilantes del nuevo milenio.

Pero no solo de futuras estrellas se nutrieron las carteleras de aquel otoño, ya que dos de los actores de mayor caché de la década pasada estrenaron entre nosotros el que terminaría siendo el canto del cisne de aquel estatus que tuvieron y que estaban a punto de perder. Harrison Ford y Michelle Pfeiffer desembarcaron en las salas con "Lo que la verdad esconde", un entretenimiento que Robert Zemeckis rodó para tener al equipo ocupado mientras esperaba a que Tom Hanks adelgazara para poder terminar "Naufrago". Cabe señalar que el entretenimiento costó 100 millones de dólares y acabó recaudando casi 300. Y qué maravilla es cuando se nota que absolutamente todo el mundo disfruta de una película: el director rodándola, los productores contando los beneficios y el público viéndola, angustiándose y botando en la butaca cada vez que vuelve a ella, incluso veinte años después. "Lo que la verdad esconde" es, probablemente, el mayor homenaje que Hollywood haya rendido a la filmografía de Alfred Hitchcock desde el fallecimiento del mago del suspense. Es como "Máxima ansiedad" pero en serio. Zemeckis recrea todos los tropos y obsesiones del director británico e incluso Alan Silvestri se disfraza de Bernard Hermann sin ningún tipo de disimulo.

En el año 2000 el cine bien, pero aquí podemos apreciar que la moda estaba pasando un momento "regulinchis".

 

Otro ¿homenaje? indisimulado fue el que "Scary Movie" rindió a la saga "Scream" y al resto de slashers de los 90. La película de los hermanos Wayans fue, probablemente, el último gran spoof salido de Hollywood. Una parodia inmisericorde con la película de Wes Craven, que a su vez pretendía ser una reinvención muy metacinematográfica del género. "Scary Movie" intentaba ser muy graciosa muchas veces a lo largo del metraje, y fue especialmente exitosa porque mayoritariamente lo conseguía. Hacía gala de un humor sucio y tosco, pero innegablemente efectivo. Dice mucho de lo instalados que estaban todos esos tropos de los que se burlaba lo exitosa que fue en el mercado internacional, a pesar de que muchos de sus chistes pudieran parecer especialmente locales. "Scary Movie" hizo ganar cerca de 230 millones de dólares a la gente de Miramax y daría lugar a toda una saga de hasta cinco entregas (siendo especialmente recordada la tercera, dirigida por David Zucker). Vista en perspectiva, sigue siendo igual de gamberra, incorrecta y, por supuesto, divertida, que en el momento de su estreno. Personalmente, la vi en un cine de reestreno en un pase inolvidable en el que los encargados de la sala soltaron entre el público a una persona disfrazada con la máscara de Ghostface, con un cuchillo de plástico, para asustar a los espectadores. Una de esas experiencias grupales que se convierten en una fiesta más allá de lo cinematográfico.

Otra comedia tremendamente exitosa que llegaría a las carteleras españolas en el otoño de 2000 sería "Los padres de ella", un fenómeno comercial que acabaría consolidando dos tendencias. La primera de ella, la carrera comercial de Ben Stiller, que necesitaba de un respaldo después de que el éxito de "Algo pasa con Mary" no se hubiera visto revalidado ni con "Mistery Men" ni con "Más que amigos", sus dos siguientes apuestas comerciales. Y la segunda, que tras el éxito de la reinvención de Robert De Niro como actor cómico en "Una terapia peligrosa", éste iba a optar por proyectos en los que solo necesitara interpretar a José Mota imitando a Robert De Niro. Y así fue como una trayectoria de despegue y otra de declive colisionaron en pantalla en una película que, no podemos negarlo, sigue funcionando francamente bien. "Los padres de ella" dejó más de 200 millones de beneficio a la gente de Universal porque era muy divertida. Era muy divertida en su idea de partida, explotando un miedo básico que, quien más quien menos, alguna vez todos los espectadores habían sentido, y era muy eficaz en el desarrollo de sus distintas secuencias cómicas, con un crescendo de situaciones, a cual más lamentable y disparatada, que provocaban una mezcla perfecta de vergüenza, hilaridad y estupefacción.

En la actualidad no hay espectador que vea "Scary Movie" por primera vez que no se pregunte qué carajo significa "GUEROPÁAAA".

 

Exactamente la mezcla que conseguía provocar, aunque probablemente no en la misma combinación, "Los ángeles de Charlie", adaptación al cine de la famosa serie de los años 70. La película era un proyecto personal de Drew Barrymore, que terminaría coprotagonizándolo junto con Cameron Diaz y Lucy Liu (que se hizo con un papel para el que llegaron a tantear a Penélope Cruz en el que hubiera sido su primer blockbuster en Hollywood). Detrás de las cámaras debutaba un señor llamado McG, pseudónimo que, para todos aquellos que se lo están preguntando, ya era hortera incluso para aquella época. Vista en perspectiva, resulta sencillo defender la primera hora de "Los ángeles de Charlie". Todo es colorido, espectacular, ingenuo, sexy, divertido y despreocupado. El problema viene cuando, como pasa con el algodón de azúcar, uno tiene que acabárselo más allá de la sorpresa que le provocan los bocados iniciales. "Los ángeles de Charlie" es un ejemplo paradigmático de lo que le sucedía a Hollywood con las adaptaciones de series a la gran pantalla en el interludio del cambio de siglo. No tenían muy claro qué hacer con ellas, más allá de que les parecían muy camp y, por ello, no podían tomárselas demasiado en serio. Precisamente por ello cobra más valor la inteligencia que demostró el Tom Cruise productor cuando llamó a Brian De Palma para rodar "Misión imposible". Aunque, teniendo en cuenta que venimos del verano en el que se estrenó la segunda parte de esa saga, tampoco parece este el mejor ejemplo al respecto.

Y tampoco es que "O brother!" fuera el mejor ejemplo de la película que uno esperaría de los hermanos Coen tras "Fargo" y "El gran Lebowsky". La película, una comedia musical inspirada en "La odisea" y ambientada en los estados sudistas de la década de los años 30, tuvo bastante más éxito en Estados Unidos, donde hoy en día goza de estatus de película de culto, que en el mercado internacional, donde no recaudó ni 30 millones de dólares. Uno asiste al visionado de "O brother!" un poco del mismo modo que lee su título, teniendo la sensación de que aquello es una especie de chiste privado al que no termina de pillar la gracia, como podría ver a través de una ventana una fiesta a la que no le han invitado. Pareciera como si todos se lo estuvieran pasando bien, y uno no terminara de entenderlo.

"Los ángeles de Charlie" ya predijeron lo de las mascarillas "divertidas".

 

Todo lo contrario de lo que sucede con "Granujas de medio pelo", el primer trabajo de Woody Allen de los tres que acababa de firmar con DreamWorks. Allen venía de una racha de películas extraordinarias, pero lo cierto es que todas y cada una de ellas habían supuesto pérdidas para sus productoras. Es probable que el director le viera las orejas al lobo y buscara estabilidad de la mano de la productora de Spielberg. La única condición que debía respetar es que esas tres películas fueran comedias ligeras fácilmente accesibles para el público medio (spoiler: comercialmente la operación salió muy mal). Así, "Granujas de medio pelo" era una divertidísima comedia (probablemente de las más hilarantes de la carrera del director) aunque claramente dividida en dos mitades, como si hubiera unido dos esbozos de guión distintos en una sola película. En su momento, se habló especialmente bien de su primera mitad, la del atraco y la tienda de galletas, pero, vista en perspectiva, creo que se fue muy injusto con una segunda parte del metraje, igual de hilarante pero muchísimo más ácida precisamente con aquellos que más predisposición podrían tener a admirar el cine del director. A lo mejor muchos racanean sus virtudes precisamente por verse reconocidos en sus personajes y situaciones.

Otro director que tiró con bala contra las élites intelectuales americanas fue Curtis Hanson en "Jóvenes prodigiosos", una película que llegaba con la vitola de protagonista en la temporada de premios y que fue vilmente arrinconada por crítica e industria. Normal, por otro lado. "Jóvenes prodigiosos" era una película con una canción original de Bob Dylan que disfrutaba riéndose de aquellos que considerarían ver una película por el hecho de contar con una canción original de Bob Dylan. Así que entre eso y que la crítica iba a recibir con los cuchillos afilados a cualquier película que Hanson estrenara tras "L.A. Confidencial", el drama estuvo servido. "Jóvenes prodigiosos" hizo perder cerca de 40 millones de dólares a Paramount y rascó 3 míseras nominaciones al Oscar. Nadie la reivindica hoy en día. Y es una lástima. Porque es una bellísima historia triste sobre el complejo de Peter Pan, las segundas oportunidades de la vida, el bloqueo creativo y tantas y tantas cosas. Es cierto que resulta complicado venderla enumerando estas virtudes, pero si le dan una oportunidad y les rasca al menos una décima parte de lo que me conmueve a mí ya habrá merecido la pena.

Un adicto a las drogas, otro al sexo y otro al juego. Tuvieron que pasárselo bien en este rodaje.

 

Aunque si de historias tristes hablamos, la palma se la llevaría "Réquiem por un sueño", que logró enturbiar el alma y quebrar el corazón de todos aquellos que tuvimos oportunidad de verla en el cine. "Réquiem por un sueño" era la segunda película de Darren Aronofsky, que consiguió revalidar con nota las buenas sensaciones que había dejado con "Pi" apenas dos años atrás. El director contó con 5 ajustadísimos millones de dólares para reunir a un reparto sin fisuras y dar rienda a su rabioso estilo visual para acabar confirmándose como una nueva voz a seguir. La película hizo perder dinero a Artisan Entertainment, pero, con el tiempo, terminaría convirtiéndose en un título de culto y dejaría para la posteridad (y para muchos trailers del siguiente lustro, entre ellos el de "El señor de los anillos: Las dos torres") el tema Lux Aeterna, compuesto por Clint Mansell para su banda sonora.

Otro director llamado a grandes metas que se consolidaba con su segunda película era Guy Ritchie. El 3 de Noviembre de aquel otoño de 2000 completamente pasado por agua llegaba a las carteleras españolas "Snatch: Cerdos y diamantes", una película que terminó funcionando muy bien gracias al boca oreja pero que con el tiempo también ha acabado por convertirse en un título de culto sobre el que el Ritchie construiría el resto de su carrera. "Snatch: Cerdos y diamantes" era algo parecido a lo que Quentin Tarantino entendería por una comedia de enredo. Hay gángsters, violencia y muchas confusiones. Hay gente a la que no querías cabrear muy pero que muy cabreada. Y el resultado final es deslumbrante, por los méritos narrativos de su director (que son muchos en esta ocasión) pero también por un reparto perfecto y en estado de gracia. 20 años después hemos podido asistir a la errática carrera como director de Ritchie, pero volviendo a asistir al milagro que fue "Snatch: Cerdos y diamantes", uno sigue comprendiendo lo muchísimo que nos deslumbró en el momento de su estreno.

"Madre mía, qué despistado soy, he perdido un brazo".

 

Y deslumbrar era precisamente lo que Disney pretendía cuando estrenó "Dinosaurio", su apuesta de cara a esas Navidades. Era la primera película del estudio animada completamente por ordenador. Y a pesar de que hoy ha caído en el olvido, en su momento fue estrenada con la fanfarria correspondiente a un evento destinado a marcar un antes y un después. Los primeros quince minutos de "Dinosaurio", hay que reconocerlo, eran y son una de las cimas de la animación de Disney. Espectaculares, vibrantes y, definitivamente, muy bellos de ver. El problema de la película viene después, en una historia literalmente copiada de la saga "En busca del valle encantado", en unos personajes carentes de cualquier carisma y en unos diseños que si ya por aquel entonces resultaban feos , veinte años después, son, cuanto menos, complicados de ver. "Dinosaurio" terminaría arrojando unos beneficios cercanos a los 100 millones de dólares en las arcas de Disney, pero, con todo, su recaudación fue sensiblemente inferior a la que hizo "Tarzán" apenas un año antes. Al final, sí que lograría convertirse en el indicador del camino a seguir por la compañía del ratón a lo largo de la década que se inauguraba. El problema es que esa década terminaría siendo una de las más oscuras de toda su Historia.

Y todo lo que "Dinosaurio" representaba como inicio de una década, lo representaba a su vez "El sexto día" como fin de otra. "El sexto día" terminaría siendo el último blockbuster que protagonizaría Arnold Schwarzenegger como estrella absoluta, dado que su descalabro económico (generó unas pérdidas cercanas a los 35 millones de dólares a Sony) le hizo perder definitivamente dicha categoría. Pero también sería la última gran película sobre el hombre gris, una temática muy noventera en la que el protagonista descubre que aquello que hasta ese momento entendía por realidad es una farsa manejada por fuerzas que se escapan de su alcance. Así, "El sexto día" es una especie de reverso cutre y desafortunado de "Desafío total", película también protagonizada por Arnold Schwarzenegger y que en 1990 había inaugurado dicha temática, estrella durante toda una década en Hollywood.

Inolvidable el cameo de Ortega Cano en "El sexto día".

 

Otra película con la mirada puesta en el espejo retrovisor que se estrenó en España en aquel otoño de 2000 fue "You’re the one", que con su subtítulo "(Una historia de entonces)" ya nos avisaba de su apuesta por la nostalgia. “Es una película conservadora, que no reaccionaria” decía su director, Jose Luis Garci, en todas las entrevistas promocionales. Ajustando más, podríamos decir que es una película clásica, por su empeño en ser narrada como si fuera un clásico. Fotografiada en un blanco y negro como de tuberculosis, "You’re the one" es un bonito y pausado ejemplo de las mayores virtudes del cine de su director: unas interpretaciones memorables, un tempo delicado, una profunda sensibilidad proveniente de una gran capacidad de observación y un desarrollo que acaba desembocando en varios momentos de emoción pura. Lo más cercano a una película de Leo McCarey que se haya rodado nunca en España.

"You´re the one" llegó a la noche de los Goya como la principal rival del otro gran estreno del cine español de ese otoño: "La comunidad". Todo el periplo de "La comunidad" había sido tremendamente exitoso. Había inaugurado el Festival de San Sebastián obteniendo una gran recepción y el premio a la mejor actriz para Carmen Maura, su protagonista. Su carrera comercial había sido muy notable y la crítica empezaba a tomarse en serio a su director, un Álex de la Iglesia que se confirmaba como gran esperanza del cine español tras éxitos como "Muertos de risa" o "El día de la bestia". Y lo cierto es que todas estas alabanzas a "La comunidad" eran bien merecidas. La película era un pastiche que bebía de "13 Rúe del Percebe", de las historias de piratas o incluso de esas películas en las que una mujer se adentraba en un castillo misterioso durante una noche de tormenta. "La comunidad" era una metáfora de esa España que iba bien, pero en la que todo el mundo estaba dispuesto a lo que fuera para conseguir esa maleta llena de dinero. Y se beneficiaba no ya tan solo de un Álex de la Iglesia y una Carmen Maura en estado de gracia, sino también de todo un plantel de actores y actrices de reparto ya olvidados por el gran público pero por los que hubiera matado cualquier otra cinematografía. "La comunidad" era, y sigue siendo, un milagro, una de esas buenas películas que da igual cuando hayas visto por última vez, porque siempre apetece volver a verla de nuevo.

"Un momento... Si yo era la hermana de la mujer del Doctor Nacho Martín... ¡Al final él se estaba follando a su cuñada!"

 

Pero con lo que no contaban Jose Luis Garci ni Álex de la Iglesia era con que al final aquella ceremonia de los Goya les acabara comiendo la tostada un Achero Mañanas que debutaba en la dirección con una película tan pequeña como "El Bola". Película pequeña en presupuesto, tal vez en apariencia, pero, para que negarla, gigantesca en impacto emocional. Bebiendo de fuentes afrancesadas (por la vía de Truffaut), pero pasándolas por el españolísimo tamiz de Querejeta o León de Aranoa, "El Bola" nos contaba la historia de un niño maltratado por su padre sin demasiados dramatismos ni efectismos. Gran parte de su emoción residía en la mirada de uno de esos actores espontáneos e intuitivos de los que de cuando en vez nos descubre una película. Juan José Ballesta debutaba en el cine interpretando al personaje protagonista y se echaba la película encima de sus hombros, aguantando la mirada a la cámara con una fuerza a la altura de muy pocas estrellas.

Y así se fue apagando el año 2000, con la mirada puesta en una temporada de premios, la de 2001, que estaba llamada a ser una de las más atípicas de las últimas décadas. Pero, claro, eso, a estas alturas tampoco lo sabíamos. Había tantas cosas que todavía no sabíamos de ese 2001 en el que estábamos a punto de adentrarnos…

Daniel Lorenzo

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