20 años no es nada: Invierno de 2000

20 años no es nada: Invierno de 2000

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Querido primo Teo:

El Síndrome de Stendhal fue definido en las últimas décadas del pasado siglo por la psiquiatra Graziella Magherini como resultado de su observación en viajeros que acudían al Hospital Santa Maria Nuova en Florencia, una ciudad famosa por su riqueza artística. El cuadro que describió la doctora Magherini incluía trastornos del pensamiento, de los afectos e incluso crisis de pánico. Al parecer, el detonante del mismo era la contemplación prolongada de multitud de obras de arte de tal belleza que terminaban provocando el colapso del turista. Pues bien, si en los últimos 25 años ha existido un periodo de cine digno de provocar un "stendhalazo" ese ha sido el primer trimestre del año 2000. Tres meses en los que la cartelera española sufrió una sobredosis de películas memorables.

Y es que belleza rezumaba cada plano de "Sleepy Hollow", película que suponía la primera vez en la que Tim Burton aceptaba un encargo a guion cerrado y con la que traba de resarcirse de los fracasos comerciales consecutivos que habían supuesto "Ed Wood" y "Mars Attacks!" Curiosamente el resultado terminaría siendo la película con estética más burtoniana de todas las películas de Burton. Una fantasía gótica que pretende rememorar y elevar al paroxismo todas las características propias del cine de la Hammer. Por motivos desconocidos, y que todavía cuesta entender, la gente de Paramount decidió estrenar la película en Estados Unidos a mediados de Noviembre, cuando, de haberlo hecho apenas dos semanas antes, coincidiendo con Halloween, es más que probable que su recaudación se hubiera incrementado notablemente. A pesar de ello, la película fue un éxito comercial, de crítica y de público, y con el tiempo se ha convertido en una de las favoritas de la filmografía del director para el gran público.

Pero no fue "Sleepy Hollow" la película de terror de la temporada. Ese puesto estaba reservado para una producción de Disney, de 40 millones de presupuesto, con la que nadie contaba y que terminaría convirtiéndose en todo un fenómeno cultural y en la segunda cinta más taquillera de aquel año. Porque a pesar de que hoy en día sea un lugar común el afirmar que "El sexto sentido" no es tanto una película de terror como una historia que utiliza la presencia de fantasmas para hablarnos de la incomunicación familiar, el paso del tiempo y los traumas del pasado, lo cierto es que esa no era la teoría más compartida por los espectadores con los que compartí sala en sesión de noche el mismo viernes de su estreno y que gritaban como locos con susto de la película. "El sexto sentido" terminaría obteniendo 6 nominaciones a los Oscar, supuso el último momento de gloria como verdadera estrella para Bruce Willis y nos puso sobre la pista de dos nombres que prometían muchos momentos de gloria: Haley Joel Osment (probablemente el actor joven de más talento de las últimas décadas) y M. Night Shyamalan, un gran narrador, un planificador milimétrico. El nuevo Spielberg, llegaron a decir. Lo cierto es que ninguno de los dos ha terminado por gozar de la suerte que merecían en su futuro profesional.

"El guión dice que no hace falta que tenga pinta de mamarracho, pero seguro que puedo ponerme unas gafas que...".

Y si hoy en día se nos hace raro pensar en Disney produciendo películas adultas y originales, de mediano presupuesto y con presencia en la temporada de premios, cabe señalar que en ese ya lejano invierno del 2000 también llegaría a las carteleras "El dilema", drama sobre la libertad de prensa y la industria tabaquera en la que la compañía del ratón había invertido ni más ni menos que 90 millones de dólares. Y lo cierto es que se la pegó y terminó perdiendo más de 60 de esos millones. Pero, amigos, también es importante el modo de caer. Y "El dilema" lo hace de un modo bellísimo, con unos Al Pacino y Russell Crowe impecables y con el mejor Michael Mann como jefe de pista. Más de 160 minutos serios, tensos, bellos, magistrales. Con una realización que juega a evocar al gran cine de los 70 y que a la vez resultó precursora en las formas de gran parte del cine comercial que llegaría en los 2000. Y una composición de planos, un trabajo de fotografía de Dante Spinotti, que permitiría disfrutarla igualmente sin sonido. 7 nominaciones, ningún Oscar, la indiferencia del público y, sí, el reconocimiento de la crítica como la única recompensa que la película obtuvo tras su exigua carrera comercial.

Apenas un mes después, Pacino también protagonizaría otro fracaso comercial de más de dos horas y media de duración. Otra película magnífica, por cierto, y visualmente arrebatadora. Hablamos de "Un domingo cualquiera", dirigida por un frenético Oliver Stone con ese estilo fragmentado, loco y tan particular de sus películas de los 90. "Un domingo cualquiera" es un fresco sobre el mundo del fútbol americano. Periodistas, jugadores, entrenadores, médicos, directivos, aficionados… todos y cada uno de los sectores involucrados en dicho deporte pasan en algún momento del metraje por la desquiciada lupa de Stone. "Un domingo cualquiera" es una película histérica, épica, que entre susurrar y hablar elige chillar. Siempre parece a punto de descarrilar, pero nunca pierde el control. Probablemente, la última gran película de su director.

"Una cosa que no entendí es... cuando llegabas a la playa aquella ¿por qué los monos habían construido una Estatua de la Libertad?".

Todo lo contrario de lo que por aquel entonces nos propuso David Lynch con "Una historia verdadera". Como uno de esos dementes que antes de perder completamente la cabeza se arranca con un último momento de lucidez, Lynch, que con "Carretera perdida" ya había empezado a dar señales del rumbo que tomaría su carrera, decidió ponerse "fordiano", atreverse con un cuadro figurativo antes de abrazar definitivamente la abstracción. Y en esta película nos cuenta una historia de perdón, amor, redención y familia. La historia real de un anciano que emprende el mayor viaje de su vida a bordo de una cortadora de césped para poder despedirse en condiciones de su hermano. Una película de una belleza sobrecogedora, y de una sencillez, de un menos es más, propia de un maestro.

También es cierto que no todo fueron buenas noticias en aquel invierno de 2000, que contó con al menos dos ovejas negras dentro del buen nivel generalizado de estrenos. La primera de ellas fue, curiosamente, muy alabada por la crítica en el momento de su estreno. Me refiero a "Tres reyes", la tercera película de un director por aquel entonces desconocido llamado David O. Russell. "Brillante sátira” dijo la crítica. “Menuda basura” dije yo. “No volveré a trabajar a las órdenes de este mamarracho en la vida” dijo George Clooney, que acabó bastante cansado de las formas del director. Hasta el punto, dicen las malas lenguas, de llegar a las manos a lo largo del rodaje. Lo cierto es que nunca le encontré el punto a "Tres reyes", ni en el momento de su estreno ni en esta última revisión, en la que además de todos sus defectos, la he encontrado tremendamente antipática en su tono. No es divertida, incisiva o aguda como sátira y como bélico me parece tremendamente mal narrada. No funciona ni cuando se pone sentimental ni cuando trata de ser canallita. Un pequeño gran desastre que vaya usted a saber por qué terminó cayendo de pie entre la prensa especializada.

"Yo me encargo de esto y vosotros os repartís lo del incienso y la mirra".

Como de pie también cayó, al menos en lo comercial, "La playa", el nuevo trabajo de Danny Boyle y la primera película protagonizada por Leonardo DiCaprio tras el éxito arrollador que fue "Titanic". Casi 50 millones de beneficio dejó en Fox. ¿La contrapartida? Aquello no gustó absolutamente a nadie. Y tampoco podemos decir que la decepción fuera culpa del público. "La playa" podría funcionar a la perfección como ejemplo de manual de todos los males que asolarían a partir de aquel momento al cine de Boyle: estética con fecha de caducidad, uso machacón de la banda sonora, todo tipo de efectismos y echar por la borda un gran punto de partida con un desarrollo vulgar y decepcionante. Claro que de aquellas no lo sabíamos. El paso de "Una historia diferente" por las carteleras españolas había sido fugaz, y "Trainspotting" era el referente que manejábamos del cine de su director. El jarro de agua fría fue brutal.

Aunque para jarro de agua fría el que se llevó Sony Pictures Classic con "Acordes y desacuerdos", una de las películas más caras de la carrera de Woody Allen que apenas recaudó 4 millones de dólares a nivel mundial. El descalabro fue tan monumental que aquello supuso el fin de la relación entre la productora y el director, aunque también es verdad que no fue ese el divorcio más doloroso por el que hubiera pasado Allen en los últimos años. Que, a ver, claro, "Acordes y desacuerdos" era el falso biopic de un guitarrista de jazz de los años 20, que tampoco hacía falta mucho estudio de mercado para saber que rentabilizar aquello iba a ser complicado. Dicho lo cual, y carrera comercial aparte, el resultado final es maravilloso, como venía siendo costumbre en el Allen de los 90. Y si bien hoy en día se la tiene como una muesca menor en su filmografía, lo cierto es que es una película llena de encanto, muy valiente en lo narrativo, con una estructura muy atípica y con dos interpretaciones, las de Sean Penn y Samantha Morton (ambos nominados al Oscar), memorables.

"Bésame. Bésame antes de que cumplas 24 años".

También "La milla verde" nos ofreció un buen puñado de interpretaciones memorables. La película suponía la vuelta de Frank Darabont al género carcelario, tras "Cadena perpetua", su debut tras las cámaras, que había sido un estrepitoso fracaso en el momento de su estreno pero seis años después ya había tenido tiempo de convertirse en una de las películas favoritas de América. En "La milla verde" Darabont volvía a adaptar de nuevo a Stephen King, y en esta ocasión los resultados fueron palpables desde su estreno: un gran éxito comercial, 4 nominaciones a los Oscar y la sensación, ya en aquel momento, de estar asistiendo al nacimiento de un clásico.

Curiosamente otra de las nominadas al Oscar a mejor película tenía mucho que ver con "La milla verde". Y es que "Las normas de la casa de la sidra" era una película ambientada en la misma época, rodada con el mismo clasicismo, interpretada por un reparto en el que las jóvenes promesas compartían plano con actores de prestigio ya consagrados, adaptaba una gran novela americana y transcurría a lo largo de gran parte de su metraje en un orfanato (que bien podía cumplir la misma función que la cárcel de "La milla verde"). La Academia amó "Las normas de la casa de la sidra". La nominó a 7 premios, de los que ganó dos. Y, en cambio, con el paso de los años muy pocos la recuerdan, frente al amor que el público sigue profesando a "La milla verde". Quizás tenga que ver con que en el fondo Frank Darabont es mucho mejor director que Lasse Hallström, o con que Stephen King es mejor escritor que John Irving. O, a lo mejor, con que el clásico se hace, no nace. Por mucha intención que se le ponga no existe ninguna fórmula infalible a seguir. De todas formas sería injusto valorar a una película tan agradable e inofensiva como "Las normas de la casa de la sidra" en contraposición a los gigantes con los que le tocó competir en el tiempo. Aunque también es cierto que no es mala cosa señalar que, aunque les ganara en aquella temporada de premios, el tiempo ha terminado dictando otra sentencia al respecto.

"-Me ha pedido Harvey Weinstein que proyecte esta película a todos los académicos.
-Pues creeme, Michael, de todas las cosas que acostumbra a pedir Harvey te ha tocado la menos mala".

Otra adaptación literaria que llegó a las carteleras en esos días fue "El talento de Mr. Ripley", película que debía funcionar como confirmación del talento de Anthony Minghella tras los 9 Oscar ganados por "El paciente inglés". El resultado fue un éxito a medias: la película dio dinero, y arañó 6 nominaciones a la estatuilla, pero la Academia la ignoró en las categorías principales. Quizá suene demasiado pretencioso decir que la Academia se equivocó, pero aquí hemos venido a jugar y resulta EVIDENTE que la Academia se equivocó. "El talento de Mr. Ripley" es una adaptación ejemplar de la gran novela homónima de Patricia Highsmith, que no solo no rehuye sus aristas más escabrosas (la homosexualidad, el peligroso enigma que resulta ser su protagonista) sino que en ocasiones incluso se atreve a potenciarlas. La puesta en escena y la ambientación son tan exquisitas como es costumbre en el cine de Minghella y el trabajo de casting resulta especialmente acertado, puesto que consigue reclutar en una sola película a gran parte del que terminaría siendo el quién es quién del Hollywood de la siguiente década (Matt Damon, Jude Law, Gwyneth Paltrow, Cate Blanchett o Phillip Seymour Hoffman).

Pero no sólo de adaptaciones vivió la cartelera de aquel invierno del 2000. También tuvimos nuestra ración de secuelas. Una secuela. Una. En tres meses. Algo que hoy en día parecería ciencia ficción. Y qué secuela, amigos. Una que ejemplifica aquello que debe ser una continuación. Y es que "Toy Story 2" amplía el universo que nos había presentado su primera parte. Y lo hace a lo largo y a lo ancho. Hay más juguetes, más escenarios, más aventuras, pero es que, además, todos los personajes que ya conocíamos evolucionan, permitiéndonos profundizar en su personalidad. Pero no estaría bien que estos árboles no nos impidieran ver el bosque. "Toy Story 2" funciona, en esencia, porque es endiabladamente entretenida. Y muy divertida. Y el salto de calidad técnico que se produce con respecto a su primera parte es realmente impresionante. "Toy Story 2" fue la prueba definitiva de que Pixar había llegado para quedarse.

"¡Cuidado, Andy! ¡John Lasseter quiere abrazarte!".

El que también estaba intentando hacer méritos para quedarse era Jim Carrey, que estrenó entre nosotros "Man on the moon", el biopic de Andy Kaufman que le había llevado a ganar el Globo de Oro a mejor actor de comedia. Precisamente por eso, verle sorprendentemente fuera de las nominaciones por segundo año consecutivo, tras lo sucedido en 1998 con "El show de Truman", tuvo que ser especialmente doloroso para él. La película era tan buena como cabía esperar viniendo firmada por Milos Forman y guionizada por Scott Alexander y Larry Karaszewski (en su segunda colaboración como director y guionistas tras la maravillosa "El escándalo de Larry Flint"), pero al final terminó jugando demasiado sus bazas comerciales al Oscar de Carrey y se saldó con una pérdidas de más de 60 millones de dólares (el por qué una película como ésta terminó costando más de 80 millones de dólares es un misterio que siempre desconoceremos). Con el tiempo, hemos sabido que el comportamiento de Carrey a lo largo del rodaje dejó mucho que desear. Al parecer intentó mimetizarse tanto con el personaje de Kaufman que terminó comportándose como un verdadero imbécil con todos sus compañeros. Probablemente los miembros de la Academia fueran conscientes de todos estos problemas y por ello decidieron no premiarle.

Alguien sobre el que todo Hollywood acabaría poniendo una gran X sería Kevin Spacey, pero todavía no había llegado el momento de que eso pasara. De hecho, acabaría llevándose el Oscar a mejor actor en la ceremonia de aquel año gracias a su icónica interpretación en "American beauty", a la postre, la gran ganadora de aquella ceremonia. "American beauty" era el debut como director de Sam Mendes, una de las más grandes promesas del teatro británico, y aún a fecha de hoy sigue siendo recordada como una de las más brillantes óperas primas de la historia del cine. Porque "American beauty" sí que es una sátira que funciona a todos los niveles: puesta en escena, fotografía, un ajustadísimo guión de Alan Ball, interpretaciones... Y, además de ello, también es la perfecta película bisagra entre el cine de dos décadas, sirviendo como broche final de todo el cine "indie" que triunfó a lo largo de los 90 y como punto de partida a ese cine desencantado que caracterizaría al cambio de milenio.

"Sí, es solo una bolsa de plástico. Pero podría ser peor, al menos no es una peli de Lanthimos".

Aunque, si tuviera que quedarme con solo una película de semejante cosecha, mi apuesta sería clara: "Magnolia". Recuerdo salir del cine completamente abrumado por el recital de recursos empleados por Paul Thomas Anderson. Es tal la demostración de talento. que uno puede entender que hasta llegue a generar antipatía entre sus compañeros de profesión. Pero como espectador es una gozada asistir a esos 190 minutos de metraje en los que el director intenta absolutamente todo y absolutamente todo le sale bien. Salir de la sala más de tres horas después con el deseo irrefrenable de volver a pagar la entrada para volver a sumergirse en semejante catarata de sensaciones. E, incluso, tras veinte años y cinco revisionados, uno sigue maravillándose con asombro infantil ante semejante salto mortal sin red.

Y así fue como nos despedimos del mejor trimestre que hayamos podido disfrutar como espectadores en el último cuarto de siglo. Con la certeza de que nada de lo que tuviéramos por delante lograría estar a la altura. Y así fue. Pero también es cierto que la primavera de 2000 nos dejó, al menos, un par de películas más que icónicas. Ahora bien, eso ya es tema de otro artículo…

Daniel Lorenzo

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