Sociedades director y compositor: David Lean y Maurice Jarre, la épica se convirtió en poesía

Sociedades director y compositor: David Lean y Maurice Jarre, la épica se convirtió en poesía

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Querido Teo:

Al pensar en las grandes y celebradas colaboraciones entre directores y compositores siempre pensamos en longevas carreras con multitud de películas a lo largo de varias décadas… pero lo cierto es que hay algunas en las que la magia y el talento se juntaron en muy pocas películas, pero suficientes para crear un legado imperecedero e inolvidable. Es el caso de David Lean y Maurice Jarre. El director inglés y el compositor francés trabajaron juntos únicamente en cuatro películas… algo que extrañará a muchos teniendo en cuenta el aura legendaria que existe alrededor de estos dos hombres y sus carreras.

Pero así fue, Jarre empezó a colaborar con Lean cuando éste ya tenía una carrera y un currículum impresionantes, premios incluidos. Y lo haría únicamente en cuatro películas (¡pero qué cuatro!) por motivos que enseguida desvelaremos. Todo comenzó con el proyecto de llevar a la gran pantalla las aventuras de cierto militar y arqueólogo británico de la Primera Guerra Mundial en los desiertos árabes, alrededor de 1961. David Lean era un respetado director inglés cuya carrera comenzó a la sombra del dramaturgo, director y actor Noël Coward, y siendo antes montador (cosa que, en el fondo, nunca dejó de ser y que tanto le benefició en sus películas posteriores). Por un lado, empezó a ser célebre por sus películas inglesas pequeñas e íntimas, magníficamente fotografiadas en blanco y negro y con historias de personajes desgarrados y encorsetados por la sociedad de su tiempo. “La vida manda”, “Un espíritu burlón” y su primera obra maestra, la celebradísima “Breve encuentro”, le otorgaron fama y reconocimiento. Y por otro lado, también fueron ampliamente elogiadas sus dos adaptaciones de Charles Dickens. “Cadenas rotas” (como se tituló en España a “Grandes esperanzas”) y “Oliver Twist” aun siguen hoy en día considerándose como las mejores adaptaciones de ambos clásicos, piezas que demuestran la maestría de Lean a la hora de crear atmósferas y colocar en ellas a personajes en permanente lucha contra su destino.

Tras estas películas, y algunas más en Inglaterra, llamó la atención de Hollywood con “Locuras de verano”, una comedia ambientada en Venecia con Katharine Hepburn. Y la explosión y el bautizo de Lean como director de enormes películas épicas vino con la siguiente: “El puente sobre el río Kwai”. 7 Oscars, entre ellos los de mejor película, mejor director y mejor actor para su intérprete fetiche de toda la vida, Alec Guinness, le subieron a los altares de la meca del cine, donde a partir de entonces tendría carta blanca para elegir proyecto, colaboradores y casi lo que quisiera. Y lo que quiso a continuación fue hacer una película sobre la vida de Mahatma Gandhi, proyecto que tuvo dejar ante la imposibilidad de encontrar un enfoque adecuado acorde al tamaño del personaje (algo que finalmente encontraría 20 años después Richard Attenborough). De modo que Lean y el productor Sam Spiegel optaron por otra figura todavía más extraña y enigmática; la de Thomas Edward Lawrence.

Por su parte, Maurice Jarre era un joven compositor francés no demasiado conocido. Había iniciado su carrera pocos años antes, y empezaba a hacerse un nombre trabajando con directores como Henri Verneuil y, especialmente, Georges Franju, cuya película “Los ojos sin rostro” permitió a Jarre realizar su primer gran trabajo. Tras esta película, el compositor recibió una llamada para participar en una gran superproducción de Hollywood. Una invitación que le llegó de carambola y por una serie de circunstancias bastante insólitas, como ahora veremos.

“Lawrence de Arabia” (1962), la música del desierto

Tras el exitazo total que fue “El puente sobre el río Kwai”, Lean se fue a Jordania, España y Marruecos a rodar su siguiente película sobre la vida del mítico y extraño Lawrence de Arabia, el militar británico que unió a todas las tribus árabes para luchar contra el imperio otomano en la gran guerra en el desierto. Fue un rodaje casi tan legendario como la propia película. El interminable casting hasta dar con los desconocidos Peter O´Toole y Omar Sharif, el perfeccionismo de Lean a la hora de buscar y plasmar sus imágenes, la lentitud y las condiciones del rodaje en lugares casi inexplorados del desierto jordano, las localizaciones de Almería y Sevilla… esa lentitud tan propia del director se trasladó a la postproducción y, por supuesto, a la hora de buscar una música apropiada para retratar a Lawrence y al desierto.

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Sam Spiegel, como productor omnipotente que era (aun cediendo ante la terca independencia de Lean), se encargó personalmente de escoger a los músicos que le apetecieron. Primero contactó con los británicos William Walton y Malcolm Arnold, éste último habiendo ya colaborado con Lean en “El puente sobre el río Kwai”, ganando un Oscar por su partitura. Ambos no lo vieron claro, y acabaron rechazándolo, de modo que Spiegel se acordó de ciertas películas francesas que había visto últimamente cuyas partituras le habían parecido relevantes y de calidad. Supo que era Maurice Jarre el compositor y de inmediato se puso en contacto con él. Su plan para la música de “Lawrence de Arabia” era monumental; repartir la composición en “partes”. El británico Benjamin Britten compondría la parte británica de marchas militares y temas variados, el insigne y reconocido compositor ruso Aram Khachaturian se encargaría de la música árabe, mientras que Jarre coordinaría ambas partes y compondría lo que se llamó “música dramática”. Entre unas cosas y otras, Jarre aprovechó para empaparse del personaje, del mundo árabe y hasta leyó el propio libro en el que Lawrence narró sus aventuras, y que la propia película adaptaba en parte: “Los siete pilares de la sabiduría”.

Al final, por diversos motivos, Britten y Khachaturian se bajaron del barco, dejando a Jarre solo para componer la música de toda una superproducción y en sólo 5 semanas hasta el día del estreno. Jarre acabó trabajando codo con codo con David Lean, a pesar de las continuas interferencias de Spiegel, y logrando una simbiosis y un entendimiento perfectos que durarían para el resto de sus carreras. Y la colaboración dio su fruto. Jarre acabó componiendo el que sería uno de los temas principales más famosos y recordados de toda la Historia del cine, un tema que aúna la grandiosidad y belleza del desierto con una cierta tristeza que retrata el alma atormentada del protagonista.

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Jarre manejó eficazmente la orquesta para crear contundentes temas para los árabes, pero se lució especialmente a la hora de “pintar” musicalmente el desierto. Utilizó un instrumento como el ondas Martenot para crear sonoridades extrañas y agrestes que ayudarían al espectador, junto con las imborrables imágenes de Lean, a sentir la desazón y la dureza del vasto desierto infinito, el agotador calor y la marcha de los camellos hacia el horizonte. El compositor francés también triunfó a la hora de ayudar a mostrar la personalidad compleja y fascinante de Lawrence. Un tema juguetón y de aires casi ingenuos e infantiles le sirven para mostrar al personaje al principio de la película como alguien desubicado y soñador, que no encaja en el estamento militar. Y a lo largo de la película, ese carácter irá oscureciéndose según el protagonista va cambiando y su mente y personalidad van erosionándose y dañándose. Al final, de ese tema inicial sólo quedan unas notas tristes que envolverán a Lawrence en su vuelta a casa. Y entre medias, melodías radiantes y plenas de fuerza y potencia para retratar la épica y la aventura en su estado más puro. Secuencias como la salida del campamento del Wadi Rumm hacia Aqaba, la posterior conquista de esta ciudad y el paseo de Lawrence en camello por la playa al atardecer no tendrían la misma belleza ni significarían lo mismo sin la inmortal música de Jarre. Y entre esas secuencias una destaca especialmente; tras rescatar a su amigo beduino que se había quedado atrás perdido en el desierto, Lawrence se reúne con su joven ayudante árabe que corre a su encuentro galopando en el camello. “Nada está escrito”.

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Como suele decirse, el resto es Historia. Oscar merecidísimo para Jarre, uno de los siete que se llevó la película en ese 1962 (junto con los de película y director, entre otros), y las puertas de la fama y de Hollywood abiertas de par en par para quien sólo un par de años atrás era un desconocido compositor de la cinematografía francesa.

“Doctor Zhivago” (1965), el don de la balalaika

Definitivamente, David Lean estaba en su momento más alto. Reverenciado por la crítica y aclamado por el público, el cineasta parecía ser un rey Midas que convertía en oro cualquier proyecto en el que se sentara en la silla de director. Después de un par de años de descanso, y tras prestar su ayuda al director George Stevens rodando algunas escenas, sin acreditar de “La historia más grande jamás contada”, Lean eligió la que sería su siguiente superproducción: “Doctor Zhivago”, una novela escrita por el ruso Boris Pasternak, premio Nobel de Literatura y escritor perseguido por las autoridades soviéticas debido, precisamente, a esta novela, ambientada a lo largo de varias décadas en la Historia de Rusia y haciendo un recorrido por la caída del régimen zarista, la Revolución, la Guerra Civil y el surgimiento de la URSS. Todo ello visto a través de los ojos de un médico y poeta, Yuri Zhivago, que transita por toda esta época convulsa y sufre en primera persona sus consecuencias, además de vivir una historia de amor fuera de su matrimonio con una enfermera, cuyo nombre es Lara.

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Lean, ante las tensiones que tuvo con Spiegel en su anterior película, llegó a un acuerdo con el productor italiano Carlo Ponti y con la MGM para llevar a buen puerto una película de esta magnitud, teniendo plenos poderes y total libertad para rodar al ritmo que él estimara. El director se rodeó de los colaboradores de “Lawrence de Arabia”, incluido, por supuesto, Maurice Jarre. El rodaje se llevó a cabo casi íntegramente en España, en parajes de Soria, Segovia y Madrid, y las anécdotas e historias acerca de su lujoso reparto, sus decorados kilométricos para recrear Moscú y sus localizaciones sin fin superarían a los de la película precedente. Jarre ya tenía en su currículum varias películas importantes, pero componer para alguien tan exigente y perfeccionista como Lean siempre era un reto. La película apostaría claramente por narrar la trayectoria vital y sentimental de su personaje central a través de los acontecimientos que ocurrían a su alrededor, y centrándose especialmente en el devenir romántico de Yuri con Lara, y con su esposa Tonya. Algo que tuvo muy en cuenta Jarre a la hora de escoger un tema principal sobre el que vertebrar toda la composición. Y al principio le costó tanto dar con una melodía que aunara el recuerdo y la visión de la estepas nevadas rusas con la odisea histórica y romántica de su protagonista que tuvo una crisis de ansiedad. Lean le recomendó que se tomara unas pequeñas vacaciones y se fuera con su mujer a las montañas, para poder inspirarse mejor (teniendo en cuenta la habitual lentitud de caracol a la que iba la película) en el paisaje y en sus propios sentimientos. Jarre así lo hizo, y la estrategia funcionó de perlas. El resultado fue de nuevo otro tema sencillamente inolvidable para cualquiera que haya visto la película aunque solo sea una vez. El “tema de Lara”, combinando orquesta con el característico sonido de la balalaika rusa, es un prodigio de romanticismo exacerbado, de historia de amor más grande que cualquier acontecimiento histórico. Un tema que sería de tal importancia para la película como los ojos azules de Julie Christie.

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El resto de la composición transcurre entre variaciones del tema principal y diversas músicas ambientales, todas ellas magníficamente compuestas y ejecutadas, como valses, cánticos e himnos rusos, así como determinados temas más oscuros y sinuosos para retratar a varios de los personajes principales, como el rastrero Komarovsky o la dulce Tonya; y coros para hacer visible al propio pueblo ruso. La composición, resuelta así con un tema identificatorio y varios secundarios y ambientales, se convirtió en uno de los pilares fundamentales de la película, junto con el fabuloso guión de Robert Bolt, la fotografía y los actores. Y, de nuevo, Lean dio en la diana. Absoluto y gigantesco éxito en taquilla, “Doctor Zhivago” sigue siendo, a día de hoy, una de las películas más rentables de todos los tiempos. 5 Oscar se llevó a la mochila y, entre ellos, por supuesto, el segundo para un Maurice Jarre que quedaba instalado de forma definitiva como el colaborador inamovible para David Lean. Lástima que esta vez las críticas no acompañaran tanto y se empezaran a alzar ciertas voces en contra de su estilo cinematográfico… voces que serían muy importantes en la siguiente película.

“La hija de Ryan” (1970), sonata en un pueblo irlandés

Siempre fiel a sí mismo, Lean no tuvo ninguna prisa hasta escoger otro proyecto que le gustara. 5 años después, decidió adaptar libremente “Madame Bovary”, la famosa novela de Gustave Flaubert, y lo haría en un remoto pueblecito de la costa oeste de Irlanda, y en la primera década del siglo XX, en pleno levantamiento contra los ingleses. Así que una vez más, reunió a su equipo habitual para una película cuyo aura en el rodaje sería menor, puesto que esta vez no habría enormes escenas de masas ni gigantescos decorados. Bastaría con levantar un pueblo pequeño en la costa irlandesa, en un lugar totalmente alejado de ciudades o poblaciones, perfecto para que Lean volviera a experimentar con la luz, la fotografía y los paisajes. Y también prescindió de un reparto lleno de estrellas, al contar únicamente con Robert Mitchum como actor conocido. Con todo, y para no variar, fue un rodaje difícil, lento y en el que Lean aprovechaba tormentas, tempestades y toda clase de variaciones meteorológicas para conseguir el tono exacto de azul para el cielo o de verde para las praderas.

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¿Y Maurice Jarre?. Pues afortunadamente para él, no tuvo que soportar las condiciones de un rodaje en plena campiña salvaje irlandesa. Jarre elaboró para la película una partitura de intenciones muy diferentes a las de las dos anteriores colaboraciones. Para colorear musicalmente la historia de la joven ingenua atrapada en un pueblo remoto que se casa con un hombre mayor que ella para posteriormente enamorarse peligrosamente de un joven oficial inglés, Jarre creó una música sustancialmente romántica, pero con tintes infantiles, donde el amor no es un sentimiento puro y elevado, sino laberíntico, matizado, ingenuo. Un auténtico trabajo de madurez, de una sutilidad enorme, en el que las notas contribuyen a crear ese universo de fantasía y de amores imposibles en el que vive mentalmente la protagonista. Jarre hace que nos compadezcamos de la inocencia y de las equivocaciones sentimentales de Rosy Ryan, así como de los otros dos personajes importantes de la película, el atormentado oficial y el maduro marido que interpreta Mitchum.

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El estreno de la película fue de los que dieron que hablar. La película era una incógnita, esta vez no trataba de una famosa figura histórica ni adaptaba ninguna novela de moda. La taquilla respondió esta vez con menos entusiasmo y, aunque la gente fue a verla, los resultados ni se acercaron a los de las tres películas anteriores de Lean. Sin embargo, y a pesar de ganar 2 Oscar, la crítica esta vez no tuvo piedad ni de la película ni de David Lean. Estando ya en los 70, el cine había dado un giro brusco y otros estilos eran los aclamados y abrazados. El Free Cinema, la Nouvelle Vague… estos movimientos se habían instalado con fuerza y se habían puesto de moda, y los críticos se pusieron de acuerdo en que ése era el único estilo que importaba, cualquier otro quedaba caduco, atrasado y obsoleto. Lo que no fuera rodar cámara en mano, espontaneidad, experimentos audaces con el montaje y la fotografía, ausencia de decorados y rodaje naturalista, temas sociales o políticos e innovación por doquier, era una pérdida de tiempo. Y así se lo hizo saber a Lean la práctica totalidad de la crítica (especialmente la norteamericana), elaborando unas críticas brutales que despellejaban sin compasión a “La hija de Ryan”, a David Lean y a casi todas sus películas posteriores a su etapa inglesa en blanco y negro. Y Lean decidió, ante la carnicería, que lo mejor era tomarse un descanso y meditar sobre qué hacer en los siguientes años. Descanso que afortunadamente no tomó Jarre quien, ya instalado en el éxito, prosiguió su carrera con trabajos con toda clase de directores de primera fila: John Huston, Luchino Visconti, Franco Zeffirelli y muchos más se beneficiaron del inmenso talento del francés… quien muchos años después, recibiría una llamada del hombre que le llevó a la fama.

“Pasaje a la India” (1984), un sitar y una mujer

14 años en una carrera de director de cine son muchos años. Ni siquiera Kubrick, otro perfeccionista acreditado (y admirador de Lean), llegó a espaciar tanto sus trabajos. David Lean, ante el fracaso crítico de su anterior película, se dedicó a la otra gran pasión de su vida; viajar. Y entre viaje y viaje, especialmente por el mar y en tierras polinesias, supo cuál debía ser su siguiente película. Como en los viejos tiempos de “Lawrence de Arabia”, Lean quiso volver por la puerta grande con una nueva versión de la aventura de la Bounty, el navío inglés cuya tripulación se amotinó en Tahití en 1789 contra su capitán y se quedó a vivir en aquellas paradísiacas islas reclamando su libertad. Suceso histórico ya llevado dos veces anteriormente al cine, siendo la versión más célebre la de Marlon Brando. Lean quiso rodar dos películas adaptando dos respectivos libros; una para narrar cómo se produjo el motín y la otra para contar qué pasó con la tripulación una vez se asentaron en las islas. El célebre Dino de Laurentiis sería el productor, y todo parecía encaminado hacia el rodaje hasta que problemas de diversa índole con la financiación y los plazos planeados hicieron que el proyecto se postergase sin remedio. Lean abandonó la producción (que acabaría finalmente, en manos de Roger Donaldson, quién solo rodaría una película del famoso motín con Anthony Hopkins y Mel Gibson de escaso éxito), pero enseguida encontraría algo que le renovaría sus fuerzas y le hiciera trazar nuevos planes; una novela de principios de siglo del escritor E.M. Forster llamada “Pasaje a la India”. Una historia que narra el descubrimiento de los misterios de la India por parte de una joven inglesa, Adela Quested, que viaja al país, en pleno siglo XIX para casarse con su prometido, un juez que trabaja allí. Mientras Adela va descubriendo aspectos del país que desconocía, al mismo tiempo que experimenta sentimientos que ella desconocía tener, se va trazando un retrato duro y amargo del trato que los ingleses dan a su colonia y a sus habitantes legítimos. Esa doble vertiente de la novela de ser al mismo un tiempo un alegato anticolonialista y una exploración del alma de una joven encorsetada por la rigidez de su sociedad ante la visión de un mundo exótico, diferente y estimulante, es lo que decidió a Lean a volverse a sentar en la silla de director.

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Tantos años habían pasado desde su último estreno que Lean no pudo contar con su equipo de fieles colaboradores. El guión lo escribió él mismo, y la fotografía esta vez no era del gran Freddie Young. Pero sí que hubo alguien que respondió a su llamada y se prestó enseguida para trabajar con él. Los 80 encontraron a Maurice Jarre en su plenitud. Adaptándose perfectamente a los tiempos modernos, y utilizando sintetizadores y tecnología, Jarre seguía siendo un estajanovista, trabajando con jóvenes directores como Peter Weir o Wolfgang Petersen. A la llamada de Lean, Jarre acudió encantado de poder trabajar con el maestro y con el hombre que le descubrió al mundo. Para esta colaboración, Lean fue muy claro. Según le contó el propio Jarre a uno de los mayores expertos en música de cine de la actualidad, Conrado Xalabarder, “David me dijo que, mientras que para “Lawrence de Arabia” quería música que surgiera de mi estómago, y para “Doctor Zhivago”, música que surgiera de mi corazón, para “Pasaje a la India” quería que mi música surgiera de otro sitio. Y se agarró directamente los genitales”.

Jarre se puso a trabajar poniendo todo su talento, su saber y su concentración al máximo nivel. La de “Pasaje a la India” tal vez sea su obra más madura, más elaborada, especialmente a nivel psicológico. Tiene conexiones evidentes con “La hija de Ryan”, porque ambas películas tratan sobre mujeres que buscan algo en la vida y se topan con algo completamente diferente. Pero mientras las desventuras de Rosy Ryan eran sobre todo sentimentales, las de Adela Quested son fundamentalmente sexuales. Jarre sencillamente voló por encima de las nubes retratando y fusionando en uno tanto el espíritu de la protagonista, un espíritu que llega a la India perfectamente moldeado por la sociedad victoriana y que, ante el clima, la jungla, los templos hindúes con figuras de bailarinas desnudas y la aparición de un joven y amable médico indio, empezará a experimentar el vértigo de lo atrayente y lo desconocido; como el propio entorno, esa India colonial donde la sociedad autóctona vive bajo el hipócrita amparo y protección de los ingleses y sus costumbres. Jarre nos descubre la India a través de los ojos de la protagonista y de los de su futura suegra, una anciana cuyo espíritu sí se reconoce en ese país de contrastes y de experiencias. Las melodías van y vienen explorando los momentos de confusión, descubrimiento e incertidumbre de Adela hacia todo lo que ve y lo que le rodea, y las imágenes pictóricas y paisajísticas de Lean encuentran en las notas sugerentes de Jarre las mejores aliadas para dejar al descubierto el tormento de su protagonista.

Si un sonoro abucheo crítico fue lo que acompañó al estreno de su anterior película, 14 años después los medios especializados, y casi me atrevería a decir parte de esos mismos críticos que le declararon la guerra, celebraron con vítores el regreso del viejo maestro, del gran cineasta, de alguien que inspiró a muchos otros cineastas como Steven Spielberg, Sydney Pollack, James Cameron o Ridley Scott. “Pasaje a la India” fue alabada casi unánimemente, aunque en los Oscars de 1984 poco pudo hacer ante el huracán de “Amadeus”. Únicamente 2 Oscars pudo llevarse, pero uno de ellos, como no podía ser de otra forma, sería para su fiel Maurice Jarre. El compositor se lo debía casi todo a Lean, y se lo devolvió de la mejor forma posible; componiendo la que posiblemente sea la obra más redonda de toda su carrera.

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Dos nombres y una leyenda

Empezábamos este artículo hablando de cómo la relación de David Lean con Maurice Jarre era tan especial por ser tan mítica y recordada como breve. El perfeccionismo innato de Lean (y cierta mala suerte) tuvo que ver, desde luego, pero citando a cierta frase de un clásico de la ciencia ficción, “la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo”. Y Lean brilló con muchísima intensidad.

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Tras “Pasaje a la India”, el mundo entero pareció acordarse de Lean, y enseguida le llovieron mil y un homenajes, premios a toda una vida, galardones, elogios, etc… pero él sólo buscaba una cosa únicamente; rodar su siguiente película. La verdadera y gran pasión de su vida. Y pronto dio con el que sería su siguiente proyecto, “Nostromo”, la novela de Joseph Conrad sobre una ficticia república de Sudamérica, las tensiones en torno a la economía, la plata y los sueños de un líder incorruptible ante los acontecimientos. De nuevo, como Lawrence, Zhivago, Rosy Ryan o Adela, un protagonista que tiene su propio mundo interior y que quiere actuar según ese mundo soñado. Lean, como siempre, empezó el lento y laborioso proceso de producción. Sería nada menos que Steven Spielberg, quien había intimado con el cineasta especialmente gracias a su labor financiando la restauración completa de “Lawrence de Arabia” en 1989, quien se encargaría de la producción y financiación, Warner Bros mediante. El guión estaría en manos de su viejo amigo Robert Bolt, y las localizaciones estarían íntegramente situadas en España. Incluso ya se hablaba de un reparto en el que figurarían Marlon Brando, Peter O’Toole y Georges Corraface, entre otros. Y dar por hecho a Maurice Jarre al frente de la música era instantáneo, por supuesto.

Triste y paradójicamente, David Lean tuvo la misma mala suerte y desgracia con la que sus protagonistas acababan sus aventuras y sus destinos. A escasas semanas de empezar a rodar, y de que las cámaras, los decorados y la claqueta estuvieran listos y preparados, el 16 de Abril de 1991, Lean fallecía de cáncer en Londres a los 83 años. La producción se paró completamente, y el proyecto quedaba disuelto para siempre. Años después, la BBC adaptaría “Nostromo” en un telefilme con Colin Firth de protagonista. Un destino dolorosamente lejano de las alturas y la excelencia que habría alcanzado con Lean dirigiendo.

Maurice Jarre prosiguió su carrera, pero los 90 ya fueron unos años en los que colaboraría cada vez con menos frecuencia en proyectos de escasa relevancia para un compositor de su talla. “Un paseo por las nubes” o “Sunshine” fueron sus últimas obras de relevancia antes de retirarse por completo, momento en que le llegaron homenajes y premios honoríficos por todas partes. Siempre consideró a David Lean como el mejor director con el que había trabajado, el hombre con quien mejor se había entendido y quien había sacado siempre lo mejor de él mismo. No muchos compositores tienen 3 Oscar, y menos aun los tienen por trabajos con el mismo director. Y todavía menos por trayectorias tan espaciadas como la de Lean, únicamente 16 películas en 42 años de carrera. Jarre siempre supo que se lo debía prácticamente todo al viejo director inglés, y su relación fue de las más armónicas, fructíferas, equilibradas y maduradas de cuantas ha habido entre director y compositor. Jarre finalmente falleció en Los Ángeles hace sólo 6 años, el 29 de Marzo de 2009.

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Hay películas que trascienden su propia leyenda, los premios y hasta las mismas imágenes. Películas que sólo con pronunciar su título provocan un hormigueo familiar al cinéfilo, como el tintineo de una campana en su memoria. Estos son los clásicos, las películas auténticamente grandes, las de verdad, las que no entienden de modas, estilos cinematográficos, calendarios o formatos. Películas como “Lawrence de Arabia” o “Doctor Zhivago”, y gente como David Lean y Maurice Jarre, son los que hacen que el cine pueda ser considerado, en efecto, “Arte”. Lean patentó una marca de fábrica, un sello propio. Ese estilo casi mágico de convertir lo pequeño en grande y lo grande en pequeño, de conseguir que las ambigüedades personales y los sentimientos de frustración y acomplejamiento que sufre un hombre normal sean tan importantes como los miles de jinetes beduinos junto a los que cabalga y en el marco de un desierto inmenso e inabordable. Así era Lean. Y allí estuvo Jarre para lograr que ese milagro mágico nos entrara por los oídos en forma de notas musicales y nos entrara intacto y puro en cabeza y corazón, compás a compás, y movimiento de batuta a movimiento de batuta. Un sentimiento que, gracias a estos dos hombres, miles de cinéfilos, incluido el abajo firmante, experimentan y vuelven a experimentar con cada nuevo visionado de esos milagros suyos llamados películas.

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Isaac Duro

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