“La soga” (1948) narra el estrangulamiento de un inocente por dos individuos que aspiran a convertirse en el "superhombre" de Nietzsche, esto es, en aquel que es capaz de crear sus propios valores y no seguir al rebaño o aquel cuya inteligencia y voluntad le autorizan a saltarse las reglas que sólo valen para los débiles.
La película es, además, un alarde técnico y una violación flagrante de la ley más elemental del cine, la de que el cine es montaje, ya que la acción transcurre toda en un solo plano-secuencia. No hay ningún corte que interrumpa la acción, aunque como los rollos de cinta tenían una duración limitada, cada aproximadamente 10 minutos, el director hacía pasar a un personaje por delante del objetivo de la cámara para así poder fundir en negro, cortar y cambiar de rollo sin que se notara.
Esta cinta, basada en la obra teatral de Patrick Hamilton, es en la que por primera vez colaboran Hitchcock y Stewart. El actor nos aparece por primera vez en una venerable madurez, no ocultando sus canas ni su aire de maestro experimentado, precisamente en este caso como el ex profesor universitario de esos jóvenes que pretenden dar ese golpe de superioridad cerebral que para ellos es eliminar a un semejante.
A pesar de ser la estrella de la función (término muy adecuado teniendo en cuenta el origen y estética del film), Stewart sólo aparece en la segunda parte de la cinta como el profesor que plantea las dudas morales a los protagonistas y que finalmente descubre su atroz misión.
Con el tiempo, la película supondría el evidente cambio de registro que Jimmy supo dar. Fue su primera cinta realmente oscura (gracias a convertirse en “chico Hitchcock”) y con ella dejaba atrás su imagen de joven honrado y noble para dar paso a personajes más maduros y, en ocasiones, dotados de mucha más cerebralidad. “La soga” sería finalmente el punto de inflexión que asegura una carrera larga y heterogénea, sólo al alcance de los realmente grandes.
Si la relación entre Brad Pitt y Angelina Jolie ha definido el Hollywood de lo que llevamos de siglo XXI, y la de Elizabeth Taylor con Richard Burton instauró un nuevo paradigma cultural, la unión de Clark Gable y Carole Lombard elevó a las estrellas a una categoría inédita: la de una realeza moderna, magnética y distante, sometida a un escrutinio hasta entonces reservado a las monarquías europeas. Sin embargo, su historia pertenece a una estirpe excepcional: la de los amores que, nacidos en el corazón industrial de Hollywood, logran quebrar su artificio y asentarse en lo auténtico. En una fábrica de sueños donde los Estudios construían romances como parte de su maquinaria publicitaria, el suyo fue una excepción: una relación sin guion, sostenida por una verdad indomable que desentonaba con el brillo perfectamente administrado del "star system".
El año pasado nos llevamos una sorpresa agradable cuando una serie de ocho capítulos impactó en nuestras pantallas dejando un reguero que afectó a todos aquellos que disfrutan de los cincuenta con suficiente experiencia como para saber aplicarse tiritas en las heridas de toda convivencia. "Las cuatro estaciones" parecía, de entrada, una comedia amable sobre matrimonios que viajan juntos, comen juntos, se interrumpen juntos y se quieren con esa mezcla de lealtad y agotamiento que solo se consigue después de muchos años. Luego vimos que la serie tenía más filo del que aparentaba. No era una postal de amigos maduros con casas bonitas, sino una radiografía con mantel, copa, maleta de fin de semana y una pregunta rondando por debajo de cada conversación. ¿Cuánto de lo que llamamos estabilidad es cariño y cuánto es costumbre con buena cartera?
La serie se inicia con una sucesión de imágenes que define muy bien "Secret service". Una casa de familia en el oeste de Londres. Un padre buscando el teléfono. Unos adolescentes comenzando la mañana como si cada minuto les molestara. Ropa mojada donde no debería haberla. Un lavavajillas a medio cargar. La vida doméstica, en fin, con ese heroísmo modesto de cualquier día laborable. Y, pocos minutos después, la madre abre un cajón, saca una pistola y revisa varios pasaportes. La frontera entre la familia y el Estado acaba de quedar borrada. A partir de ahí, nos sentimos en terreno conocido, incluso abierto a ese humor tan inglés que afirma que se reconoce a un espía británico en el extranjero porque es el único que intenta pasar desapercibido haciendo cola correctamente. Estamos otra vez en el espionaje británico, ese territorio donde una taza de té combina con mensajes cifrados, los topos parecen tener un club con corbata propia y se puede intentar arruinar un país sin levantar una ceja.
El Festival de Cannes no es únicamente una vitrina del cine mundial, sino un escenario donde la tensión entre arte, política y espectáculo alcanza una intensidad singular. Pocas instituciones culturales han hecho del conflicto una seña de identidad tan persistente. En la Croisette, el aplauso convive con el abucheo, la consagración con el descrédito, y cada edición parece buscar, o inevitablemente producir, su propio momento de ruptura. Desde sus primeras décadas, el certamen ha funcionado como una auténtica caja de resonancia cultural. Lo que allí ocurre no queda circunscrito al ámbito cinematográfico: se expande y penetra en la política, la moral, la estética y los medios de comunicación. Cannes no solo selecciona películas; escoge, amplifica y, en ocasiones, desencadena conflictos que trascienden la pantalla y se inscriben en el imaginario colectivo de cada época.