El declive de la estrella, de Tom Cruise al algoritmo
Querido primo Teo:
El Oscar honorífico concedido a Tom Cruise no es sólo un premio a la perseverancia, al carisma indiscutible o al músculo taquillero. Es, sobre todo, un gesto cargado de melancolía, casi elegíaco: una condecoración que llega cuando su figura ya no representa únicamente el éxito, sino también la resistencia. Es el reconocimiento tardío a un tipo de estrella que ya no se fabrica, un vestigio viviente de ese Hollywood donde un rostro podía bastar para llenar salas, marcar generaciones y encender pasiones. Cruise no es únicamente un actor con récords; es el último gran titán de un sistema que confiaba en el magnetismo humano más que en la propiedad intelectual. Su trayectoria condensa décadas de historia cinematográfica, desde los años en que el cine se construía alrededor del protagonista hasta esta era presente, gobernada por franquicias, algoritmos y universos narrativos prefabricados. En él se superponen la euforia del espectáculo y la nostalgia por una edad dorada que parece ya irrecuperable. Y en su figura, acaso, se encierra una pregunta incómoda: ¿Qué perdió el cine cuando dejó de creer en sus estrellas?


