“Foxtrot”

“Foxtrot”

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La web oficial.

El argumento: Una familia con problemas tiene que afrontar los hechos después de que algo salga terriblemente mal en el lejano puesto militar donde está destinado su hijo.

Conviene ver: Samuel Maoz se llevó el Gran Premio del Jurado del Festival de Venecia con “Foxtrot” y no podemos estar más de acuerdo con ello ante lo que nos ha sorprendido, de una manera muy austera pero directa, con su segundo largometraje tras ya en 2009 ganar el León de Oro del mismo certamen con su ópera prima “Líbano”. La cinta vuelve a tratar la realidad de la guerra en un territorio siempre en conflicto aunque aquí desde una perspectiva más familiar y humana cuando a unos padres les llega la noticia de la muerte de su hijo en el puesto fronterizo donde está destinado fruto del servicio militar obligatorio en Israel en un juego de verdades, reproches y lastres de la burocracias del país para profundizar más en la herida propia del dolor que sufren estos personajes ante la peor de las noticias posibles en un piso que a partir de ese momento no se quita la sensación de ser un escenario opresivo en el que el destino parece estar de vuelta para ajustar, en cierta manera como se nos desvela al final de la la cinta, cuentas con el pasado como una macabra jugada. Una cinta que termina sorprendiendo y que, además de mostrar cómo viven la guerra los que padecen la ausencia de los suyos y el miedo constante a perderlos, también nos lleva a conocer en un determinado momento a cuatro jóvenes cuyas vidas están interrumpidas por sus compromisos con el ejército en esa línea fronteriza marcada por el hastío (teniendo que jugar con una lata en el contenedor inclinado en el que duermen), la falta de medios (abandonados a su suerte por sus jerifaltes), la necesaria y forzada camaradería para no terminar perdiendo la cabeza (como esa historia gráfica con toques de realismo mágico o ese impagable baile de foxtrot que lleva a cabo uno de ellos), la sospecha continua ante el que llega a esa barrera que separa ambos lados y ese miedo congénito que les aboca incluso a tomar las medidas más desesperadas con consecuencias fatales fruto de la inexperiencia, la psicosis que genera el miedo congénito, y de ser víctimas de un país militarizado y con demasiados fantasmas en su historia evadiéndose los jóvenes con la música, el recorrido de botes de carne deslizándose por el suelo, o dibujos inspirados en la realidad al que asisten a su alrededor. Una pequeña sorpresa, que en parte recuerda a “Vals con Bashir”, con la que Maoz, incluso tirando a veces de un surrealismo que no se carga en ningún momento el tono realista de la cinta, sigue atrapando al espectador sin moverse por terrenos obvios confirmando la buena salud de cinematografías como la israelí que, a base de sobriedad y los medios justos pero con el mensaje bien claro, logran con facilidad transmitirlo conmoviendo, impactando y favoreciendo siempre la reflexión y la autocrítica de porque no miramos más a una realidad no tan alejada de nosotros como creemos y de la que la comunidad internacional debería preocuparse más con el fin de evitar esa sensación de permanente alerta e incertidumbre y continuo dolor humano truncando vidas y familias generación tras generación en un péndulo circular que hace que los dramas, problemas, preocupaciones e historias acaban pasando sin remedio de abuelos a nietos sin capacidad de solución. Y es que al final el título es una metáfora de como los personajes terminan llegando al mismo punto del que partían en este particular baile con el destino.

Conviene saber: Gran Premio del Jurado del Festival de Venecia 2018 y en el corte de 9 finalistas al Oscar 2018 de mejor película de habla no inglesa.

La crítica le da un OCHO

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