“Metrópolis”

“Metrópolis”

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Los aficionados a la mejor saga detectivesca de la Alemania entre los años 20 y los 60 nos lanzamos sobre el anunciado como último libro de su autor cuando murió hace menos de un año. Era su regalo póstumo para nosotros. Pero como en algunas historias de misterio, ha tenido un final tras el final. A las pocas semanas la editorial hacía llegar una nota donde anunciaba de nuevo, el último libro de Philip Kerr. Al preguntar en la editorial española sobre lo extraño del asunto, su respuesta fue que no sabían que hubiera un libro más, esta vez sí el último. Bernie Gunther no hubiera creído que fuera otra cosa que un juego de marketing, pero en realidad desearíamos que nos engañaran al menos un par de veces más. Ha sido un regalo muy especial “Metrópolis” porque es un cierre perfecto, el comienzo de la saga, el primero que habría que leer si siguiéramos la vida de Gunther cronológicamente. Por esta razón hay más Berlín que nunca ya que el personaje no se mueve de la capital alemana en toda la historia… una muy buena historia teñida de cine.

Título: “Metrópolis”

Autor: Philip Kerr

Editorial: RBA

La incorporación de Gunther a la policía criminal se produce poco después del impacto provocado por la película de Fritz Lang, “Metrópolis”, y Bernie no sólo se cruzará con la guionista del filme que encumbró a Lang, sino que le dará la idea para enfocar su siguiente película. La investigación tras un asesino en serie de cuatro prostitutas a las que les arranca el cuero cabelludo pasará por el mundo de los cabarets que florecían a finales de los años 20, y Kerr imagina para nosotros uno muy especial: El Sing Sing.

“— ¿No está en China la cárcel de Sing Sing?

— No, está en Nueva York. Pero no me preguntes por qué se llama así. Sing Sing es famosa sobre todo por albergar una silla eléctrica a la que llaman la Vieja Chispas. Lo que es más bien un apodo, diría yo. Me han dicho que también hay una en el club. Pero solo de adorno.

— Me alegra que lo sea.

Llegamos al portón de aspecto rústico del club. Como todos los demás aspectos del establecimiento, estaba diseñado para que pareciera salida de una prisión, con un ventanuco enrejado y una puerta más pequeña encajada en el portón. Llamé al timbre y un ojo y luego una boca igual que un molusco de aire feroz aparecieron tras las rejas y exigieron saber la contraseña. No muy convencido, dije:

— Hitler.

Unos instantes después, oí que abrían la cerradura y descorrían los pestillos.

— Esperemos que salir de aquí resulte igual de fácil —murmuré, y entonces se abrió la puerta más pequeña, dejando escapar una vaharada de ruido impregnado de humo y olor a alcohol.

El gorila situado tras la puerta era medio hombre y medio mastín cruzado con dogo. Tenía una cicatriz enorme en medio de la cara, de modo que parecía tener dos narices. Una de sus orejas me recordó a un feto nonato. No era la idea que se habría hecho nadie de un hombre razonable a menos que admirase a Frankenstein. Con uniforme de carcelero y provisto de una porra, olía intensamente a cerveza y su sonrisa semejaba un antiguo cementerio. Cerró la portezuela de golpe a nuestra espalda, echó la llave e indicó a un camarero que se acercara. Los camareros de cabeza rapada, todos vestidos de presos, con números en la espalda, parecían tipos tan duros como el gorila. El que nos llevó a la mesa 191819 tenía tantas cicatrices en la cara que parecía indistinguible de las vías de la estación de Postdam. Le di cinco marcos y le dije que nos trajera una botella de champán alemán y dos copas. Volvió rápidamente con una botella de Henkell y dos tazas de hierro esmaltado.

— Aquí no hay copas —dijo—. Solo tazas de cárcel.

Escribió su número en la cuenta (191819/22) y lo dejó bajo la cubitera.

Por lo menos el champán estaba frío. Serví un poco y brindé con Rosa, quien me sonrió inquieta. Dijo algo, pero no alcancé a oírla porque el hombre sentado a nuestro lado le hablaba a gritos a una chica bonita vestida con medias y liguero, un corpiño ceñido y poco más. Los dos fumaban marihuana. Poco después, ella escupió el chicle que mascaba y empezó a besarlo. Su compañero la llamaba Helga; supuse que era su nombre. Bastaba mirarla para darse cuenta de que era lo bastante dura como para sobrevivir a otro Krakatoa.

El champán sabía mucho mejor de lo que cabía esperar, incluso en una taza metálica. Rosa también debió de pensarlo, porque apuró la taza de un trago y luego se me sentó en la rodilla.

—Por lo menos ahora te oigo —comentó, y dejó que le sirviera otra ronda.

Parapetado tras el cuerpo de Rosa, aproveché la oportunidad para echar un vistazo alrededor. El local estaba decorado igual que el comedor de la cárcel de Plötzensee, con recias mesas de madera, gruesas rejas de hierro en las ventanas y, en lo alto de una escalera, un vigilante que, según nos informó el camarero, prestaba atención a los carteristas. El garito estaba abarrotado de pobladores de los bajos fondos berlineses, pero no vi a nadie que encajara con la descripción de Emil el prusiano que me habían facilitado los veteranos a la entrada del acuario.

En la parte anterior había un pequeño escenario con un telón negro. Me temí que un artista de cabaret iba a salir a entretenernos. Mientras pensaba en ello, un hombre se acercó a nuestra mesa e hizo justo eso. Tenía unas esposas entre las manos.

— Miren —dijo—. Fíjense en estas esposas. Son auténticas manillas de poli. Adelante, señores. Échenles un buen vistazo.

Cogí las esposas y las examiné con detenimiento.

— Parecen auténticas —observé.

— ¿Parecen? Claro que son auténticas. Venga, guapa, póngamelas en las muñecas. Apriete tanto como quiera. Eso es. Venga, no son vendajes, ni mucho menos. Así me gusta. ¿Qué le parece ahora? ¿Soy su prisionero o qué?

Rosa asintió.

— Yo diría que está atado y bien atado, sin duda.

No vi cómo lo hizo, pero le llevó menos tiempo quitarse las esposas del que tardó en quitarse la gorra y pedir una moneda, que me apresuré a darle.

Bebimos un poco más de champán y nos acomodamos. El hombre de al lado le hablaba a Helga sobre el tiempo que pasó en la cárcel de Moabit. En otro sitio habría sido un asunto poco apropiado, pero en el Sing Sing era como contarle a alguien en la Ópera Alemana que había recibido formación de tenor en Milán.

— ¿Cuánto estuviste entre rejas, Hugo? —preguntó ella.

— Cinco años.

— ¿Qué delito cometiste?

— Escribir poesía —contestó, y se echó a reír.

— Hay muchos poetas que merecerían ir a la cárcel.

Eso no se lo podía discutir, pero procuré no mirarlos y me guardé mi opinión. Guardarse las opiniones era esencial en el Sing Sing. Algunos clientes parecían ofenderse por el menor comentario. Estalló una pelea en la otra punta del club, pero el gorila le puso fin en un abrir y cerrar de ojos mediante un método tan expeditivo como partirles la crisma a los dos combatientes con la porra, maniobra que mereció unos estrepitosos aplausos y vítores. Los arrastraron inconscientes hasta la puerta y los lanzaron a la cuneta sin más ceremonias.

Llevábamos allí casi una hora cuando el deseo por Rosa empezó a tener prioridad sobre mi deseo de dar con Emil el prusiano. Parecía poco probable que se presentara en ese momento. Estaba a punto de pagar la cuenta cuando un tipo vestido de carcelero y maquillado como una puerta salió al escenario y tocó un silbato. Algunos espectadores parecían al tanto de lo que iba a ocurrir y lo ovacionaron con entusiasmo. Poco a poco se hizo el silencio.

— Buenas noches, damas y caballeros —saludó, a la vez que se quitaba la gorra de plato—. ¡Y bienvenidos al Sing Sing!

Más aplausos.

— En la mayoría de los clubs de Berlín tienen bandas de música o chicas desnudas hoy en día; o ventrílocuos o magos. Incluso tengo entendido que en ciertos clubs se puede ver a dos personas manteniendo relaciones sexuales. Y a veces a tres o cuatro. Qué cantidad de pollas, qué cantidad de conejos, qué anticuado. Pero el Sing Sing tiene algo único en los anales del espectáculo. Les prometo que no olvidarán lo que vamos a mostrarles. Porque, damas y caballeros, y sin más dilación, una vez más tenemos el honor de presentar a la mayor estrella del cabaret de Berlín. ¡Hagan el favor de brindarle una cálida bienvenida al Sing Sing a la Vieja Chispas en persona!

Más aclamaciones y más taconazos contra el suelo de tablones cubiertos de serrín cuando el telón se descorrió para dejar a la vista una gran silla de madera equipada con correas de cuero. El maestro de ceremonias se sentó en la silla y cruzó las piernas con aire despreocupado.

— Como pueden ver, es una reproducción exacta y operativa de la silla eléctrica que hay en la cárcel de Sing Sing de Nueva York, que recientemente se usó para ejecutar a un ama de casa judía llamada Ruth Snyder, quien asesinó a su marido para cobrar el seguro de vida. Pobrecilla. Como si algo así fuera insólito. En Berlín, lo más probable es que le hubieran concedido una medalla y una pensión.

Otra ovación.

 — Ahora bien, muchos de ustedes sabrán que la silla eléctrica se presentó como una alternativa más humana a la horca. Sin embargo, en ocasiones la ejecución no salía tan bien como habrían deseado las autoridades o el condenado. A veces usan demasiada electricidad, en cuyo caso la víctima arde en llamas, y a veces no usan la suficiente, y la víctima sobrevive y hay que electrocutarla de nuevo. Como es natural, todo es cuestión de dinero y depende en buena medida de si la cárcel ha pagado la factura de la luz. O no. Por suerte, el Club Sing Sing no tiene esos problemas con la compañía eléctrica de Berlín. Nosotros siempre pagamos las facturas. No siempre con nuestro dinero, claro. Pero pagamos porque sin electricidad no podrían disfrutar ustedes de la Vieja Chispas. Sí, me alegra anunciar que ha llegado ese momento tan especial, por no decir electrizante, de la velada en que invitamos a un miembro del público del Sing Sing a acompañarnos en el escenario y ofrecerse voluntario para morir electrocutado. ¿Qué otra cosa es razonable pedir para ofrecerles todo un espectáculo? Ojalá algunos de nuestros políticos del Reichstag mostraran una inclinación similar a ser electrocutados, ¿eh? Es justo lo que se merecen esos cabrones. Bueno, ¿hay algún voluntario? Venga, damas y caballeros, no sean tímidos. La Vieja Chispas se muere de ganas de saludar y dar las buenas noches a su manera peculiar.

¿No? Bueno, no puedo decir que me sorprenda. La Vieja Chispas nos hace sentir a todos un poco tímidos, ¿verdad? A fin de cuentas, dejarte achicharrar en la silla eléctrica para diversión de tus conciudadanos no es moco de pavo. Por eso solemos elegir a alguien echándolo a suertes. Así pues, damas y caballeros: si miran su cuenta, verán que lleva un número. Hagan el favor de mirarlo mientras escojo uno de esos números al azar.

El maestro de ceremonias metió la mano en una bolsa grande con la leyenda BOTÍN y la sacó con un papelito que contenía un número que pasó a leer:

— Y el número perdedor de esta noche es el 191819/22.

Para mi sorpresa (y luego horror), caí en la cuenta de que ese era mi número. Estaba a punto de arrugar la cuenta y dirigirme a la puerta, pero la amiga de Hugo, Helga, ya se había fijado en el número y tenía la amabilidad de señalarme al maestro de las grotescas ceremonias.

— Aquí está —gritaba con emoción, y de pronto todo el mundo me estaba mirando—. El condenado. Se sienta justo a mi lado.

Le sonreí a Helga, aunque habría preferido arrancarle un pedazo del cuello de un mordisco. Pero estaba acorralado. No me quedaba más remedio que fingir buen humor y tomar parte en la ordinaria farsa del Sing Sing”.

Puede que el Sing Sing no haya existido jamás, pero para cualquiera que haya leído uno de los mejores libros sobre la época, “Adiós a Berlín” de Christopher Isherwood, en el que se basó “Cabaret”, reconocerá el ambiente: transgresión controlada. Kerr exhibe más que nunca la capacidad de Bernie Gunther para la ironía, el cinismo y el valor del viejo Sam Spade, uno de los miembros más importantes del santoral de la novela negra americana, al que la cara de Bogart le vino muy bien. Gunther espera su turno en este momento de series de toda clase. Recuperar el Berlín de entonces no sería una gran novedad, se ha hecho muy bien en la serie “Babylon Berlín”), pero las tramas de Kerr y su cuidado con los detalles históricos merecen el intento. Si no habéis leído sobre Bernie, empezad por este, el último y primero.

Carlos López-Tapia

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