In Memoriam: Bertrand Tavernier, lúcido y comprometido

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Querido Teo:

A los 79 años se va una de las mentes más preclaras, eruditas y humanistas del cine de las últimas décadas. Bertrand Tavernier queda como lo que ha sido siempre, todo un maestro del oficio con películas en las que ha mostrado retratos sociales profundos del tiempo que nos ha tocado vivir. Ganó el premio al mejor director en el Festival de Cannes por “Un domingo en el campo” en 1984 optando también a la Palma de Oro con “Une semaine de vacances” en 1980, “Daddy Nostalgie” en 1990 y “La princesa de Montpensier” en 2010. Todavía le fue mejor en el Festival de Berlín ganando el Oso de Oro por “La carnaza” en 1995, premio especial del Jurado por “El relojero de Saint Paul” en 1974 y premio FIPRESCI por “Hoy empieza todo” en 1999.

En San Sebastián ganó el Premio del Público por esta última y por “La pequeña Lola” en 2005 sumando también el premio al mejor guión por “Crónicas diplomáticas. Quai d’Orsay” en 2013.

También se llevó el César por la dirección y guión de “Que empiece la fiesta” en 1976, por el guión de “El juez y el asesino” en 1977 y “Un domingo en la campiña” en 1985 y por la dirección de “Capitán Conan” en 1997. “La vida y nada más” le valió el Bafta a la mejor película extranjera en 1990. El Festival de Venecia 2015 le rindió tributo por su trayectoria.

Este repaso a su expediente de premios ya demuestra la calidad de una filmografía en la que pocas veces erró. Nacido el 25 de Abril de 1941 en Lyon, ciudad que nunca abandonó, el director declaró que la publicación de su padre de un diario de resistencia en tiempos de guerra y la ayuda a intelectuales antinazis moldearon su perspectiva moral como artista. Según Tavernier, su padre creía que las palabras eran "tan importantes y letales como las balas" llevándole a mostrar interés por la escritura y el cine desde muy pequeño. Ya a los 13 años tenía clara su vocación señalando como referentes a John Ford, William Wellman, Jean Renoir, Jean Vigo y Jacques Becker.

Estudió Derecho en París para después centrarse en un cine que explora la violencia, la guerra, el amor y los dramas individuales y colectivos. Fue asistente de Jean-Pierre Melville (“El confidente”), Jean-Luc Godard (“El desprecio”) y también trabajó junto a Claude Chabrol y Claude Coutet, además de crítico en Cahiers du Cinéma, encontrando primero en Philippe Noiret y después en Jacques Gamblin a sus actores fetiche, casi alter-egos en su manera de observar el mundo siempre con inteligencia, claridad y compromiso político.

Con Noiret rodó nueve películas desde su ópera prima, “El relojero de Saint Paul” (1974), un intenso relato criminal adaptando la novela de Georges Simenon sobre el clásico hombre corriente que se ve introducido sin pretenderlo en una trama de difícil escapatoria.

Siguió explorando ese tipo de cine en “Que empiece la fiesta” (1975), “El juez y el asesino” (1976) o “Corrupción (1280 almas)” (1981), trasladándose a la calurosa colonia de Senegal en la adaptación de la novela de Jim Thompson cuyo espíritu también sobrevolaría de alguna manera "En el centro de la tormenta" (2009), ambientándose en el Nueva Orleans herido por el Katrina.

Un siempre crítico Tavernier, años después de “Network, un mundo implacable”, también mostró las consecuencias del morbo mediático y televisivo, casi visionario de nuestro tiempo, con “La muerte en directo” (1980), centrándose en un reality de esos en los que todo vale para atraer a la audiencia aunque sea sobrepasando cualquier límite ético como es el caso de la retransmisión de la agonía de una enferma terminal interpretada por Romy Schneider.

La entrañable “Un domingo en el campo” (1984), sobre la contemplación de la vida y el arte a través de un encuentro familiar, la jazzística “Alrededor de la medianoche” (1986), ambientada en el París de los años 50, o el trauma de la Primera Guerra Mundial en “La vida y nada más” (1989), certifican su mejor década.

Su pasión por las historias y el cine formaron parte de una carrera en la que no dudó en mostrar la oscuridad de la condición humana, con la ambigüedad de una juventud perdida y deseosa de emociones en “La carnaza” (1995), llevando a cabo el mejor tratado sobre el sistema educativo y el fundamental papel del profesorado en la formación de una persona en “Hoy empieza todo” (1999), o adentrándose en las complejidades de adopción de una niña camboyana en "La pequeña Lola" (2004).

También exploró de nuevo la Primera Guerra Mundial en “Capitán Conan” (1996), mostró la Francia ocupada en la II Guerra Mundial en "Salvoconducto" (2002) y echó la vista atrás fantaseando con la leyenda de la obra de Alejandro Dumas en "La hija de D'Artagnan" (1994) y con el trasiego y las luchas de poder y románticas de la corte del siglo XVI en “La princesa de Montpensier” (2010). Incluso mirando al pasado siempre brotaba en su cine una analogía con la realidad.

Por su parte también anduvo en los pasillos de la política actual en “Crónicas diplomáticas. Quai d’Orsay” (2013) satirizando al gobierno y la burocracia francesa cuando un Ministro de Asuntos Exteriores se postula para Premio Nobel de la Paz.

El documental "Las películas de mi vida" (2016) supuso su último trabajo y la mejor carta de amor posible, didáctica y emocional, al arte del cine, ese que supone casi el oxígeno para seguir viviendo de las personas que ven la vida en fotogramas por segundo. Un ejemplo de su labor de preservación del patrimonio cinematográfico que llevó a cabo tanto en el Instituto Lumière de Lyon, en el que ha ejercido de presidente, como a través de su libro "50 años de cine norteamericano" publicado en 1995 y escrito junto a Jean-Pierre Coursodon. Casado en dos ocasiones, le sobreviven sus hijos Nils y Tiffany, ambos dedicados en parte al mundo del cine y a la escritura.

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Nacho Gonzalo

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