Cannes 2026: Pedro Almodóvar indaga en los límites morales de la autoficción y Andrey Zvyagintsev azota a la impunidad de una sociedad corrupta
Querido Teo:
Cannes ha acogido el regreso de su hijo pródigo y del que es el mascarón de proa de una industria española que, durante años, tenía en Pedro Almodóvar su insigne y único representante. Hay cierta sensación de relevo y cambio de ciclo pero Cannes no ha querido dejar pasar la oportunidad de volver a acoger (por séptima vez en competición) a una de esas figuras que despiertan una especial admiración que provoca que solo apareciendo su nombre en los títulos de crédito iniciales ya se desaten aplausos. Dos meses después de su estreno en España, "Amarga Navidad" ha podido salir al exterior y llegar al público festivalero que ha acogido de manera aceptable la cinta pero sin meterla en el grupo de favoritas a premios. Algo que sí que ha conseguido "Minotaure" de Andrey Zvyagintsev, una potente disección del poder y presión que se ejerce en una sociedad marcada por la opresión y la corrupción.
"Amarga Navidad" (Pedro Almodóvar) // Sección Oficial
Elsa es una directora de publicidad cuya madre muere durante un largo puente del mes de diciembre. Encuentra refugio en el trabajo, aunque es más bien una huida hacia adelante. Trabaja sin parar y, sin darse cuenta, no se concede el tiempo necesario para guardar el duelo por la ausencia materna. Hasta que una crisis de pánico la obliga a detenerse e imponerse un descanso. Su pareja, Bonifacio, es su tabla de salvación en esos momentos de crisis. Elsa decide viajar a la isla de Lanzarote acompañada por su amiga Patricia, que también necesita alejarse de Madrid, mientras que Bonifacio se queda en la ciudad.
A nadie se le escapa que hubiera sido más apropiado el título internacional de la cinta, "Autoficción", en base a lo que cuenta un Almodóvar, cada vez más centrado en el intimismo introspectivo y melancólico, en la que las reflexiones sobre el amor, el paso del tiempo y la enfermedad se dan cita en una de historias cruzadas en la que un alter-ego del director prepara un guión para su nueva película, inspirado en él y en su vida pero que termina siendo la historia que realmente termina interesando de la cinta. Es por ello que valoramos más todo lo relacionado con Bárbara Lennie, Patrick Criado, Victoria Luengo y Milena Smit que el segmento matriz apoyado en Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón y Quim Gutiérrez.
No obstante, es en la famosa conversación final entre Sbaraglia y Sánchez-Gijón, en la que una relación dañada por el desgaste del tiempo, el ego de un autor y el vampirismo del arte frente a la protección ética de los dramas personales, donde surge un momento de verdadera altura dentro de la filmografía de Almodóvar. Hasta llegar allí nos encontramos ante una cinta con sus más y sus menos en la que sí que hay que alabar la manera de engarzar ese ejercicio de metaficción pero a la que le condena una excesiva solemnidad literaria.
Algo de lo que logra desprenderse llegando a cautivar de manera embriagadora cuando sobrevuela la sombra de Chavela Vargas (con Amaia Romero cantando Las simples cosas o Bárbara Lennie y Aitana Sánchez-Gijón emocionándose escuchando La llorona) o con las gozosas intervenciones de Carmen Machi (impagable como una doctora que quiere entender que es "el cine de culto") y Rossy de Palma (el alma de toda fiesta) que nos devuelven al humor característico y desenfadado del manchego.
Bárbara Lennie es una directora de publicidad que desea volver al cine, alguien que sufre terribles jaquecas, lidiando con el sentimiento de culpa por no haber estado al lado de su madre cuando ésta murió, y que cuenta con un novio devoto que reparte su tiempo entre ser bombero y stripper. En realidad, la creación de otro personaje (el de Leonardo Sbaraglia), trasunto ambos de un Pedro Almodóvar que se plantea hasta qué punto es lícita la inspiración en la vida de otras personas para hacer arte con ellas.
Un artista que es consciente que, al no poder dominar los avatares de la vida, sí que puede (a través de la ficción) tanto justificarse, modificar el borrador de su guión, o poder darle mayor o menor dimensión o no a sus personajes. Una estructura hecha a su antojo pero con la que corre el riesgo no solo de engañarse a sí mismo sino, sobre todo, de traicionar a aquellos que han permanecido a su lado y a los que no ha valorado como merecían.
Una conexión de historias y de vampirismo mercantilista entre autores y personajes, que se desarrollan entre 2004 y la actualidad, eclosionando en una última escena que remueve al espectador frente a cualquier bache en el metraje o revisita de lugares comunes. Ahí todo cobra dimensión erigiéndose como una portentosa reflexión de Almodóvar sobre la inspiración, el arte y el amor, así como de la dimensión de su propio cine en la última década.
Para sus personajes, igual que para Almodóvar, el irrefrenable deseo de escribir sigue siendo el principal motivo y aliciente para seguir viviendo y encontrar un sentido al día a día, a pesar del peligro que ello conlleva a la hora de erosionar y dañar la confianza con los que queremos cruzando límites a la hora de contar la intimidad de los demás.
Almodóvar se ríe de sí mismo, tanto de su narcisismo como de sus complejidades, en un autorretrato nada complaciente, pero también, en parte, parece arrepentirse pidiendo disculpas a todos los que puedan haberse sentido ofendidos por verse reflejados en sus películas a lo largo de décadas de cine.
Precisamente el echar la vista atrás lleva a Almodóvar a ahondar en algunas de sus preferencias como un cine estilizado mecido por la letanía de las canciones de Chavela Vargas y que cuida el detalle, tanto en colores como en diseño, los escenarios en los que se ambienta y el vestuario que utiliza.
Desde esos apartamentos que son casi una burbuja de irrealidad como un parapeto frente a un mundo exterior que no deja de girar pero al que el autor cada vez es más ajeno, un hospital que en realidad hace referencia a la habitación en la que se rodó "Hable con ella", o una isla de Lanzarote que es refugio y catarsis tanto para artistas en crisis como para mujeres que escapan de relaciones tóxicas y que nos lleva a "Los abrazos rotos".
"Amarga Navidad" continúa explorando temas recurrentes en su último cine como el dolor crónico (tanto físico como psicológico), el arte como recurso para afrontar el duelo y los caprichos de un creador que, en crisis creativa, se cree con derecho a explorar la monotonía de la autoficción aunque sea haciendo daño a los demás, fruto del convencimiento de tener que asumir la triste condena de su propio reciclaje al ser consciente de que su mejor tiempo ya ha quedado atrás.
Todo ello inunda a la cinta de una indisoluble tristeza llena de madurez y lucidez que hace que, aunque se repita, lo que cuenta sea valioso e interesante logrando en todo momento entretener con esa invocación de inseguridades, miedos y preocupaciones que parece ser más reveladora para Almodóvar que cautivadora para el público.
¿Justifica el arte el hecho de romper la confianza de un ser querido? Un Almodóvar cada vez más profundo, que se disecciona a sí mismo, pero que si bien está inmerso en una febril actividad que le lleva a encadenar proyecto tras proyecto, preocupado por la cuenta atrás del reloj biológico fruto de la edad, reconoce querer volver a abrazar un humor que en su filmografía ha terminado diluyéndose.
No es "Amarga Navidad" el título por el que vaya a ser recordado (aunque sea uno de los que más indaga en la personalidad de su autor y en la manera que tiene de abrazar su arte) pero desde luego su regreso a Cannes (después de que "Madres paralelas" y "La habitación de al lado" pasaran por Venecia) ha sido una celebrada noticia.
"Minotaure" (Andrey Zvyagintsev) // Sección Oficial
Rusia, 2022. Gleb, un exitoso hombre de negocios, se ve acosado por las crecientes presiones empresariales y por un mundo cada vez más inestable. Su vida, tan cuidadosamente ordenada, amenaza con desmoronarse y arrastrarle al colapso emocional y moral.
El ruso Andrey Zvyagintsev ha ofrecido un retrato impecable a partir de una solidez de estética lúgubre en la que la descomposición de la confianza de un matrimonio va en paralelo a las miserias humanas y corrupción sistémica de un estado podrido moralmente como es la Rusia dominada con mano de hierro por Vladímir Putin. Una de esas cintas que van calando a fuego lento envolvente y que, con empaque y lucidez, crean una atmósfera de fatalidad desasosegante.
Un director que, desde su exilio, convence en este trabajo rodado en Letonia y con coproducción francesa que supone una libre versión de lo que contó Claude Chabrol en "La mujer infiel" (1969), y posteriormente Adrian Lyne en "Infiel" (2002), siendo capaz con gran mérito de abrazar el thriller hitchcockiano sobre una infidelidad para llevarlo a un entorno de devenir totalitarista.
"Minotaure", ejercicio tan contenido como preciso en su disección moral pero también como thriller vibrante y asfixiante, se centra en una familia burguesa que vive en una casa de diseño y disfruta de los privilegios de su acomodo en una ciudad de provincias mientras sobrevuela todo lo relacionado con la invasión de Ucrania.
El padre de familia es un empresario que ve amenazada su zona de confort cuando sospecha de la infidelidad de su atractiva mujer (la cual pretende encontrar algo de luz y libertad frente a la asfixia de su matrimonio y los convencionalismos patriarcales) y la situación en su trabajo tampoco es buena debido a la contienda bélica. Eso le lleva a cruzar límites morales que llevan a la violencia contando con el amparo de un sistema que protege a los poderosos a través de una sostenida corrupción policial, judicial y moral que permite que la élite siempre pueda sacar provecho de su posición en un desolador ejercicio de amoralidad política.
La deriva de un hombre que se aprovecha de esa situación de un capitalismo feroz, proteccionista y cruel, que le insta a que decida quien vive o muere cuando tenga que dar una lista de trabajadores que serán obligados a luchar por su país en Ucranía, así como el hecho de poder tomarse la justicia de su mano con el amante de su mujer, un fotógrafo mujeriego, ante el convencimiento de que se lo puede permitir porque, a la postre, va a contar con el amparo del sistema.
Una estructura que se da al hombre al que la sociedad por estatus considera respetable generando una situación de dominio y de poder para sus roles de empresario, esposo o padre. Una posición que cobra visos también en la profundidad del encuadre y en el significado nada disimulado de los fueras de campo para una cámara nunca complaciente.
El minotauro es un monstruo de la mitología griega, con cuerpo de hombre y cabeza de toro, encerrado en un laberinto diseñado por el artesano Dédalo, hecho expresamente para retenerlo, ubicado en la ciudad de Cnosos en la isla de Creta. Mismo laberinto, de grises morales y privilegios vacuos, propios de la apariencia de éxito que destila el capitalismo, en el que una sociedad como Rusia encierra a sus hombres contando con el aliciente para ellos de poder mantener su privilegio, a costa de convertirse en unos cobardes sin voz propia bailando al son del sistema.
Un colapso institucional que se mantiene vivo gracias a una prometida impunidad pero que, a su vez, es capaz de derruir las relaciones humanas. Un thriller doméstico pero también el azote mordaz a la deshumanización social promovida por el gobierno de un país y que supone un trabajo mayúsculo en su sombría y calculada puesta en escena, audaz en sus connotaciones morales y contundente a la hora de reflejar la descomposición y podredumbre de todo un sistema marcado por la desigualdad y la ley que marcan unos pocos.
"Once upon a time in Harlem" (William Greaves y David Greaves) // Quincena de Cineastas
Una década después de su muerte, el cineasta William Greaves revela su último trabajo: el metraje de una reunión que organizó en 1972 con leyendas del Renacimiento de Harlem, que él consideraba su captura más significativa.
"Once upon a time in Harlem" es un documental que hará las delicias de los interesados en la mirada social y revisionista a un barrio y a una cultura como todo lo que representa Harlem, desde sus inicios hasta que se erige como emblema de resistencia y cultivación de la música afroamericana. Inspiradora y emocionante por todo lo que tiene de valor histórico a la hora de ofrecer un trabajo que funciona como reflexión pero también como homenaje.
El valor del documental es ofrecer una histórica reunión de representantes de la Harlem Renaissance, movimiento cultural de la literatura, música, artes escénicas y artes visuales, surgido entre la década de los veinte y los cuarenta del siglo XX, durante un concierto privado en el apartamento de Duke Ellington.
Allí vemos las conversaciones del pintor Aaron Douglas, el fotógrafo James Van Der Zee, la poeta Arna Bontemps, los músicos Eubie Blake y Noble Sissle, entre otros, a la hora de hablar de la obra, de la época, de la lucha frente al racismo y de la pelea por la consecución de los derechos civiles.
Un trabajo que visibiliza y reivindica tanto una época como un modo de vida bohemio y comprometido, sustentado en la pasión por el arte y la dignidad de la resistencia, que parte un material filmado en 1972, en valioso 16mm, por el ya fallecido cineasta estadounidense William Greaves, a partir de una edición de su hijo David Greaves. Todo un ejercicio de riqueza para la cultura estadounidense.
"Carmen, l'oiseau rebelle (Viva Carmen)" (Sébastien Laudenbach) // Quincena de Cineastas
Andalucía, 1840. Al regresar a Sevilla después de tres años lejos, Salva, de 13 años, conoce a Carmen, una gitana de 20 años con una voz fascinante. Al enterarse por un presagio de que la muerte se acerca, pide a sus amigos de la calle que la salven.
"Carmen, l'oiseau rebelle (Viva Carmen)" es una ligera propuesta de animación, rica en su apartado visual y con valor didáctico a la hora de acercar la ópera de Georges Bizet y su inconfundible iconografía a un público infantil. Amena en su narración y vibrante tanto en su paleta de colores como en el ritmo que desprende, estamos ante una historia enérgica que habla de solidaridad y unión frente a la fatalidad del destino.
La historia trágica de Bizet deriva en un luminoso ejercicio estilístico que ofrece una hora y media aventurera y musical muy entretenida y agradable que supone un nuevo acierto para el director de "¡Linda quiere pollo!" (2023). Un clásico de la cultura popular que sigue muy vivo dispuesto a atrapar a un nuevo público.
Otros títulos
* En Cannes Première ha sido el turno de "Kokurojo (Le château d'Arioka)" de Kiyoshi Kurosawa, historia de samuráis y detectives de la que se ha aplaudido su ampulosidad estética en una cautivadora propuesta que explora más el misterio criminal que la acción pura y dura entre conspiraciones e intrigas. En un año de gran presencia del cine japonés, más de uno ha reconocido que ésta termina superando a las tres que están en competición.
* Fuera de concurso llega "Diamond" de Andy García, un "noir" clásico en las calles de Los Ángeles pero que traslada la estética de los años cuarenta a la actualidad. Irónica y trillada se ha destacado su capacidad de entretener dotándole de cierto corazón y humor a una historia de la que se ha alabado más la capacidad como guionista de García que su labor de director o actor rodeado de un plantel de secundarios conformado por Vicky Krieps, Brendan Fraser, Rosemarie DeWitt, Dustin Hoffman y Bill Murray.
* "Seis meses en el edificio rosa con azul" de Bruno Santamaría Razo ha pasado por la Semana de la Crítica siendo una provocadora, emocionante y singular historia que juega con realidad y ficción a partir de un chico que cumple 11 años en el México de 1990 y que ve como los sentimientos hacia su mejor amigo chocan con el repentino anuncio de que su padre tiene el VIH.
* En Quincena de Cineastas "9 temples to heaven" de Sompot Chidgasornpongse, conmovedora y filosófica historia sobre un hombre que lleva a su madre enferma y a nueve miembros de su familia a una peregrinación de un solo día al templo después de que su jefe prediga que podría morir pronto. Una metáfora de la diversidad política y social de la Tailandia moderna a partir de una historia de reencuentros y tensiones familiares arrastradas a lo largo de los años.
* En Una cierta mirada "Le corset" de Louis Clichy, la historia de un niño de 10 años con problemas de equilibrio que se las arregla para vivir con una férula ortopédica mientras la granja familiar, que atraviesa dificultades, se enfrenta a la modernización. Una estupenda película de acuarela pintada a mano que encierra sencillez y humanidad sabiendo entretener y conmover en la historia de un niño decidido a escribir su propio destino.
El "flash" de Cannes 2026
Nacho Gonzalo










































