Conexión Oscar 2020: Sam Mendes, el regreso a la arena de premios dos décadas después

Conexión Oscar 2020: Sam Mendes, el regreso a la arena de premios dos décadas después

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Querido Teo:

Tras dar varios bandazos de un lado a otro, abandonar la franquicia Bond y cancelar un par de proyectos, el oscarizado director Sam Mendes ha vuelto con “1917”, un drama bélico rodado en (falso) plano secuencia que promete ofrecernos una experiencia auténticamente asombrosa y que ya viene respaldado por el Globo de Oro a la mejor película de drama suponiendo su regreso por todo lo alto a la arena de premios dos décadas después.

El guión, firmado por el propio Mendes y Krysty Wilson-Cairns (guionista de la serie “Penny Dreadful”), nos cuenta la historia de dos soldados en la Primera Guerra Mundial que tendrán que llevar a cabo una misión a lo largo de un único día y que consiste en sobrepasar a las tropas enemigas para entregar un mensaje que, de no ser entregado, supondría la muerte de 1.600 soldados, incluyendo el hermano de uno de los protagonistas. Una cinta que juega con el tiempo como personaje y que nos devuelve a un director al que, como muchos, parece que el triunfar tan rápido con su primera película (hace 20 años ganó el Oscar por “American beauty”) le ha pasado factura en una carrera que no hay más que reivindicar.

Sam Mendes empezó en el teatro que, en realidad, ha sido su hábitat natural siendo muy elogiado el revival que llevó a cabo de “Cabaret” en 1993 con Jane Horrocks, Alan Cumming y Adam Godley después de ser dos años director artístico del Donmar Warehouse, un centro cultural y teatral asociado al Covent Garden. Después vendrían “Oliver” y “Company” así como obras de Tennessee Williams, Alan Bennett o Anton Chekhov. Era el hombre del momento y no era extraño que Dreamworks se fijara en él para confiarle una película rompedora como “American beauty”, la mueca de estupor frente al sueño americano, y un golpetazo a la hipocresía de la clase media representado en la familia encabezada por Kevin Spacey y Annette Bening, que triunfó en los Oscar del año 2000 con 5 premios.

Con Hollywood a sus pies su siguiente trabajo no hizo más que superar las expectativas superando ese reto tan difícil de mantener el nivel en la segunda película cuando ya todo el mundo está pendiente de ti. Una cinta que nos devolvía el cine americano clásico en una de mafiosos sin concesiones con personajes que huyen de sí mismos y abrazan el remordimiento y el peso de lo que han construido a su paso. En “Camino a la perdición” Tom Hanks y Paul Newman brillan en un recital que jalonaba una cinta con empaque, solidez y emoción y que quedó demasiado olvidada en la carrera al Oscar teniendo 6 nominaciones menores y sólo haciéndose con el premio a la mejor fotografía para un Conrad L. Hall que, antes de fallecer, dejó una de las escenas icónicas del cine del siglo XXI como fue ese momento de ajuste de cuentas bajo la lluvia.

“Jarhead” llegaría tres años más tarde, en 2005, siendo una adaptación de las memorias de un veterano de la Guerra del Golfo, un libro de gran éxito en su país que era como ver el patio trasero de una historia de marines de 20 años que se pasan cinco meses esperando en un vacío mental impresionante. Adolescentes jugando a la guerra sin saber de qué va. Un buen análisis que transmitía el tedio de esos adictos a la adrenalina, de esos juguetes rotos por su propio país. La película pretendía ser rompedora en el manejo de la cámara, con lo que no existen planos largos sino que la imagen se sitúa al mismo nivel del campo de visión de los soldados protagonistas, para así introducirnos de primera mano en lo que ellos sufren en pleno campo de combate. Una decisión de Mendes que hacía mantener el interés en una cinta que era una muesca más dentro de ese cine bélico contemporáneo más centrado en la psique de los soldados que en la épica y la patria.

Si hay una película infravalorada en la carrera de Sam Mendes esa no es otra que “Revolutionary Road”, una historia sobre el desamor y que en cierta manera fue precursora de las más recientes “Blue Valentine” o “Historia de un matrimonio” a la hora de hablar del fin de una relación de una pareja. Contando con el reclamo de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet después de “Titanic”, la actriz en esos momentos estaba casada con Mendes teniendo dos hijos en común y antes de su divorcio en 2011, se basaba en una novela clásica sobre un matrimonio joven y con hijos en los suburbios de Nueva York en los años cincuenta. Una convivencia de crisis y peleas porque no les gusta su vida estable y rutinaria provocando el personaje de Winslet que todo cambie haciendo explotar ese sentimiento de rutina y hastío en ebullición de manera soterrada a la apariencia. Una cinta dura, llena de conversaciones, que lograba reflejar con universalidad los claroscuros de la convivencia y el hastío así como la falta de sueños y motivaciones cuando una relación se ha convertido en un lastre más que una motivación. A pesar de las buenas críticas y el trabajo de Kate Winslet (fue considerada por “The reader” ese mismo año ganando el Oscar por el film de Stephen Daldry) la cinta sólo fue destacada en los premios en las categorías de vestuario, dirección artística y en la de actor de reparto para un Michael Shannon al que descubríamos como vecino torturado de la pareja.

Desde un punto de vista más luminoso y contemporáneo llegaba otra relación de pareja en “Un lugar donde quedarse”, quizás la película más discreta de la carrera de Sam Mendes, en la que reflexionaba sobre el paso a la madurez de una pareja de treinteañeros en forma de embarazo. Un viaje con golpes de humor recorriendo la América profunda contemplando diversos tipos de hogar mientras se cuestionan las inseguridades que da una nueva responsabilidad, la añoranza de ese tiempo pasado, o como afecta un embarazo a una joven pareja que en esta cinta era interpretada por John Krasinski y Maya Rudolph.

Si aún se podía dudar de la fiabilidad o no de Sam Mendes hizo lo impensable que era revitalizar la saga de James Bond con la brillante “Skyfall”, una película tributo a todo lo que ha supuesto la saga y su punto más álgido bañándola de contemporaneidad abrazando lo visto en las remozadas sagas de Jason Bourne o “Misión imposible”. Calidad, empaque y un gran reparto para un intenso thriller en el que se desarrolla muy bien la personalidad de los distintos personajes que se mueven como si fuera una obra de teatro encajada en una superproducción que sufre el ERE al que quieren someter en la película al servicio de inteligencia británico MI6. La quiebra de Metro-Goldwyn-Mayer amenazó con cargarse al personaje, pero Bond volvió con fuerzas renovadas. Además, la canción de Adele impregnaba de atmósfera bondiana una cinta que no se quedó lejos de la nominación al Oscar a la mejor película y que dejaba también el mejor homenaje a la M de Judi Dench y un villano de altura como el inquietante y bizarro personaje de Javier Bardem.

Aunque se lo pensó mucho también se hizo cargo de la siguiente de la saga Bond, “Spectre”, en la que mantuvo el nivel continuando con sus éxitos teatrales. El último muy reciente, “The ferryman”, narrando la historia de una familia atrapada por el tiempo, la aparición de un cadáver y un entorno marcado por el IRA en la Irlanda de 1981. Triunfó con ella tanto en los Laurence Olivier británicos como en los Tony americanos. Ahora sólo queda ver un nuevo hito para el cine bélico, “1917”, cinta en la que juega con el espacio, tiempo y emoción en una película que debería devolverle a la categoría reina en los Oscar ya que, tras 20 años de carrera, Sam Mendes ha demostrado tener su olfato, oficio y capacidad de sorpresa intacto con el instinto de un viejo maestro.

Nacho Gonzalo

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