"A propósito de nada"

"A propósito de nada"

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«El hecho de que seas el que eres el lo que te jode». No es una frase de Allen, ni de Groucho, sino de un desconocido para la mayoría de los lectores no americanos, en realidad también para la mayoría de los americanos, pero es de las pocas que han merecido estar en su autobiografía sin ser suya. Merece que la leáis de nuevo. Espero.

Título: "A propósito de nada"

Autor: Woody Allen

Editorial: Alianza Editorial

Una frase digna de frontispicio de templo griego, ¿Verdad? si no fuera porque a mitad de ceremonia aparecería un coro de "woodysallens" con clámide entonando chistes y nadie querría sacrificar a sus animales en circo semejante. Esta biografía es un campo de diamantes para esa cualidad que tiene Allen de girar, cerrar o apuntillar con una frase o una idea aparentemente sencilla y muy divertida.

Woody Allen ha tenido el pudor de no precisar el resultado de su prueba sobre coeficiente intelectual, a los cinco años, tras contarnos que es alto, pero su biografía no deja lugar a dudas de que hablamos de un superdotado, lo que implica igualmente ser un superhipocondriaco, un superobsesivo y algunas otras deficiencias superlativas que, y es la base de su sabiduría, ha convertido en humor por el que le llevan pagando desde los 17 años.

"A mi madre le recomendaron que me matriculara en el Hunter College, una institución especial para niños listos, pero hacer el extenso trayecto en tren desde Brooklyn hasta Manhattan cada día era demasiado duro para mi madre o mi tía, que se alternaban en llevarme en metro. Así que me mandaron de vuelta a la Escuela Pública N.° 99, un colegio de maestras retrasadas. Yo detestaba todas las escuelas y probablemente me habría servido entre poco y nada quedarme en Hunter. Mi madre no dejaba de atosigarme y de decirme que, si yo tenía un CI tan alto, ¿cómo podía ser que me comportara como un verdadero idiota en la escuela? Un ejemplo de mi idiotez escolar: en la secundaria tuve dos años de español; cuando entré en la Universidad de Nueva York, conseguí que me dejaran apuntarme al curso de español para principiantes, como si se tratara de una materia que jamás había cursado hasta entonces. ¿Podéis creer que la suspendí?".

Allen se sincera también en sus momentos más difíciles, sus separaciones, su enamoramiento con la mujer a la que dedica su libro, la pesadilla alrededor del caso que le ha convertido en veneno para la taquilla de su propio país; o la traición de sus productores y amigos que terminó en una demanda y el final de una amistad de décadas.

Sorprende saber la enorme cantidad de cosas, desde el deporte hasta aficiones variadas, que se le han dado bien a un hombre que nos ha convencido de poseer una personalidad insegura y titubeante. Resulta ser una herramienta destinada a hacerse "perdonar" el volquete de quejas existenciales que ha vertido sobre nosotros, alguien con un nivel de éxito casi indecente a lo largo de toda su vida.

"Si alguien me hubiera dicho que un día estaría tocando «Muskrat Ramble» delante de ocho mil seguidores, habría dudado de su cordura. De nuevo: si en la época en que yo estaba lanzando pelotas de béisbol a las alcantarillas de Flatbush alguien me hubiera dicho que un día terminaría haciendo una reverencia en La Scala después de llevar a escena a Puccini, lo habría mandado al mismo manicomio que al tipo que había dicho que estaría tocando «Muskrat Ramble»".

El relato es cronológico, desde el abuelo multimillonario arruinado en el crack de 1929 hasta sus películas europeas más recientes, donde no falta guiños afectuosos a España: "También en la adorable ciudad española de Oviedo hay una estatua de mi figura que es un retrato fiel. Nunca me solicitaron mi opinión y ni siquiera me informaron de que iban a instalarla. Simplemente, erigieron una estatua de mí en la ciudad, una verdadera estatua de bronce de esas sobre las que les gusta posarse a las palomas. También en este caso, a menos que una muchedumbre enfurecida la haya arrancado, sigue allí. Desde el momento que la instalaron unos vándalos robaron de la estatua unas gafas iguales a las mías. Esas son de bronce y están incrustadas en la escultura, que es de tamaño real, por lo que hace falta un soplete para sacarlas. Pero no importa cuántas veces vuelvan a colocarlas, siempre hay alguien que las roba. Me gustaría decir que nunca realicé algo noble y valiente en Oviedo para merecer este honor, pero, además de ir de visita, filmar un poco en esa ciudad, pasearme por sus calles y disfrutar de su hermoso clima (al igual que Londres, en pleno verano está fresco y gris y cambia todo el tiempo), no hice ningún mérito que justifique un retrato escultórico, salvo dejar que ahorcaran un muñeco igual a mí".

Su pulso, su tono de monologuista, permanece de principio a fin: "¿Cómo y, en serio, ¿es verdad que no me interesa dejar un legado? Ya me han citado antes al respecto, de modo que lo expresaré de la siguiente manera: más que vivir en los corazones y en las mentes del público, prefiero seguir viviendo en mi casa".

Un libro que salpica ingenio, talento y humor cada vez que pasas página.

Carlos López-Tapia

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